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El Desastre Natural. Una lectura alternativa

por Margarita Gascón (CONICET, Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales, Centro Científic)
 


1°. Definición o caracterización

Lo que denominamos “desastre natural” es uno de los posibles comportamientos que manifiestan la materia y la energía en nuestro planeta. Se trata de un conjunto variado de eventos que impactan sobre los ambientes y las sociedades con diferentes consecuencias conforme sean la escala geográfica y la escala temporal con que se los evalúe. Según la Federal Emergency Management Agency (FEMA) de Estados Unidos, nos enfrentamos a riesgos múltiples de desastres naturales que pueden clasificarse según su origen en: ATMOSFERICOS (por ejemplo, los huracanes, las tormentas de viento, el granizo, el calor extremo u ola de calor), GEOLÓGICOS (por ejemplo, los deslizamientos de tierra), HIDROLOGICOS (por ejemplo, las inundaciones, las sequías), RIESGOS SÍSMICOS (terremotos y tsunamis) y otros como son las erupciones volcánicas y los incendios forestales originados por rayos.

Para caracterizar a un evento como un desastre hay variaciones temporales y sociales. Un mismo evento natural puede ser considerado o no como un desastre según sea el segmento social o según sea la escala temporal en que se lo valore; por ejemplo, las inundaciones pueden ser desastrosas en un momento determinado y para un segmento social preciso, pero también fueron (y son) aprovechadas como parte de los ciclos de la agricultura exitosa por algunos segmentos sociales en ciertos lugares. Sucedió así durante miles de años en el delta del río Nilo. Desde este punto de vista, algunas sociedades se han adaptado y acompañado estos flujos y fluctuaciones de la naturaleza, sin catalogar a esos eventos como “desastres”.

Igual sucede con las erupciones volcánicas porque hay pérdidas de vidas y materiales cuando se las analiza en su impacto sobre una comunidad dentro de una escala temporal reducida. No obstante, puede que haya beneficios cuando se amplía esa escala temporal o cuando se cambia el segmento social. Una erupción volcánica, entonces, puede ser definida como un desastre en el momento en que impacta, pero puede ser un beneficio en el largo y mediano plazo ya que deja suelos fértiles para la agricultura y la ganadería. Precisamente, en 2002 una comunidad cercana al Colima (México) definió al volcán como un amigo benéfico porque les había provisto de buenas tierras y de buen clima. Las comarcas cercanas convocaban a una serie de actos y celebraciones entre paganas y cristianas para homenajear al volcán de Colima. La definición de un evento natural como desastre, entonces, dependerá de la escala social, geográfica y temporal en la cual se lo evalúe ya que, en última instancia, se trata de una fluctuación o de un flujo de materia y de energía que son característicos de nuestro planeta y que, desde una escala temporal muy amplia, son fluctuaciones que han permitido la evolución de la vida tal como la conocemos en nuestros días.

Las definiciones de desastre natural tradicionales surgen en décadas recientes dentro de los círculos encargados de la investigación científica y de la gestión durante la emergencia y la reconstrucción. En los 1990, Naciones Unidas se propuso impulsar la mitigación de los daños y hacer que las sociedades fuesen, consecuentemente, menos vulnerables a los impactos negativos de los eventos naturales. Esta institución llamó a concentrar los esfuerzos en la reducción de la vulnerabilidad. Conocida por su sigla en inglés como IDNDR – International Decade for Natural Disaster Reduction __ se avanzó con definiciones donde se sostenía la asociación de “desastre” con “vulnerabilidad”, haciendo prevalecer a la variable económica. Se puso así el acento en el grado de desarrollo como clave para la reducción de la vulnerabilidad. De este modo, las personas socialmente en desventaja eran las más vulnerables. Y siguiendo con esa línea de pensamiento, el desarrollo económico disminuía la pobreza y, por eso mismo, reducía la vulnerabilidad a los desastres naturales. Como parte de esa lógica, los pobres se encontraban imposibilitados del acceso a bienes esenciales tales como una vivienda de construcción segura a su vez localizada en un sitio seguro. En pocas palabras, los pobres eran las principales víctimas del desastre natural por su necesidad de instalarse de cualquier manera y en cualquier lado. Esta definición acuñó una frase célebre para caracterizar al comportamiento de los pobres urbanos: la necesidad se vuelve necedad.

