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CUANDO BOLIVAR DESPIERTA.

por Dr. Gabriella Bianco, PhD, LTO
 


bgculture.gabriella@gmail.com

gbiancorsbingham.culture@yahoo.com

Asociacion cultural internacional "Gabriella Bianco & Robert Steve Bingham"


Introducción:

"Cuando Bolívar despierta" se halla en haber hecho uso del símbolo de Bolívar y de la mitología histórica del siglo XIX. Este símbolo se ha convertido seguramente en el logro más significativo en la configuración del imaginario político reciente de Venezuela y ha legitimado no solo la figura histórica de Hugo Chávez Frías, sino el proceso histórico inaugurado en 1998 hacia el socialismo del siglo XXI. Uno de los elementos característicos del discurso chavista es la afirmación de que uno de los cambios más significativos que encierra la revolución bolivariana, es la instauración de un modelo caracterizado por la participación directa del pueblo.

Frente a la delicada situación de salud de Hugo Chávez Frías, recién reelegido a la Presidencia de la Republica Bolivariana de Venezuela, nos parece útil reflexionar brevemente sobre el proceso político venezolano y la radicalización del Socialismo del Siglo XXI.


Primera parte

La adopción de una cultura constituyente y la construcción de un nuevo imaginario político en el proceso cultural venezolano.

Para empezar, hay que reconocer que la idea de convocar una Asamblea Constituyente en la Venezuela de 1999 ofreció la oportunidad para repensar los desajustes históricos y la densidad o fragilidad de la cultura política venezolana, en presencia de un proyecto de Constitución Nacional, que fue el punto de partida de la Revolución Bolivariana. Fue sin duda una oportunidad excepcional, ya que las discusiones que surgieron sobre el poder constituyente - así como los cambios políticos que se produjeron – permitieron aclarar con más radicalidad, los perfiles de la cultura política venezolana.

El proceso constituyente que dio lugar a una nueva Constitución y que ha determinado cambios institucionales radicales, se aleja de las tendencias que han caracterizado la historia económica y política de Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, en presencia de un personalismo político fuerte y su capacidad de hacer valer la mitología política bolivariana desde el discurso de un líder carismático y su alto margen de legitimidad.

Como advierte Carl Schmitt, lo político se define a partir de las distinciones que surgen de la voluntad del soberano, representado por el poder de Hugo Chávez Frías, que estableció, con el más reciente referéndum de enmiendas de Reforma Constitucional, que, rechazada el 2 de diciembre de 2007, fue ratificada el 15 de febrero de 2009, quitar toda limitación en la cantidad de veces que un candidato puede postularse a un cargo público – habilitando la reelección de alcaldes, gobernadores, diputados y por supuesto el mismo presidente. Con el 54,86% de los votos se impuso el SI y esto despejó el camino y a la vez profundizó conflictos propios de una transición al socialismo.

Volviendo a Schmitt, de esta forma el concepto de soberanía ha venido adoptando su expresión más radical, como posibilidad de ejercer el poder en nombre del poder constituyente y de otra manifestación, como el referéndum, que emana directamente de la sociedad civil. En breve: lo que Schmitt subraya, es el ejercicio del poder soberano bajo el discurso del poder constituyente de la multitud. Como bien afirma Tony Negri, el poder constituyente reside en la potencia expansiva de la multitud.

En la concepción de Tony Negri, está presente la idea de una democracia entendida como poder absoluto de la multitud, que adquiere vigencia como horizonte critico de reflexión, en relación al poder de la multitud y en todas las manifestaciones, formales y no formales, de la sociedad civil. La Asamblea Constituyente por lo tanto, expresa un poder derivado, delimitado en el tiempo y en el espacio, que tiene como referencia la elaboración de un nuevo mapa constitucional y se sustenta en el principio y en la práctica de la representación, constituyendo, como decía Rousseau, la representación y la alienación de la voluntad política, cuando la voluntad política de la multitud se expresa y se encarna en la figura del representante.

Siguiendo a Negri, el poder originario e históricamente constituyente de la multitud se expresa en la formación de la Asamblea Constituyente y se configura como democracia representativa, o sea un sistema político que, como decían Kant y Constant, es opuesto a la idea de una democracia directa, la cual supone una estructura originaria de poder, que, como vimos con Negri, reside en la multitud.

