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¿Es posible el pensamiento Latinoamericano?

por Juan Bautista Libano
 

La necesidad ética de su afirmación y reconocimiento.


Curiosamente hay interrogantes, argumentos y demandas bastantes llamativas, aún hoy, a la hora de plantear la posibilidad de una filosofía, o desde una perspectiva más humilde, un pensamiento propio latinoamericano. Como si se debiera pedir permiso u ofrecer una serie disculpas antes de opinar desde nuestro excluido rincón del mundo, nos vemos obligados permanentemente a fundar y justificar el origen de un pensar propio.
 
El debate ontológico sobre la existencia o no de una filosofía latinoamericana no es nuevo. Su máxima expresión puede haberlo alcanzado el cruce entre el filósofo mexicano Leopoldo Zea y el pensador peruano Augusto Salazar Bondy. Sin embargo, aunque se mantenga el eje de la discusión, ya no se argumenta en el mismo escenario.
 
El debate ha cambiado casi de manera imperceptible. El campo parece ser el mismo, pero las armas con las que se combate son nuevas. Si el eje del debate entre Zea y Bondy pasaba por si existe o no una filosofía latinoamericana o una filosofía sin más, entonces se inscribe en el marco de un debate filosófico a secas. Hoy, presos de la globalización que impone la cultura, el pensamiento y el discurso único, si la cuestión gira exclusivamente en torno al status ontológico que reviste un pensamiento propio, la cuestión entonces se vuelve política.
 
Es decir, si abundan quienes directamente se atreven a dudar –o a negar- la existencia de un pensamiento latinoamericano[1], entonces debemos preguntarnos por los motivos de la descalificación ontológica.
 
Es curioso es que, conscientes de la diversidad cultural, no reparemos en los verdaderos motivos del conflicto cultural. La globalización pretende abarcar todo, imponer su lógica y volverse regla universal, pero el pluralismo también genera que nuevas culturas se aparten de las pautas dominantes.
 
Cuando una cultura domina acaba marginando a la otra, pero cuando dos culturas interactúan cada una de ellas reacciona defensivamente. Si el poder es muy fuerte del lado de una de ellas el grupo minoritario, o más débil, acaba siendo definido como desviado o incorrecto.
 
Por eso, a modo de peaje para pasar con nuestro discurso a otras regiones, parece que debemos comenzar siempre, obligadamente, por explicar los motivos que acreditan la existencia de un pensar propio de la región. Debemos necesariamente justificar nuestro derecho a pensar distinto.
 
El principio probatorio se impone forzosamente sobre los latinoamericanistas: la carga de la prueba siempre recae sobre nosotros. Nos vemos obligados a aportar pruebas ontológicas convincentes de nuestra propia identidad. Ante el tribunal de categórico de la cultura occidental somos siempre sospechosos sin presunción de inocencia.
 

Me pregunto si es a propósito o por mero desconocimiento que se ignoran las bases y la tradición de un pensamiento propio que arranca ya con José Vasconcelos, José Martí, Enrique Rodó, José Carlos Mariátegui y otros.

Es un reto constante para quienes pretenden refundar conceptos o construir un lenguaje filosófico propio, regional, superar –en términos de José Gaos- el "imperialismo de las categorías" europeas. Una misión de tal calibre representa un doble problema, por un lado parece necesario construir un lenguaje propio, con significados que cobren sentido a la luz de nuestra propia identidad y nuestras particularidades culturales; y por otro, todo desprendimiento o alejamiento de las nociones o categorías convencionales implica ser rechazado del escenario cultural por no respetar la tradición occidental europea.
 
Se suman a la paradoja mentada numerosas acusaciones sobre el propósito o la intensión de quienes defienden el pensamiento propio o latinoamericanista. Para una gran mayoría la base filosófica de la redención de América Latina es una cuestión o posición política de cierto sector ideológico y descalifican cualquier voz que, a su criterio, provenga de él.
 
Pero los argumentos, sentimientos y reacciones contra la filosofía latinoamericana, o el repudio al pensamiento propio regional, dejan ver una fisura por donde las voces latinoamericanas se inmiscuyen y lastiman al soberbio monstruo del monopolio discursivo.
 
Hay un hecho indiscutible que subyace el debate: el monopólico ejercicio del “pensamiento correcto” pertenece al poder, que repite, impone y bendice su propio discurso. Se justifica la perpetuación del discurso único en el privilegio del derecho de herencia.
 
El “pensamiento correcto”, que construye el poder a favor de sus propios beneficios, es difundido por los centros de educación y los medios de masivos de comunicación, que propagan el discurso oficial como única verdad posible. Lamentablemente, sólo se escuchan las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización.
 
Tanta impunidad exige la desconstrucción de ese discurso único. Es hora de reconocer que la “verdad” que nos venden para justificar la sociedad de consumo es poco menos que absurda. El éxito y el fracaso económico de los países no tienen que ver con premios y castigos en virtud de astucias financieras. La acumulación de la riqueza de los países dominantes no está desvinculada del vaciamiento que efectuaron sobre los que hoy son excluidos.
 