Las definiciones asociando pobreza y vulnerabilidad contaban con años de prédica desde instituciones destinadas a favorecer determinadas políticas para América Latina bajo la bandera de promover un desarrollo económico que acabaría con la pobreza. Desde la década de 1960, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) vio a las catástrofes naturales como un epifenómeno de la polaridad “desarrollo-subdesarrollo”, que eran las categorías usadas para describir todos los demás aspectos, aun sacrificando la variedad étnica, cultural y económica de los países de Hispanoamérica.

Paralelamente, los datos de la realidad indicaban interpretaciones alternativas. Podía sonar escandaloso pero en 2004 Naciones Unidas afirmaba que Cuba era el modelo de gestión para enfrentar eficientemente a los desastres naturales más recurrentes de la región: los huracanes. Y Cuba no era precisamente el modelo de desarrollo que tenían en mente instituciones como la CEPAL. Destruyendo la linealidad de la asociación subdesarrollo-vulnerabilidad a los desastres naturales, Cuba había superado holgadamente la prueba y había tenido mejor perfomance que Florida en sus preparativos para protegerse del huracán Iván; y mientras el huracán Charley había matado a cuatro personas en Cuba, en Florida habían muerto 27. La revisión de las definiciones que asocian vis-à-vis vulnerabilidad con desarrollo económico se imponen después del huracán Katrina en Estados Unidos en 2005.

Cualquier definición alternativa debe dejar de lado a la variable económica del desarrollo y debe, en cambio, resaltar la variable política, esto es, el rol del Estado y de las administraciones locales para instrumentar políticas socialmente abarcativas y para tomar las decisiones integrales en relación con la vulnerabilidad ante un evento natural potencialmente destructivo. En este sentido, dentro de las definiciones alternativas se debe criticar la idea neoliberal de que los seguros de las viviendas son una respuesta eficiente ante el desastre recurrente como son las tormentas, tornados, huracanes e inundaciones. Este tipo de estrategia de comprar un seguro para la vivienda solamente canaliza recursos de particulares hacia el sistema financiero y descarga la responsabilidad de la protección en los privados, siendo que reducir la vulnerabilidad social debe ser política de Estado. El Estado (y no los mercados financieros) tiene los mecanismos reguladores y de control, desde la legislación para el hábitat hasta los recursos necesarios para las inversiones en obras de infraestructura urbana que reduzcan los daños que puedan causar ciertos eventos naturales en las personas y en sus pertenencias así como en el capital histórico de una comunidad y en las obras de infraestructura.

Por supuesto que la asociación de la pobreza con la vulnerabilidad podía sostenerse con datos de la realidad. Desastre tras desastre, siempre se veía a los pobres despojados de sus pertenencias en los albergues provistos por las escuelas públicas y los centros deportivos estatales, a inundados pasando las noches y los días en los techos de sus casas para evitar saqueos, a mujeres con sus niños empujando carritos con la heladera y los colchones. Por los medios de comunicación se mostraba cómo los terremotos tiraban las casas de adobes de los pobres urbanos y cómo las tormentas fuertes habían volado los techos y las paredes de latas y cartón de las villas periféricas. Todas estas imágenes remiten, por cierto, a lo vulnerable que son los pobres y cómo deben recurrir en la emergencia tras un desastre natural a la caridad y al Estado por ayuda. Lo que queda oscurecido en estas visualizaciones del desastre natural es que los ricos difícilmente deban demandar ayuda de instituciones de caridad o auxilio del Estado (al menos en forma visible). Y por eso, quedan fuera de ese túnel perceptual que asocia la vulnerabilidad frente a los desastres naturales con la pobreza. Y acá hay otro aspecto para las definiciones alternativas: no es que los pobres sean vulnerables porque son los que ocupan áreas de riesgo. Lo que ocurre es que se harán visibles y expondrán sus reclamos al resto de la sociedad y al Estado si un evento natural los deja en la indigencia.