Frente al tema constituyente, se plantea inevitablemente la cuestión de la cultura política del país; sin una verdadera cultura constituyente, o sea una cultura política transformadora, se terminaría deslegitimando el imaginario político del proceso cultural venezolano. Sin embargo, la debilidad del imaginario político es mucho más un problema de comprensión cultural, que un problema de comprensión económica; de hecho, desde hace 20 años, se ha afirmado el mito de una Venezuela rica, atada a la riqueza petrolera. Lo que este argumento oculta es que el débil espesor cultural de la Nación, que ha asumido el discurso de la renta petrolera como una inmensa riqueza, no lo ha aprovechado adecuadamente, debido a una poderosa estructura clientelar, que ha dado lugar al despilfarro y a una costumbre sistemática de corrupción.

Por otra parte, desde la aceleración y el alumbramiento que representa el poder constituyente de la multitud –como afirma Negri – de la cual la Asamblea Constituyente representa el poder derivado y constituido, desde la trinchera propia del realismo y de la construcción de un nuevo proceso cultural y político, el país ha asumido el patriotismo y el republicanismo de la Constitución, que es precisamente el marco donde se ha debatido el funcionamiento de la nueva democracia venezolana. Una vez más, el problema reside en la densidad de la cultura política nacional, que haga funcionar la nueva Constitución, ahí donde “densidad” se identifica con las condiciones racionales e imaginativas para que un país asuma su propia identidad históricamente, en una fase de modernización política en un país que – para decirlo con Austin – necesita adquirir densidad y autoconciencia cultural.

En el contexto de la necesidad de la modernización política, la convocatoria de la Asamblea Constituyente de 1999 fue la oportunidad para iniciar la formación, para repensar conceptos, circunstancias, expectativas, que podría colocar al país en una posición privilegiada en la historia política del siglo XXI. Sobre ese proceso pesa quizás aquello que Sartre advertía a propósito del “socialismo real”: de la razón política revolucionaria difícilmente puede surgir un autentico proceso revolucionario. Sin embargo, cambios en la Carta Magna y en la sociedad profundizan el avance del `Socialismo del siglo XXI`.

Según una entrevista del septiembre de 2007 que Hugo Chávez dio en Colombia, el líder bolivariano necesitará “hasta el 2027” para terminar con éxito su revolución socialista. En cuanto al contenido más claramente socialista, Chávez propuso a la Asamblea Nacional reconocer distintos tipos de propiedad, publica, social, ciudadana, colectiva, mixta y privada. También se confiere legitimidad a lo que identifica como un “nuevo poder” de la Nación: el “Poder Popular”, conformado por Comunidades, Comunas y Consejos Comunales (de campesinos, estudiantes, obreros y otros), que se hagan cargo de la administración local y funcionen por democracia directa.

Frente a estas medidas, está surgiendo la posibilidad más radical, la que pensó Spinoza en el siglo XVII, que es la misma que plantea Negri cuando habla del poder constituyente como fuerza imaginaria y expansiva. Para utilizar la terminología de Spinoza y Negri, se trata de la potencia de la multitud, frente al poder que surge de las relaciones de dominio, pero el poder constituyente que emana de la multitud solo puede encontrar espacios desde una cultura que no solo comprenda el sentido de lo político, sino que asuma el ejercicio mismo de la comprensión de la relación entre política y cultura, como praxis cultural, a través de las formas y contenidos de la nueva cultura política. Existen nuevos actores, nuevos escenarios y nuevos discursos, pero lo que hay que superar es la fragmentación cultural que siempre ha afectado la sociedad venezolana.

No solo: la práctica de la soberanía – legitimada por el poder Constituyente – confirma el pensamiento tan agudamente teorizada por Tony Negri: en esta geometría del poder, el ejercicio del poder se encuentra con el discurso del poder constituyente de la multitud.


Segunda parte

El imaginario político chavista y la Constitución desde el 1999.

El estatismo, la renta petrolera y el personalismo político son los ejes fundamentales sobre los cuales sigue girando la política venezolana. En la nueva “geometría del poder”, la concentración absoluta de los poderes fundamentales del Estado, así como la arenga y la práctica orientada a intervenir la economía y la opinión pública en nombre del socialismo, colocan a Venezuela en un nuevo tiempo histórico, en una fase de modernización política, a pesar de la jerga posmoderna y globalizante que nos invade.