La certeza de que unos pueblos nacen para ser libres y otros para ser esclavos ha guiado los pasos de todos los imperios. Herbert Spencer ya fundaba en el imperio de la razón, las desigualdades que hoy por hoy son ley de mercado. Aunque ha pasado más de un siglo, suenan como de ahora, muy de nuestros neoliberales tiempos, algunas de sus certezas.
 
Empapados de una ideología racista, clasista y elitista, teóricos fanáticos del imperio mundial “civilizado” lanzan una primera acusación: “Latinoamérica”, en verdad, no existe, no tiene una identidad propia, por tanto es absurdo concebir un pensamiento propio de la región.
 
Tropezamos con tantas definiciones del término Latinoamérica que ponen el acento en cuestiones tan variadas que el argumento no es menor. En algunas ocasiones se resalta la unidad geográfica, en otras, cuestiones histórico- culturales que serían comunes a esa unidad y le darían sentido, y en otras ocasiones se señalan cuestiones económicas o políticas que justifican la categoría[2].
 
Es cierto, la atribución de “latinidad” no siempre es completa, pero no faltan datos como para fundar una identidad regional. En la búsqueda de raíces comunes que constituyan características propias e inmanentes de una identidad latinoamericana nos topamos conque fuimos ubicados, y nos identificamos en consecuencia, como el “tercer mundo[3]. Es decir, aunque la categoría construida para nombrar a los países que quedaron al margen de los dos grandes “bloques” durante la guerra fría no tiene hoy mucho sentido[4], seguimos siendo, a los ojos del mundo, “tercermundistas”.
 
La categoría se aplicaba claramente a aquellos países dependientes en lo económico y lo político, en algunos casos en situación claramente neocolonial y todos en estado de atraso científico y tecnológico[5]. Lamentable realidad de los países pobres que quedaron marginados del mundo[6], donde, entre otras cosas, predominan el hambre, la explotación, minorías oligárquicas, etc.
 
En las regiones latinoamericanas, mientras se discute las coincidencias o similitudes culturales o políticas de la región, mientras se duda de la posibilidad de un pensamiento propio, se dan estas características de una forma tan indignante que no quedan dudas de que estamos en una situación marginal en relación al poder mundial.
 
Esta dimensión política – económica permite el rastreo de un dato tan general y ambiguo como fundamental: somos subdesarrollados a los ojos del imperio. Entendiendo y asumiendo esta realidad podemos encontrar la fundamentación de un pensamiento propio. Y es entonces que ya no cabe preguntarse si es posible, sino que se impone reconocer que es necesario un pensamiento crítico.
 
En la desesperación por “pertenecer” pretendemos pasar a ser potencias en desarrollo. Paradójicamente, como bien señala Eduardo Galeano, Países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno. Por eso, la construcción de un pensamiento alternativo, se impone desde un punto de vista ético. No queremos ser como nuestros opresores.
 
Las causas del “subdesarrollo” son, para el poder imperial, la incapacidad, la irracionalidad o la inmadurez de países “atrasados”. Pero un pensamiento autónomo latinoamericano debe responder poniendo al descubierto, desde una perspectiva histórica- filosófica, las ideologías que constituyeron el conjunto de justificaciones por medio de las cuales los mecanismos y dispositivos del poder quedaron cubiertos tras una superficie de racionalización.
 
Los procesos históricos son producto de diversas causas que, lejos de eliminarse unas a otras, se complementan. En este contexto, es importante reconocer el clima de ideas imperantes para encontrar antecedentes de un discurso contestatario que las cuestione.
 
La modernidad, por ejemplo, es para muchos un fenómeno esencialmente europeo. Sin embargo está constituido en una relación dialéctica con una alteridad no- europea que finalmente es su contenido. La modernidad aparece cuando Europa se autoafirma como el “centro” de una historia del mundo que ella inaugura. La “periferia” que rodea ese centro es entonces parte de ésta auto definición[7]. ¿Cómo concebir entonces que todos podemos ser “países desarrollados” o “modernos” sin una alteridad con la cuál compararse?
 
Debemos asumir que no somos iguales a aquellos países que pretendemos imitar. Debemos, mejor, no querer ser como ellos. Cuando Latinoamérica se desvinculó del poder español no logró o no quiso hacerlo del poder mundial, que desde las nuevas manos de Inglaterra, impuso una nueva ideología, la ideología de la modernidad europea, que no hacía más que sostener las mismas líneas de marginación y explotación de los países latinoamericano[8].
 
Tal vez haya sido una fatalidad que las luchas por la independencia no hayan impuesto un nuevo sistema de pensamiento local, capaz de producir instituciones originales, propias, preocupadas por los problemas locales. La búsqueda de modelos ágiles de progreso, como los de Francia, Inglaterra o Estados Unidos, determinaron la organización de flamantes repúblicas que copiaron ciega y rápidamente las ideologías dominantes.
 