Contrario a lo que expone aquella imagen de que los pobres son vulnerables porque se asientan en lugares de riesgo, más a menudo son los ricos quienes ocupan las áreas de riesgo, sobre todo, si hay un beneficio estético en cuanto al paisaje. Claramente, los segmentos más ricos en San Salvador (El Salvador), por ejemplo, ocupan los frentes costeros del Pacífico y las laderas de los volcanes en la capital a pesar de los informes negativos de entidades oficiales como el SNET de ese país. Y no se trata de un caso excepcional. La obtención de licencias para construir en áreas de riesgo, incluso con excepciones a los códigos de construcción, puede siempre justificarse en aras del progreso y de la renovación urbana, o de cualquier otra conveniente variable. Está claro también, sin embargo, que el riesgo de desastre natural no es nunca la única consideración que debe hacerse en cuanto a la planificación de las ciudades.

En otro sentido, las definiciones tradicionales tampoco han tenido en cuenta que la evaluación de costo-beneficio que hacen los pobres urbanos no coincide con la evaluación de costo-beneficio que hacen los expertos. Los pobres parten de condiciones materiales precarias en el día a día para acceder al alimento, al agua potable, a la recolección de residuos, a la salud. Necesariamente minimizan los riesgos naturales porque éstos son ocasionales en esa escala temporal de la supervivencia cotidiana. Es decir, algunas catástrofes podrían ocurrirles en plazos temporales muy amplios comparados con sus esfuerzos diarios por mantenerse vivos. Y cuando sean afectados por una catástrofe natural, recibirán más ayuda de la sociedad y del Estado que la que pueden solicitar en tiempos normales con el argumento de que están reduciendo su vulnerabilidad al desastre natural. Esto no debe verse como una calculada especulación. Es el resultado de necesidades y urgencias que se expresan en escalas temporales diferentes: la evaluación del costo se efectúa en una escala temporal amplia (el desastre está en un futuro cuya probabilidad es casi siempre desconocida) en contraposición con el tangible beneficio cotidiano de asentarse en un área urbana disponible. Pongamos el ejemplo de riesgo de inundación recurrente: es muy posible que carezca de valor inmobiliario o sea tierra fiscal. En consecuencia, el beneficio está en que permanecerán allí hasta que la naturaleza los “desaloje por la fuerza”, pero será un tipo de desalojo forzado que generará benevolencia y solidaridad por parte del resto de la sociedad que cotidianamente puede ignorar la vulnerabilidad de los segmentos pobres.

. Orígen(es)

La palabra desastre significa, etimológicamente, “sin estrella” (del latín: dis - astrum). Todavía hoy es corriente la afirmación de tener mala o buena “estrella” cuando alguien se refiere a tener o a carecer de suerte. La palabra entonces asoció dos elementos que aún siguen presentes en cuanto a la catástrofe de origen natural: que es algo que llega desde el exterior, ajeno a la voluntad humana, y que es algo que nos ocasiona daños. El evento se considera desastre cuando interrumpe el desenvolvimiento de las actividades de una sociedad, reconociendo que se origina en elementos ajenos a la voluntad humana y que se transforma en tal solamente si existen personas o bienes allí donde se manifiesta.

Con respecto a las demás palabras, provienen mayoritariamente del griego y del latín. Terremoto sale de un compuesto latino de tierra y movimiento (terrae + motus), mientras que catástrofe deriva de un verbo griego que significa abatir o destruir. En griego era un verbo que refería también cambios completos. Ciclón también proviene del griego kyklon que significa círculo en movimiento. Este término subsumió a otros fenómenos meteorológicos como los tifones y las trombas. Tifón era un dios griego alado, su cuerpo estaba constituido por serpientes y lanzaba fuego por su boca; derrotado por Zeus, fue arrojado al volcán Etna desde donde sigue causando daños con sus erupciones. Este mito asocia el vulcanismo con la existencia de vientos y cavernas subterráneas; lo que fue una idea vigente aun en círculos ilustrados hasta el siglo XIX. Por su parte, huracán ingresó a los idiomas europeos desde la lengua maya en la que significa "el de una sola pierna". Hurakan era uno de los dioses destructivos, junto con Cabrakan (deidad de los terremotos) y Chirakan (dios de los volcanes). Hurakan era el dios del fuego, del viento y de las tormentas, provocando tanto momentos de creación como momentos de destrucción. Su fuerza podía ser tal que las islas de las Antillas habrían sido tierras que arrancó del continente y esparció por el mar. Cuando se expresaba como viento, soplaba desde todas partes y, por tal motivo, su representación visual fue con sus brazos en círculo y su única pierna era el eje de rotación. Los europeos usaban el término tempestad para registrar a las tormentas fuertes y en las primeras crónicas de los conquistadores en la región del Golfo de México y de Florida se refieren a vientos intensos y tormentas destructivas, tardándose bastante en incorporar la palabra huracán al lenguaje cotidiano.

