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Del Genocidio en Guatemala

por Marta Elena Casaus
 



Dedicado a las mujeres Ixiles víctimas del genocidio.


Salgo de Guatemala después de una breve visita para declarar en le juicio por genocidio contra General Efraín Ríos Montt y Mauricio Rodriguez Sanchez, salgo con el corazón encogido, con una mezcla de sentimientos encontrado, por una parte de dolor profundo por las voces de los testigos contando las crueldades y atrocidades a las que fueron sometidos por el ejército, sobre todo a las mujeres, ancianos y niños indefensos y por otra con la sensación de alivio del deber cumplido, por haber podido contribuir, con un granito de arena, con mi testimonio, a fundamentar las causas profundas por las que se produjo el genocidio y su relación directa con el racismo histórico-estructural de nuestro país.

Pero a su vez me invade un profundo dolor y rabia por no haber sido capaces de denunciar estas atrocidades antes y por haber callado o guardado silencio durante tantos años con tanto sufrimientos y dolor de las victimas que tuvieron que callar durante 36 años, antes de tener la oportunidad de narrar las atrocidades, torturas y vejaciones a las que fueron sometidas. A este sentimiento me acompaña un profundo agradecimiento y admiración por el esfuerzo incansable de miles de guatemaltecos/as, ladinos indígenas, extranjeros, ONGS nacionales e internacionales quienes han dedicado su vida y sus esfuerzos para que éste juicio histórico, por genocidio y etnocidio, se llevara a cabo en Guatemala y con autoridades guatemaltecas, sin injerencias externas.

A pesar de la magnitud de éste genocidio, que no tiene otro parangón, más que el del Holocausto y el de Ruanda y Bosnia, hemos tardado 36 años en poder llevar a estos militares a los tribunales, cuando buena parte de ellos ya se han muerto o están gravemente enfermos y esta tardanza solo es imputable al grado de impunidad de nuestro estado de derecho y a la fragilidad de nuestras instituciones, lo que ha provocado una falta de confianza y legitimidad en las instituciones públicas, especialmente del sistema judicial.

Sin embargo, el Ministerio Público, después de una denostada labor de años de recopilación de datos y pruebas, CALDH como organización querellante que lleva años denunciando la violencia y el genocidio de los pueblos indígenas, pero sobre todo, la constancia, serenidad y paciencia de todas las víctimas del conflicto armado, han producido y hecho posible que este juicio se llevara a cabo, cuando muchos de loso responsables directos de las masacres ya están muertos o gravemente enfermos y no pueden comparecer o simplemente se han escapado del país .

Mientras voy tomando mi avión de vuelta a Madrid me viene a la imagen todas esas mujeres Ixiles, sentadas en las primeras bancas del tribunal y en el suelo, esperando justicia y pienso que cuando eran jóvenes y niñas, y tenían entre 8 y 15 años, fueron violadas, torturadas y vejadas y que ahora tienen entre 45 y 50 años y han tenido que esperar, todo este tiempo, para hacer valer su voz, dar su testimonio y pedir que se haga justicia y se condene , de una vez por todas, a los responsable directos e indirectos del genocidio y del feminicidio y me pongo a pensar lo injusta y arbitraria que es la vida porque una de esas niñas violadas y torturadas en presencia de sus familiares o la madre de esas niñas, podría haber sido yo o mis hijas y no fue así, porque la vida me deparó nacer en el otro lado de Guatemala, en la Guatemala urbana, del bienestar y de la riqueza, en la Guatemala mestiza ladina o de aquella que se considera ” blanca” y que sigue ignorando el sufrimiento de los otros. Si hubiera nacido del otro lado, en la Guatemala profunda, rural e indígena, probablemente estaría sentada allí, junto a esas bellas mujeres, con sus huipiles rojos, con sus caras ajadas por el sufrimiento y el recuerdo del dolor, esperando pacientemente una sentencia que le asegure que, ellas no tuvieron la culpa de nada, que ellas no hicieron nada, que fueron violadas, humilladas y vejadas sin saber por qué y sin culpa alguna y que ahora solo quieren que se haga justicia y que se cuente al mundo la verdad de los hechos, esa no es una verdad absoluta es simplemente la verdad basada en los terribles hechos acaecidos durante ese negro periodo de nuestra historia.