El saber central fue exportado a América Latina y las minorías gobernantes lo adoptaron gustosos. Este saber cumplió una doble función: justificó nuestra dependencia al poder mundial y justificó, a su vez, la hegemonía de las elites criollas en el poder.
 
El presupuesto teórico sigue siendo hoy el evolucionismo unilateral. Para muchos las sociedades latinoamericanas están viviendo, con signos de atraso, los mismos procesos evolutivos experimentados por las sociedades avanzadas. La solución práctica justifica una ideología represiva y racista, por ser inferiores, atrasados, necesitamos una tutela paternalista de los “avanzados” en lo internacional y de los iluminados “avanzados” en lo interno.
 
La ideología reinante es la concepción evolutiva de la historia universal. Hegel ya había explicado que la historia es un proceso inmanente, que avanza de de negación en negación, y que de cada negación surge una nueva instancia que, a su vez, se niega a sí misma para pasar a la otra. La ecuación básica para avanzar en la historia era: “modernización – occidentalización – nacionalización – industrialización”, y debía ser lograda a través de un proceso por etapas por el cual atraviesan necesariamente todas las naciones[9].
 
Pero no hay por qué perder la conciencia crítica. Más bien, la situación actual, nos impone la necesidad de no olvidar que la misión del poder es impedir el surgimiento del sujeto crítico. El pensamiento latinoamericano, en este sentido, no sólo es posible, sino necesario. Debemos sortear los intentos represivos, que pretendan sofocar, perseguir, impedir una reflexión sobre nuestra situación real actual.
 
Por suerte el descubrimiento del pensamiento descolonial es la confianza en que otros mundos son posibles. Otros mundos, muchos, que están en proceso de construcción, planetariamente. Vivimos un momento en donde las revoluciones globales están en proceso, en donde las diversas historias locales surgen y disputan el control de la historia universal.
 
Así, una lectura y el posterior análisis de los pensadores latinoamericanos que desafiaron y desafían el proceso uniforme y trasnacional permite pensar un modelo alternativo fundado en el humanitarismo democrático respetuoso de la diversidad.
 

En este contexto, alentar y contribuir con un pensamiento propio no solo es necesario, sino que se transforma en un deber ético. Cuando se niega la existencia del pensamiento crítico se crea la necesidad de responder al discurso único de la globalización neoliberal que margina y excluye lo diferente. El mero hecho de seguir siendo excluidos nos otorga un justificativo ontológico propio y una obligación ética- humanitaria de alentar nuestro propio impulso emancipador.



[1] Mario Vargas Llosa por ejemplo.

[2] El término América Latina o Latinoamérica tiene varios usos y connotaciones divergentes. Entre ellos puede mencionarse []el uso que restringe la denominación a los países de habla española y portuguesa, excluyendo a las regiones de habla francesa, la definición según la cual a los países de habla española y portuguesa se le añaden los territorios de lengua francesa de América y el sentido literal del término América Latina que designa a todo país y territorio de América donde alguna de las lenguas romances sea lengua oficial.

[3] El economista francés Alfred Sauvy en 1952 acuñó el término “tercer mundo” para designar a los países que no pertenecían a ninguno de los dos bloques que estaban enfrentados en la Guerra Fría. Actualmente el término se utiliza de manera poco precisa para referirse a los países periféricos subdesarrollados o "en vías de desarrollo".

[4] Curiosamente, a diferencia de las antiguas categorías “Oriente- Occidente”, “Civilización y Barbarie” que mostraron una forma dicotómica, las de “Este- Oeste” acabaron montadas sobre una organización triádica, compuesta por un “primero”, un “segundo” y un “tercer mundo”.

[5] Lo curioso es que terminada la “guerra fría” e injustificado el enfrentamiento entre “Este- Oeste”, siguen vigentes aquellos factores que definían el tercer mundo.

[6] En general, las expresión "tercer mundo", está orientada a describir situaciones de gran atraso económico-social, como el analfabetismo, el hambre, las carencias hospitalarias y de salud pública, las viviendas y servicios sanitarios precarios, una escasa expectativa de vida, etc.

[7] Toda oclusión de la periferia lleva a una falacia en la comprensión de la modernidad. Si la comprensión de la genealogía de la modernidad no comprende la periferia, los intentos de crítica, de análisis y de defensa de ellas será parcial, unilateral y en parte falso.

[8] España mantenía su estructura feudal. Retrasó su industrialización manteniendo un elevadísimo porcentaje de clases privilegiadas como lastre improductivo y consumista. La imposición de ideas medievales y monárquicas de origen divino bajo la corona española no constituyó un buen modelo de administración local. España fue deteriorando gradualmente su posición hegemónica hasta que finalmente Gran Bretaña la desplazó por completo, deslumbrando a los intelectuales criollos con su alto de grado de evolución en la historia de la modernidad.

[9] Podría sospecharse que las teorías de la modernización parecen ser entonces exclusivamente para las naciones que aún no son modernas y que según esta ley universal tienen que resolver cómo acoplarse y alcanzar a las sociedades ya modernas.

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