Durante la fase de la emergencia y del socorro, las palabras suelen ser de origen militar: la “ejecución de las órdenes” se hace a través de “grupos especiales” y de “comandos entrenados especialmente” para una cierta “misión”. También se habla de “combatir” y de “luchar contra” (un incendio forestal, por ejemplo). En Mendoza, el programa para la contingencia de tormentas de granizo se llama “Programa de Lucha Anti-granizo”. La utilización de este vocabulario militar se relaciona estrechamente con el hecho de que, en casi todos los Estados nacionales, las fuerzas armadas son los organismos estatales que se hacen cargo de la emergencia con las tareas de asistencia y socorro o de las tareas de evacuación en caso de eventos que permitan una alerta temprana (erupción volcánica, tormentas de nieve, incendios, huracanes). En la primera fase de la reconstrucción, las fuerzas armadas protegen las propiedades contra los saqueos y realizan tareas de gran envergadura como pueden ser la remoción de los escombros y las obras de ingeniería más urgentes en cuanto a infraestructura hospitalaria y para el suministro de agua potable y víveres.

El vocabulario castrense también se relaciona con los orígenes de la producción del conocimiento científico sobre los desastres naturales. Se originó en los Estados Unidos en la década de 1950 durante la Guerra Fría porque se quería conocer cómo se comportaba una población frente a un evento destructivo masivo. Está claro que la naturaleza no era la amenaza de destrucción sino la Unión Soviética armada con bombas atómicas. La inteligencia militar vio en los efectos de la catástrofe natural masiva una escala real de cómo reaccionaría la sociedad civil en caso de producirse un ataque nuclear. Se asumía que una bomba atómica comunista causaría un daño similar al que causa un terremoto destructor. En consecuencia, el centro de la atención sobre los desastres no era cómo prevenirlos (ya que la prevención de una guerra termonuclear era una responsabilidad de políticos y diplomáticos), sino que la atención se focalizó en cómo preparar a los civiles para sobrevivir. Por eso mismo, el tipo de entrenamiento en las escuelas y a través de los medios de comunicación promovía esconderse debajo de una mesa, taparse la cabeza y alejarse de los vidrios. Estos comportamientos tenían como antecedente lo que se había hecho en Europa durante los ataques aéreos en la Segunda Guerra Mundial. Y así, esas prácticas que inicialmente eran para defenderse de las bombas siguieron enseñándose para protegerse de los terremotos.

La amenaza atómica y el temor a una destrucción generalizada de las sociedades del hemisferio norte muy pronto distanciaron a las investigaciones de los militares de las que llevaban adelante otros científicos. Mientras que los primeros se concentraron en lo que iba a pasarle a los humanos, los segundos cambiaron la escala y comenzaron a incluir lo que iba a pasarle a la naturaleza. Anunciaron un cuadro más temible todavía, pues los sobrevivientes de las bombas se enfrentarían a un largo invierno nuclear. La detonación de las armas nucleares produciría nubes de polvo y vapor que impedirían la llegada de los rayos solares a la superficie terrestre durante décadas, haciendo que gran parte del planeta se enfriase a punto tal de imposibilitar la vida. En tal ambiente, habría mínimas probabilidades de subsistir, aun si se superasen los efectos adversos de la radiación. La sombría profecía del invierno nuclear se describió por primera vez en el artículo “Global Atmospheric Consequences of Nuclear War”, uno cuyos autores fue el conocido astrónomo Carl Sagan (1934-1996).

Al mismo tiempo, en los países latinoamericanos, el peligro tampoco era una naturaleza violenta ni los efectos de un invierno nuclear. En América Latina, la amenaza era de ataques de las guerrillas de izquierda. Por eso, la Defensa Civil de los países latinoamericanos se organizó como un apéndice militar cuya estructura piramidal y jerárquica permitía monopolizar el uso de la fuerza para imponer un orden tras cualquier tipo de ataque, incluyéndose dentro de esas irrupciones violentas las que podía ocasionar un evento natural.