Asumiendo el riesgo de la simplificación, es posible sostener que la segunda mitad del siglo XX venezolano estuvo marcada por el desarrollo de formas políticas, cuya solidez no se hallaba en las instituciones del Estado y en el desarrollo de la sociedad civil, sino en la consolidación de una economía y de una sociedad rentista, condicionada por los vaivenes del protagonismo político. Esta conjunción y el nexo entre política y petróleo fueron planteados como un reto histórico por Romolo Betancour cuando asumió la presidencia en los años cincuenta. Sin embargo, caída la dictadura de Pérez Jiménez y superado el escollo de la lucha armada en los años sesenta, se fue consolidando la idea de que el sistema político venezolano había alcanzado un suficiente grado de legitimidad política. Dicho más específicamente, el problema estructural de legitimación del sistema capitalista venezolano no impidió que se formara un imaginario que legitimaba la política, por lo menos hasta finales de los años ochenta.

A grandes rasgos, se pueden distinguir tres etapas en la configuración del imaginario político venezolano: 1. La primera, que va de los años sesenta a los setenta, culmina con la primera presidencia de Rafael Caldera y que se podría llamar fundacional y estabilizadora. 2. La segunda etapa, expansiva e inmediatamente después recesiva, se inicia con la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez Jiménez y culmina con el gobierno de Jaime Lusinchi. 3. La etapa de los noventa, que coincide con el periodo neoliberal de la segunda presidencia de Pérez Jiménez, culmina con los problemas de gobernabilidad del segundo periodo presidencial de Rafael Caldera. De hecho, Caldera gobernó apoyándose en los militares y vivió la rebelión encabezada por el entonces teniente coronel Hugo Chávez en 1992, que marcaba las tensiones entre civiles y militares.

Frente al problema estructural de legitimación de la política, tanto en la versión de la democracia representativa que en la versión retorica de la democracia participativa, aparece la refundación y relegitimación de la política en nombre de una nueva República bajo el gobierno de Hugo Chávez. Frente a la fragilidad institucional y las fracturas que siempre han existido entre las bases económicas y sociales de la democracia y las formas políticas a través de las cuales la democracia se había estructurado, con un alto protagonismo de las fuerzas armadas, con el referéndum consultativo de 1999, que debía dar paso a una nueva Constitución, prevaleció la opinión de la validez del proceso constituyente como instrumento inequívoco del nuevo rumbo que debía tomar el país.

La sustitución total del texto constitucional representaba la garantía de legitimidad para las nuevas instituciones y para la estructuración de un nuevo estado de derecho. El tema constitucional, al ser visto como cambio histórico, se convierte entonces en fuente incuestionable de certezas en los distintos aspectos de la vida nacional, ya sea en lo económico que en lo social, y hasta en lo moral y ético.

Aunque siempre ha existido una fractura entre la Constitución real del país y las constituciones de papel, se puede sostener que el tema de la Constitución de 1999 se ha instalado en el imaginario político venezolano, entendiendo por imaginario político el conjunto de significaciones a través de las cuales la sociedad se constituye alrededor del fenómeno del poder, donde el imaginario se expresa como conjunto de representaciones en la así llamada `mentalidad colectiva` o, siguiendo a Castoriadis, como `magma`, en virtud del cual la sociedad se articula y se autoconstruye.

Por lo tanto, no hay duda de que, si la Constitución de 1999 entró a formar parte del imaginario político venezolano, esto se produjo a través de la figura histórica de Hugo Chávez, aunque puede parecer una paradoja que la participación y el protagonismo del pueblo se haya incrementado a la sombra del personalismo y carisma del presidente Chávez. Sin embargo, el imaginario político chavista siempre tuvo una fuerte dimensión mediática, desde el intento de golpe de estado en la madrigada del 4 de febrero de 1992, cuando el teniente coronel Chávez Frías, a través de la televisión y la radio, le transmitió a sus compañeros militares un mensaje de aceptación de la derrota, capitalizando todo el descontento del pueblo venezolano, que lo llevó a la presidencia en 1998.

En su figura se concentró la esperanza del cambio histórico, que parecía ser una real alternativa a los cuarenta años de democracia meramente formal, junto a la cual se fue deteriorando la vida económica y social del país. La mejor prueba de que conquistó la voluntad del pueblo se halla en los triunfos que Hugo Chávez obtuvo en sucesivos procesos electorales, que desde 2001 determinaron el giro socialista estatizante a través de la `radicalización del proceso`, hasta la última elección del 7 de octubre de 2012, donde fue nuevamente reelegido a la presidencia.

Asimismo, desde 1998 cuando triunfa Hugo Chávez en las elecciones, la influencia del sector militar alcanza niveles nunca previstos, puesto que se creía superada la etapa de los años cuarenta. Militares activos y en situación de retiro ocupan altos cargos, gobernaciones y dirigen institutos autónomos; se les otorga el voto a los militares, se crean programas de labor social con su participación y organización. Cuando Chávez fue depuesto en 2002 por dos días, el sector castrense – junto con el pueblo - volvió a actuar como árbitro y lo restituyó en el poder legitimo.