Conforme me voy alejando de mi patria me invade una mezcla de tristeza, rabia y culpabilidad, yo vuelvo a España a mis clases, a mi mundo cómodo y seguro, ellas se quedan sentadas, pacientes, esperando un veredicto justo que les permita sanar sus mentes y sus corazones y que les permita olvidar o al menos recuperar la paz interior y como dicen algunas de ellas, sentirse tranquilas porque por fin se han desahogado, por fin han podido contar su verdad, por fin van a poder descansar e intentar recuperar las riendas de sus vidas truncadas por algo de lo que no tenían culpa alguna.

Artículo II

El juicio contra Ríos Montt en Guatemala: El proceso por el cual se establecen las pautas de un genocidio. Marta Elena Casaus Arzú

Profesora de historia de la Universidad Autónoma de Madrid

El Genocidio no es simplemente un acto exterminador aislado en contra de la vida de un grupo étnico racial o religioso, sino que conlleva un proceso paulatino de destrucción de los sujetos como seres humanos, como ciudadanos, es un proceso progresivo de deshumanización, de cosificación y despersonalización de las víctimas que, a juicio de Feierstein, conlleva una serie de fases hasta llegar al exterminio físico de un grupo étnico racial o religioso.

A juicio de este autor, este proceso conlleva una serie de fases: la primera es la construcción de la otredad negativa, estableciendo una serie de tópicos o estereotipo del otro con el fin de justificar su exclusión o eliminación. En el caso de Guatemala esta fase ya estaba prácticamente establecida por el desarrollo del prejuicio racial y étnico, en contra de los indígenas, de manera que, “la otredad negativa” ya estaba creada históricamente, solo había que añadirle los nuevo epítetos como consecuencia de la guerra, “subversivo, comunista, guerrillero o no normalizable”.

En esta primera fase del genocidio, esa construcción negativa del Otro y esa imagen se aprende y adoctrina en las familias, en las escuelas del ejército, lo que Vela Castañeda llama kaibilizar la guerra. Los testimonios de los kaibiles y su adoctrinamiento en contra de los indígenas son una buena prueba, de la ideología y prácticas racistas. A juicio del autor la construcción del “otro”, como enemigo interno se refuerza mediante un entrenamiento sistemático por parte de la inteligencia militar, en donde múltiples testimonios de soldados expresan el enorme prejuicio que los coroneles tenían hacia los indios diciéndoles “ indio asqueroso, indio abusivo, indio para acá indio para allá” y así se va introduciendo una infravaloración de los indígenas en los cuarteles.

La segunda fase, según Feirstein, es la campaña de hostigamiento y persecución por considerar que el “otro”, es el culpable de los males del país o en el caso de Guatemala, el indígena se convierte en el soporte de la guerrilla. En los diversos planes, Victoria 82, Firmeza83, plan de operaciones Sofía, se inicia con el hostigamiento y persecución del Otro y el prejuicio se eleva a categoría absoluta, en este caso, todas las comunidades Ixiles son, “subversivas, guerrilleras, comunistas”, como lo hemos oído en múltiples testimonios, identificándolos a todos como el enemigo interno, todos los indios son subversivos o sujetos de subversión y hay que” cortar la semilla del mal” “ cortar la semilla de raíz” y “ normalizarlos”, es decir, “ladinizarlos y borrarle lo Ixil”. Estas frases forman parte del léxico del discurso racista, en los planes del ejército .

Según Feirstein y Verdeja, en esta segunda fase, en el caso de otros genocidio, como el judío o el bosnio, se intenta desplazar o aislar espacialmente a la población y concentrarla en guettos, campos de concentración o campos de refugiados, para apoderarse de sus tierras, bienes y enseres. Sin embargo, para el caso de Guatemala esa fase de concentración previa no fue necesaria, porque la población civil, los grupos étnicos Ixiles y Achies, ya estaban aislados en las montañas y caseríos y una de las razones aducidas en los planes y en los diagnósticos de los Mandos Superiores, era que la población ya estaba aislada y era mas sencillo declarar la región Ixil como “zona de intervención roja”.