En cuanto a revisar los orígenes para poder establecer definiciones alternativas, hay que revisar expresiones tradicionales tales como que “los desastres no son naturales”. Esta expresión muy conocida en los círculos académicos y científicos sintetiza una percepción que fue un lema en los 1980s y 1990s cuando se buscaba tomar medidas para la construcción segura y efectuar una planificación eficiente de las ciudades. En varios sentidos, la afirmación es válida. Es verdad que una estructura sismorresistente reduce la vulnerabilidad, aunque resiste dentro de una determinada escala. El inconveniente es que la tecnología que reduce la vulnerabilidad es necesaria y útil, pero insuficiente. Debemos incorporar en las definiciones alternativas otros componentes como la escala, porque la vulnerabilidad de una sociedad no puede ser evaluada exclusivamente en la escala de casas bien construidas sino en escalas del comportamiento de toda la ciudad, en sus servicios, en sus ritmos y horarios. Desde el punto de vista de la ciudad y el terremoto, por ejemplo, ¿qué sucederá con las vías de acceso y egreso?, ¿cuál será el comportamiento de las otras obras de infraestructura? Para no comprometer una represa se abrirán sus compuertas y tal vez no será el sismo lo que más afecte a una sociedad sino la rápida inundación. Aun con un alerta de evacuación ¿qué evacuación será eficiente si la población acaba de padecer un sismo?

. Alternativa (de oposición -frente a qué-) y/o innovación (si genera a su vez nuevas variantes

Hemos ido especificando que desastre natural es una expresión que refiere uno de los posibles eventos del flujo y fluctuación de la energía y la materia cuando impactan sobre los ambientes y las sociedades. Habrá diferentes consecuencias conforme sean la escala social, geográfica y temporal con que se los evalúe. Sumado a los elementos especificados que hacen a una definición alternativa con respecto a las que provienen de la segunda parte del siglo XX, hay otro ángulo de la vertiente económica que interesa exponer como ingrediente de las interpretaciones alternativas del desastre natural.

En la última década se ha hecho evidente la inversión del principio de que, a menor desarrollo, mayor vulnerabilidad. Ocurre exactamente lo inverso si se pone en primer plano a la inversión bancaria y financiera. Desde este ángulo, los segmentos corporativos más ricos del capitalismo financiero se han vuelto los más vulnerables. Veamos en qué sentido. El riesgo a los desastres naturales abrió un campo para la facturación de servicios de las compañías aseguradoras en países enrolados en la política de que son los individuos quienes deben velar por la protección de su patrimonio. La lógica era que este deseo individual de salvaguardar patrimonio llevaría a que cada persona redujese su vulnerabilidad y, por empezar, tomaría un seguro contra catástrofes como parte del comportamiento de prevención. A su vez, las compañías aseguradoras buscarían optimizar sus ganancias proponiendo permanentemente medidas que redujeran la vulnerabilidad del conjunto social. Dicho así, parecía óptimo; pero la simplificación lógica no tuvo correspondencia con los procesos reales.

Las aseguradoras hacen su negocio a través de la venta de pólizas que reponen el bien perdido, pero deben pagar millones a la hora de la reconstrucción contra fenómenos que se han vuelto más frecuentes y destructivos como consecuencia del clima extremo dentro de los cambios provocados por el calentamiento global. El Estado tampoco queda ausente ya que, al igual que las aseguradoras, debe invertir millones en ayudar a la reconstrucción, en lugar de haberlos utilizado en la reducción de la vulnerabilidad. Algunos ven que es una desventaja para el Estado invertir en reducir la vulnerabilidad, pues debe hacerlo sobre la base de endeudamiento y de aumentar los impuestos. Sin embargo, en la fase de la reconstrucción el Estado enfrenta igualmente la necesidad de una gran erogación de fondos. Entonces, el análisis de costo-beneficio no debe ser de cuánto costará la reconstrucción o quién la hará, sino cuándo se hará una inversión: si después (en la fase de reconstrucción) o si antes (en acciones de control y en obras de infraestructura que reduzcan la vulnerabilidad).