Pero la peculiaridad de la política venezolana es la colaboración entre los civiles y los militares. Come afirma Irwin: `El pretorianismo venezolano no es solamente militar, presenta un componente civil (…) que se parece como una constante histórica desde el siglo XIX y sus caudillos hasta los inicios mismos del siglo XXI`. Esto sucede también en el caso de la presidencia de Hugo Chávez, donde la fragilidad de la cultura democrática ha dado paso a un nuevo paradigma ideológico y social, es decir a una nueva República, que se legitima desde el republicanismo hacia la implementación del socialismo.


Tercera Parte

Dialogo entorno a la República. Norberto Bobbio y Maurizio Viroli sobre el republicanismo.

Desde los múltiples discursos sobre la cultura democrática y el republicanismo, nos parece interesante referirnos a un debate de 2001, publicado bajo el titulo `Dialogo intorno alla República`, entre el filosofo liberal Norberto Bobbio y Maurizio Viroli, sobre los conceptos de libertad en el pensamiento político republicano y en la cultura democrática. En el republicanismo, tal como lo han concebido Montesquieu et Rousseau, la libertad se identifica con la ausencia de dependencia de una voluntad arbitraria, o sea ella reside en la idea de “res publica”. Bobbio subraya que ``la república es una forma ideal del Estado que se funda en la virtud de los ciudadanos y en el amor de la Patria``.

Aunque este razonamiento podría parecer como una apología del pensamiento republicano, sin embargo Bobbio nota como `virtud` y `amor a la patria` no eran solamente ideales para los jacobinos, que desembocaron en terror, sino el `amor a la patria` es también patrimonio del fascismo, ya que el fascismo hablaba también de Patria e invitaba a dar la vida por la Patria. De allí que el rechazo de Bobbio al ideal de patria implica también rechazo al autoritarismo. De este modo, la actuación del ciudadano que se considera patriota y virtuoso, se debería limitar a lo que Habermas llama ``el patriotismo de la Constitución``. Si es la Constitución el punto de referencia, es posible ofrecer una lectura republicana de la virtud y del amor a la Patria, pasando por Machiavelli, Montesquieu et Rousseau, donde el ciudadano, virtuoso o no, debería estar dispuesto a servir el bien público.

En el concepto democrático y republicano de `libertad positiva`, en relación a la `obligación política`, encontramos la necesidad de que la republica sea intransigente con los ciudadanos en el cumplimiento de sus deberes. Al mismo tiempo, Bobbio postula la exigencia de que la pluralidad, la tolerancia y la manera de conducir el estado como `obligación política` no sea referida solamente a los ciudadanos, sino y sobre todo a la responsabilidad de los gobernantes. En Venezuela encontramos una idea de democracia participativa y protagónica desde el republicanismo y la constitución, en la consolidación del estado de derecho hacia el socialismo.

Para concluir, mientras la Constitución se ha afirmado – consagrando en el art. 158 el rol protagónico del pueblo: ``El Estado promueve como política nacional, la participación protagónica del pueblo, transfiriéndole poder y las mejores condiciones para la construcción de una Democracia Socialista``, la consagración de un único líder carismático demuestra la necesidad de reformular el imaginario nacional que no puede ser anclado exclusivamente a la suerte del liderazgo político individual, ya que la legitimación debe surgir precisamente en la construcción del socialismo y en la capacidad de la sociedad civil de profundizar el cambio.


Conclusiones

Puesto que el presidente ha sido reelegido por siete años más después de trece años en la primera magistratura el 7 de octubre de 2012, la victoria y el sucesivo anuncio de la necesidad de una nueva operación del cáncer que padece el presidente – que ha sido exitosa – abre perspectivas novedosas, mientras que el vice-presidente Nicolás Maduro ha asumido la presidencia interina. Lo que se puede decir, es que se espera que la revolución en acto – con hondos efectos sociales y una transformación económica y política – se profundice, en un proceso de transición y consolidación destinado a abolir el capitalismo. La victoria electoral abre una nueva coyuntura, no solo para el gobierno venezolano, sino para toda la región, que vive los efectos de estas transformaciones, que inciden en el universo ideológico-político del continente, profundizando los procesos políticos en acto hacia una nueva etapa en la historia latino-americana.

@ Gabriella Bianco – diciembre de 2012

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