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Positivismo y neopositivismo

por Pedro Karczmarczyk, UNLP-CONICET
 


 el positivismo es una corriente filosófica que entre la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX tuvo amplias consecuencias en los países occidentales y sus áreas de influencia, en particular en Latinoamérica. El término fue usado por primera vez por el filósofo francés Saint-Simon (1760-1825), quien entendía que, debido a que el progreso científico había destruido las doctrinas religiosas y metafísicas que constituían la base de la organización social de la Edad Media, debía construirse una “filosofía positiva” diseñada para que sirviera de base para un nuevo orden social, esto es, para cubrir el vacío que había producido la Revolución Francesa al arrasar con el ancient régime y sus fundamentos metafísicos y religiosos. Un sistema de religión, política, ética y educación pública inspirados científicamente se hacía necesario. El filósofo francés Augusto Comte (1798-1857), discípulo de Saint-Simon, enunció la “ley de los tres estados” a la que se atendría el desarrollo de la humanidad, tanto a nivel social, individual como intelectual. Según Comte, en el estado religioso los fenómenos naturales se representan antropomórficamente como acciones de agentes sobrenaturales, en el metafísico son vistos como resultado de fuerzas abstractas, mientras que en el estado positivo o científico, el hombre se atiene a lo dado, rechazando buscar las causas últimas, restringiéndose a descubrir las leyes de los fenómenos por la observación. Otros filósofos positivistas son John Stuart Mill y Herbert Spencer.

De manera general, la filosofía positiva intenta reducir la filosofía a la ciencia, de modo que es hostil a las construcciones filosóficas sistemáticas, debiendo reconocerse que la ciencia empírica, cuyo modelo es la ciencia natural y particularmente la física, es la única fuente genuina de conocimiento. El positivismo del siglo XIX entiende que la ciencia se fundamenta en lo dado a los sentidos, concibiendo el método de ésta en términos inductivistas. La noción clave de esta concepción del método es la noción de “observación controlada”, es decir, aquellas experiencias cuya ocurrencia depende de algunas variables que en principio pueden someterse a nuestro control. La misma se presenta como base neutra de observación que permite realizar juicios de observación intersubjetivamente válidos. Sobre esta base neutra se asentaría la construcción de las teorías la que recibiría de la misma a través del seguimiento de reglas impersonales la garantía de su objetividad. En resumidas cuentas, el positivismo supone que la ciencia es el único conocimiento válido, que los objetos empíricos son los únicos posibles objetos de conocimiento, que la ciencia es una descripción y generalización de la experiencia y que la filosofía no posee un método diferente al de la ciencia, siendo su tarea encontrar los principios generales comunes a todas las disciplinas científicas, los que servirían como guías para la conducta humana y para la organización social.

Posteriormente, a comienzos del siglo XX, el positivismo tuvo una renovación –conocida como empirismo o positivismo lógico y también como neopositivismo-, debido a la incorporación de técnicas de análisis lógico del lenguaje. Influido por las filosofías del atomismo lógico de Russell y Wittgenstein, que sostenían que al lenguaje significativo le subyace, más allá de las apariencias, una estructura de orden lógico que se comporta en términos veritativo funcionales, es decir, en la que el sentido de las expresiones complejas depende de las expresiones simples contenidas en ellas, en la medida en que la condición de verdad de cualquier proposición compleja con sentido, como “Juan es calvo y María es peluda”, cuya estructura es “p y q”, depende de los valores de verdad de las proposiciones que la componen, p (“Juan es calvo”) y q (“María es peluda”) en nuestro ejemplo. El atomismo lógico de Wittgenstein en el Tractatus logico-philosophicus proveía también una explicación de las verdades lógicas y matemáticas, compatibilizable con los principios empiristas. Las verdades lógicas, sostenía Wittgenstein, son “independientes de la experiencia”, pero no se fundamentan en una forma de experiencia diferente a la ordinaria (como la intuición cartesiana o las intuiciones puras de Kant), sino que son vacías de contenido, verdaderas debido a su forma, en cualquier configuración del mundo empírico, como por ejemplo: “Llueve o no llueve”.