También es importante en la definición alternativa ocuparse del rol de la ciencia y la tecnología ya que se ha priorizado abundantemente la idea de que la ciencia y la tecnología nos brindan (y seguirán brindando) las respuestas apropiadas ante el desastre natural. Eso ha fomentado la idea de que los riesgos quedarán adelgazados gracias al incremento del conocimiento científico y de la tecnología. A nivel de práctica científica, sin embargo, es evidente que nunca desaparecerá el riesgo a que un edificio construido con tecnología sismorresistente se caiga durante un sismo, porque eso dependerá de un conjunto de variables tales como la duración y la magnitud, la situación del suelo, las condiciones en que esté una estructura, la proximidad a otras construcciones y de lo que pueda sucederles también a esas otras estructuras. Por ejemplo, si se rompe una represa con un sismo se ocasiona otro impacto sobre una estructura localizada aguas abajo que ya pudo haber sido dañada por el terremoto. Posiblemente esta estructura no podrá soportar una avenida de aguas. La vulnerabilidad de una ciudad es todavía más compleja y complicada para evaluarse porque depende de elementos cambiantes tales como el día y la hora en que ocurra el desastre.

Asimismo, priorizar la tecnología como respuesta ante eventos complejos como son los desastres naturales puede hacernos despreciar el principio de prudencia. Aun cuando las ciencias en su conjunto sean necesarias y sea bienvenida la tecnología que se desprenda de ellas, la prudencia es un razonable cuidado al interpretar la información científica disponible sobre los comportamientos de la naturaleza. Con una mirada histórica sobre lo ocurrido en la segunda parte del siglo XX y después de décadas de promover medidas de mitigación, publicar manuales de gestión, hacer congresos y destinar numerosos recursos materiales y humanos, lo que llamamos desastre natural sigue formando parte de una experiencia recurrente y a menudo dramática para todas las sociedades.

Modalidad;

Dado que hemos incorporado a las consideraciones alternativas la importancia que tiene la escala en la evaluación de los eventos, profundizamos ahora la escala social. Como dijimos, la evaluación del riesgo que hacen los segmentos pobres urbanos, la mayoría de las veces asentados en zonas inapropiadas desde el punto de vista de la planificación, hay diferencias con respecto a la evaluación de esto mismo que hacen los expertos. Pero en numerosas oportunidades no son los pobres sino los ricos quienes ocupan zonas de riesgo por ser los lugares más panorámicos o los espacios abiertos hacia bellezas naturales como bosques, lagos o montañas. Y en caso de que no hayan sido provistos por la naturaleza misma, los recrearán a través de piscinas y jardines. El riesgo de desastre natural es minimizado por consideraciones estéticas.

Además del nivel socio-económico, la edad fragmenta la experiencia del evento natural. El género es otra variable considerada como importante a la hora de organizar estrategias para la emergencia. En los planes de ayuda para la reconstrucción, se usa esta variable del género para la entrega de subsidios porque se afirma que las mujeres que sostienen las unidades domésticas difícilmente aprovechen ese dinero para juegos de azar o para el consumo de alcohol. Por otra parte, las mujeres responden muy eficazmente en la reconstrucción. Son las que limpian y rescatan lo que pueda volverse a usar. Son rápidas en movilizarse para acceder a los subsidios públicos y hasta aprenden trabajos de albañilería si eso les permite rehacer sus casas.

Otro aspecto que separa las experiencias es que cada cual encuentra diferentes responsables de lo que le ha ocurrido. Como regla general, se tolera menos al riesgo impuesto por los otros miembros de la sociedad que al riesgo considerado “natural” o que uno decidió aceptar. Así, se percibe al riesgo natural como inmanejable, esto es, como que es imposible evitar un terremoto o una erupción volcánica y, por eso, si ocurre el evento, se toleran mejor sus consecuencias. Eso puede ser aprovechado políticamente. Es una estrategia efectiva hacer que la percepción se oriente a culpar a la naturaleza de lo sucedido. Se evita así señalar a los responsables en la administración pública. Pongamos el ejemplo de una inundación. Una persona puede entender que los daños jamás hubiesen sido tales, solamente si los políticos y los administradores responsables de esa área hubiesen hecho las obras hidráulicas requeridas (lo cual, en más de un caso, es totalmente cierto). La respuesta de quienes hayan sido perjudicados por las aguas puede ser furiosa a la hora de dar con los responsables para hacerles pagar sus culpas. Desde el poder político, entonces, la acción más común es descargar la responsabilidad en la naturaleza; o lo que es peor, en las propias víctimas. En tales casos, los textos contienen expresiones tales como que “no se esperaba una inundación de semejante magnitud, o de tal envergadura”, o “el nivel de las aguas excedió todos los pronósticos, o todas las expectativas o todos los registros históricos”. También puede escucharse argumentar que el inconveniente provino de que “la gente estaba asentada en áreas de riesgo, inseguras y no aptas”.

