La utopía en Mendoza a mediados del siglo XIX
por Myriam Arancibia
El siglo XIX tiene características propias en nuestro continente, en nuestro país y, también, en nuestra provincia. Es el caso del sanjuanino que vivió en Mendoza, Nicanor Larraín. Su obra presenta personajes que buscan una sociedad mejor, dejando la civilización e internándose en el desierto donde viven los desacreditados indígenas y gauchos. Allí descubre un sistema más justo y participativo que define como liberalismo social, anticipándose a la creación de partidos populares y el sufragio universal.
Reportaje: Hugo Biagini – doctor en Filosofía. Univ. Lanús – Academia de Ciencias – Inv. CONICET. hbiagini@speedy.com.ar - Redacción-edición: Lic. Myriam Arancibia – Informática – CCT Mendoza. marancibia@mendoza-conicet.gov.ar
¿Qué quiere decir cuando habla de utopía endógena?
“Quiero decir que se trata de construir un mundo ideal, desde un determinado lugar. Endógeno, porque parte de la circunstancia local, real. Concretamente, la utopía a la que estoy haciendo referencia, surge en el contexto mendocino hacia 1874. Es decir, no sólo es el hecho de que haya sido escrita en Mendoza sino que, el carácter que tiene, reconoce valores propios. No es algo importado ni ideas de afuera (utopías exógenas), como la de Alberdi contrapuestas a las de Larraín. Alberdi presenta la verdad como algo que viene de Europa para ver cómo estamos portándonos. En el caso de Nicanor Larraín, con su relato fantástico de “Nuevos hornos” o “La ciudad de los césares”, hace una descripción de la cultura indígena o de esa “ciudad de los césares encantada”, su composición y sus mitos. Y le da un valor importante a lo que, n ese momento, estaba bastante desacreditado como los nativos, el gaucho, el indígena y los elementos culturales propios.
¿Por qué utopía?
Porque está construida sobre la idea de que sociedad del momento es imperfecta y, entonces, hay que buscar un referente de afuera que permita verificar que hay un sitio imaginario pero, con una base real como el nuevo mundo donde podían realizarse las aspiraciones de justicia y de un mundo mejor, en contraste con la realidad dificultosa (Larraín estaba atravesando un proceso de lucha electoral en el que pierde su candidato), se siente en medio de las amargas realidades, como dice. Entonces, decide que el protagonista de su obra, Atalibar, abandone la civilización yendo al “desierto”. Lo digo entre comillas porque estaba repleto de salvajes. Ahí encuentra una salida hacia el valor más alto, el sumo bien, que es una sociedad mucho más equilibrada, sin las riquezas y esplendores que suponían los mitos del descubrimiento y la conquista como el dorado del oro, las piedras preciosas y los metales. Encuentra el reconocimiento a un mínimo de justicia social, de distribución, donde hay una participación directa, una especie de democracia sin tantos intermediarios, donde la gente decide y resuelve las cosas de su lugar.
Más socializante, ¿sería?
No sé si tanto. En realidad, el enfoque es el de un liberalismo social, si puede decirse. No es el capitalismo salvaje donde se rechaza toda posibilidad de alterar el orden, supuestamente, natural de quienes mandan y quienes obedecen sino el de un sistema en que la propiedad no es pensada como valor absoluto y puede compartirse, en el que hay un bien común que no está dado por el egoísmo, como se pensaba y aún sigue sosteniéndose con el neoliberalismo que alega que, cuidando cada uno sus propios intereses, termina velando por el interés general e ir acumulando, esforzándose a partir de la iniciativa privada, van a llegar a un mundo mejor, en el sentido, incluso, de eliminar la pobreza. Pero, como podemos verificar con este modelo, fue todo lo contrario.
En algún momento, ¿pensó que no iba a lograrse?
No. Porque, en principio el estaba adelantado como 20 años a lo que, después, fue la revolución del Parque, en 1890, que introduce variables de esa naturaleza. Surgen los partidos populares como la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, la Democracia Progresista, todos apuntando en esa dirección: un orden donde puedan participar más que con un sufragio universal (que se aprueba más tarde). Es decir, mayor representación real de la sociedad civil. Larraín estaba apuntando hacia algo que era anticipatorio, en cierta manera.
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