Los positivistas lógicos, suscribiendo a este análisis del lenguaje, creyeron que era posible describir un criterio empirista de significación. Así sostuvieron que “El significado de una proposición es su método de verificación”, lo que, para las proposiciones complejas es su análisis lógico, y para las proposiciones simples o atómicas, consistiría en la indicación de las condiciones perceptivas que las harían verdaderas. Muñidos de estos elementos, desarrollaron un ataque a la metafísica de amplísimos efectos en el mundo académico de la primera mitad del siglo XX, que incluía analizar si las proposiciones que aparecen en los textos filosóficos (es célebre en análisis de Carnap de enunciados de Heidegger como “La nada nadea”) pueden comprenderse en términos de enunciados compuestos por enunciados atómicos unidos por conectivas lógicas veritativo-funcionales, cuyos enunciados simples satisfagan el criterio de significatividad empírica. En caso de que no sea posible, sostienen los positivistas lógicos, dichos enunciados carecen de sentido, reconociéndoles a lo sumo un valor emocional.

La reflexión sobre la lógica de la ciencia de Karl Popper está inscripta polémicamente en la tradición positivista. Por ello Popper rechazó explícitamente que su posición pueda ser descripta como “positivista”, fundamentalmente porque abandonó la tarea de establecer un criterio empírico de significatividad, reemplazándola por la tarea de establecer un “criterio de demarcación”, esto es, un criterio que permita distinguir entre “ciencia” y “no ciencia”. De modo que el “criterio empírico de significatividad” es reemplazado por Popper por un “criterio empírico de cientificidad” que podría formularse así: pertenecen potencialmente a la ciencia sólo aquellos enunciados que excluyan algunas consecuencias observables. Así, Popper evita fusionar discurso con sentido y discurso científico, o lo que es lo mismo, evita condenar al sinsentido cualquier discurso no científico, como la metafísica, la religión y la poesía.

Con todo, para los teóricos de la Escuela de Frankfurt, como lo expresaron Adorno y Habermas en la célebre Disputa del positivismo en la sociología alemana, la polémica de Popper con el positivismo lógico no es lo suficientemente radical y debido a que deja intactas las que para ellos son las tesis esenciales del positivismo, su posición merece ser incluida dentro de esta corriente. Para Habermas, una concepción positivista se define por su compromiso con cuatro principios, que la “teoría crítica” busca cuestionar: 1) El énfasis en la unidad del “método científico” en las ciencias naturales y las ciencias sociales. 2) Asumir que hay una identidad de objetivos de conocimiento en la investigación en las ciencias naturales y en las ciencias sociales: la explicación, concebida como la subsunción de una descripción de un fenómeno bajo una ley, y la predicción, entendida como la deducción de una consecuencia corroborable empíricamente a partir de una ley. Frente a 1) y 2), los teóricos de la escuela de Frankfurt levantan el principio dialéctico de la “adecuación del método a su objeto”; si la sociedad se presenta como un devenir objetivado accesible a la predicción, la reflexión científica no debería tomar esto como un “dato” sino como un “resultado”, reteniendo en el conocimiento de la sociedad el carácter potencialmente subjetivo -es decir autodeterminado- de los procesos que han devenido objetivos, es decir, objetivados. 3) el compromiso con la comprensión de la relación entre teoría y práctica como una relación técnica. Este compromiso remite a Hume, para quien “la razón es esclava de la pasiones”, de modo que las pasiones, concebidas como subjetivas y no racionales, establecerían los fines, mientras que la razón sólo opera en la búsqueda de los medios para efectivizar estas metas. Esta concepción de la razón es también llamada “racionalidad instrumental”. 4) el “positivismo”, al definir a la ciencia, ya sea en términos de comprobabilidad o de falsabilidad, compromete a esta concepción con una concepción de la “base empírica” en términos de enunciados de observación, presuntamente neutrales que los teóricos frankfurtianos intentan exhibir como no neutrales sino dependientes de las constricciones a las que se ve sometida la especie humana al tener que reproducir su vida, el metabolismo con la naturaleza a través de la acción coordinada.

El positivismo, al bregar por una concepción de la racionalidad concebida exclusivamente en términos de la racionalidad instrumental o técnica, al no poder evitar pensar a los fines y las cuestiones valorativas como algo que está más allá de la discusión racional, posee según los frankfurtianos un efecto ideológico pernicioso: legitimar el reemplazo de las técnicas de gerenciamiento social sobre las cuestiones valorativas implicadas en el establecimiento de metas sociales, que sólo puede ser saldada a través de la discusión pública efectiva, favoreciendo de esta manera la estabilización de la relación de fuerzas existente en la sociedad.

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