Reflexiones, conclusiones y perspectivas;

Las definiciones tradicionales de “desastre natural” nos acompañan desde la segunda mitad del siglo XX y han estado necesariamente cargadas de los contenidos de ese horizonte que, en Occidente, propició los conceptos de desarrollo y subdesarrollo como categorías pan-interpretativas abundantemente distribuidas por los medios académicos y por la prensa. En nuestro continente, organismos tales como Naciones Unidas y la CEPAL contribuyeron a definir al desastre natural en contornos socio-económicos asociados al par desarrollo-subdesarrollo. El desastre natural estaba asociado en su impacto negativo al bajo nivel de desarrollo económico de un país o de una sociedad. Igual de decisivo en las definiciones tradicionales y en el origen del vocabulario y, por lo tanto, en la percepción de estos eventos naturales, fue que numerosas investigaciones fueron hechas en el contexto de la Guerra Fría y la amenaza de destrucción masiva por bombas atómicas. La naturaleza violenta permitía en una escala real ver qué sucedía con una comunidad cuando había sido destruida y ese conocimiento serviría para preparar a los civiles para sobrevivir. En los países latinoamericanos, la organización de la Defensa Civil como un apéndice militar que debía contener a la guerrilla de izquierda llenó de contenido bélico al discurso sobre cómo actuar frente a los desastres naturales. Finalmente, las definiciones tradicionales han estado acompañando al crecimiento exponencial de la ciencia y la tecnología como los recursos “racionales y objetivos” disponibles para relacionarnos con la naturaleza y reducir nuestra vulnerabilidad. Nuestra interpretación de esos fenómenos que denominamos desastres naturales ha sido filtrada por ese horizonte de la segunda mitad del siglo pasado, dejando de lado que la definición en gran medida depende de qué segmento social o de en qué escala temporal se los analice. En consecuencia, las definiciones alternativas incorporan la escala social, la geográfica y la temporal para dar cuenta de esa diversidad de experiencias y de que tales definiciones son interpretaciones del mundo natural y de las relaciones que las sociedades hemos establecido y establecemos con nuestros ambientes.

. Bibliografía

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por Gregorio A. Caro Figueroa (Todo es historia)

Sarmiento, un torrente vital

por Gregorio A. Caro Figueroa

EL PENSAMIENTO ALTERNATIVO

por Julian Sabogal Tamayo

LAS TEORÍAS DEL MODELO IMPERANTE Y LA NECESIDAD DEL PENSAMIENTO ALTERNATIVO

por Julian Sabogal Tamayo

Indignación

por Chantal Maillard

Althusser, los estudios culturales y el concepto de ideología

por Santiago Castro-Gómez (Universidad Javeriana)

La hora del individuo mundo

por Edgar Borges

Cultura y culturas: Desde la colonialidad del poder y desde los pueblos indígenas (Parte I)

por Rodrigo Montoya Rojas

Una admirable radiografía del disparate que nos comprende como humanos

por Jorge Dobal

La construcción histórica y pluriétnica de los Derechos

por Alberto Filippi (Università degli Studi di Camerino)

Algunas apreciaciones de la juventud latinoamericana

por Ernesto Uriondo (Universidad Nacional de Lanús)

Vigencia de Braudel

por Gregorio A. Caro Figueroa

Entrevista a Jorge Majfud

por Analía Gómez Vidal

Arquitectura, urbanismo y modernidad

por Rafael Ojeda

La identidad del nuevo cine crítico estadounidense

por Jorge Vergara Estévez

Crítica del paradigma del progreso

por René Báez

Iconografía del libro CONTRACULTURA JUVENIL

por Hugo E. Biagini (CONICET - Academia de Ciencias)

Quo vadis Europa?

por Francois de Bernard (GERM)

Cuna de la utopía

por Javier Lajo

La cultura desde las culturas

por Javier Lajo

Horacio C. Guldberg, lector de Ezequiel Martínez Estrada. Praxis utópica y ensayo latinoamericano

por Gerardo Oviedo, Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de Córdoba.

Crítica literaria: Antología de crónica latinoamericana actual

por Darío Jaramillo Agudelo

El peso del pasado

por Gregorio A. Caro Figueroa

La generación FaceNoBook

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

La realidad y la contra realidad

por Edgar Borges

Carlos Fuentes y la identidad latinoamericana

por Alejandro Serrano Caldera

El preservar y el cambiar

por Gregorio A. Caro Figueroa

Bolivarianos de la Revolución de Mayo

por Jorge Torres Roggero

Lo americano en los circuitos del espanto. Rodolfo Kusch

por Mario Vilca (Universidad Nacional de Jujuy)

‘Intellectus interruptus’: El recorte y la austeridad llegan a la literatura periodística

por Jorge Majfud

A propósito del Día Internacional de la Mujer: Rosa y Clara, dos nombres para la libertad

por Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La ciudadanía sudamericana

por Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Primero de mayo

por Dr.Ricardo Melgar Bao Instituto Nacional de Antropología e Historia

LOS LINEAMIENTOS DE CUBA A LA LUZ DE LA CRÍTICA DEL CHE A LA ECONOMÍA DE LA URSS

por Sirio López Velasco (FURG-Brasil)

Hacia una historia para la integración latinoamericana

por Edmundo Aníbal Heredia (CONICET)

¿Qué interculturalidad?

por Julio Eduardo Torres Pallara

La humanidad y el planeta

por Rodolfo Bassarsky

El juez de fútbol y el juicio ético

por Hugo Lovisolo, Ronaldo Helal

Mito, utopía y cuestionamiento en la conquista y colonización de América

por Ernesto Barnach-Calbó, Miembro a título individual del Consejo Español de Estudios Iberoamericanos

Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (I)

por Por Daniel Kersffeld, especial para El Telégrafo

EXPLICITAÇÃO DOS CONCEITOS DAS DIRETRIZES CURRICULARES GERAIS NACIONAIS PARA A EDUCAÇÃO AMBIENTAL

por Sirio Lopez Velasco

EN TORNO A LA OTREDAD: PARADIGMAS Y COMPORTAMIENTOS

por Ernesto Barnach-Calbó Martínez (CEEIB)

Ambrosio Lasso, el ‘Coronel’ de los indígenas

por Daniel Kersffeld

Enrique Terán o el socialismo del desencanto

por Daniel Kersffeld

Reflexiones sobre la “Declaración Universal de la Democracia”

por V COLOQUIO INTERNACIONAL DE FILOSOFIA POLITICA

La segunda juventud de Marx

por Francesc Arroyo

UN CIUDADANO ESCLARECIDO: SILVIO KREMENCHUZKY

por SILVIO KREMENCHUZKY

Yo, Artigas

por Sirio López Velasco

La soledad latinoamericana

por Emir Sader (UERJ)

Integración Programática y Fáctica de la Primera Independencia a Unasur

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias de Buenos Aires)

Hermes Benítez: “Los partidarios del magnicidio de Allende no comprenden el significado de su sacrif

por Mario Casasús

Costa Rica y Brasil: jóvenes disconformes

por Rafael Cuevas Molina (Presidente AUNA-Costa Rica)

El ensayo Nuestra América y el tiempo presente

por Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

UNA ENSEÑANZA SIN REPROBACIÓN ES POSIBLE

por Sirio López Velasco

Éloge de la lenteur / Elogio de la lentitud

por François de Bernard

PRESENTACIÓN DE EL NEUROLIBERALISMO Y LA ETICA DEL MÁS FUERTE

por Hugo Biagini

El adolescente y el mundo contemporáneo de la economía de mercado

por Jesús María Dapena Botero

Bolívar en la revolución latinoamericana

por Laureano Vicuña Izquierdo / El Telégrafo (Ecuador)

La Dirección de Ayotzinapa

por Fernando Buen Abad Domínguez

La lectura: ¿una práctica en extinción?

por Marcelo Colussi

Mensaje de Federico Mayor

por Federico Mayor

Albert Camus, del enigma y de la rebeldía. La revuelta. El gran grito de la rebeldía humana

por Gabriella Bianco

Ética de la Reciprocidad y Educación Andina

por Macario Coarite Quispe

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