El aislamiento espacial y la concentración en aldeas estratégicas o polos de desarrollo se produjo después del exterminio, no antes, como sucedió en otros genocidios y, en esas zonas de concentración forzosa, es en donde se producen los principales desmanes de violaciones, servidumbre sexual, torturas, vejaciones, con el fin de “normalizarlos y borrarle lo Ixil y ladinizarles”, es cuando se empieza con la fase del etnocidio, intentar sistemáticamente arrebatarles su cultura, su traje, su religión, y cuando entran a funcionar otros planes como los de “techo, tortilla y trabajo” o “fusiles y frijoles”, con el apoyo de ciertas iglesias neopentecostales.

En el Plan Sofía se habla de capturar y concentrar a la población sobreviviente para normalizarla y ladinizarla. En éste plan, se habla de concentrarles en los campos de refugiados o en los polos de desarrollo para “borrarles lo Ixil”. En éstos espacios de aislamiento y concentración, volvían a sufrir, torturas, vejaciones e insultos como” indias de mierda”, “coches”, “vacas” y las mujeres eran violadas sistemáticamente por la tropa y los sargentos generando un sentimiento de impotencia y vulnerabilidad.

En el caso de Guatemala, posterior al hostigamiento y a la estigmatización del indio como subversivo y enemigo público, se pasa a su exterminio, este término es utilizado en varios planes y campañas de exterminio masivo de la población y de quema de sus enseres, animales y al asesinato indiscriminado y arbitrario de mujeres, ancianos y niños, como hemos escuchado repetidamente en los testimonios presentados en el juicio. La deshumanización y cosificación de los indígenas, en donde se les identificaba como, “animales, cosas, FIL, ENO y a los niños se les llamaba “chocolates”, en alusión al color de su piel”..

En Guatemala, contrariamente a otros genocidios como el judío, el de Bosnia, no hacía falta aislarlos porque ya tenían un hábitat disperso en las aldeas y caseríos, eso aseguraba mayor silencio e impunidad, el aislamiento espacial, venía después, con los sobrevivientes, a los que se les metía en destacamento, aldeas estratégicas o fincas como La Perla, para controlar a la población sobreviviente que les obligaban a trabajar en los destacamentos y a someterse a servidumbre sexual.

En el plan de campaña “Firmeza 83”, se mencionaba, entre los objetivos generales de la “estrategia militar”: “Integrar a toda la población aislándola física y psicológicamente de las bandas de delincuentes subversivos”, aclarando en los objetivos particulares su “control físico y psicológico”.[1]

El proceso de exterminio fue de una violencia letal y rápida como se puede ver en la operación Xibalbá, en donde se puede observar una protocolización de la violencia, hacia mujeres ancianos y niños que indica que hubo un propósito de destruir a un grupo étnico como tal.

Ese protocolo de violencia letal y colectiva, puede observarse en los diferentes testimonios reiterativos de las víctimas en donde todas las masacres se inician y terminan de forma muy similar. Los soldados o el ejército, llegaba a la aldea, dividían a la población en hombres jóvenes, maduros y viejos, empezaban a preguntarle a los jóvenes si eran guerrilleros y ante la respuesta negativa de la población civil, pasaban a asesinarlos con armas de fuego, machetes o de formas más violentas como sacarles el corazón, canibalismo ritual como indica la CEH, en sus conclusiones. Posteriormente se tomaba a las mujeres se les encerraba en las iglesias, en sus casas o en la municipalidad, después de atarlas y violarlas, se las quemaba y posteriormente se incendiaba el pueblo con bombas. A los niños, mujeres y ancianos, se les infringía unas muertes espantosas como la de quitarles las cabezas y ponerlas sobre las mesas del comedor, empalarlas, cuando estaban embarazadas o extraerles al niño y reventarlos contra los árboles

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Esta tercera fase, la del genocidio, propiamente dicho de un grupo étnico como tal, en este caso del grupo étnico Ixil, fue en donde se produjeron todas las atrocidades que hemos venido escuchando a lo largo de estos días. El exterminio masivo de la población y la quema de sus enseres, animales, y al asesinato indiscriminado y arbitrario de mujeres ancianos y niños como hemos escuchado repetidamente en los testimonios; la deshumanización y cosificación de la población no combatiente Ixil la violencia letal colectiva y sistemática en contra de mujeres , ancianos y niños supone una clara intención de destruir total o parcialmente a un grupo étnico. .

La cuarta y última fase de la desidentificación, deshumanización o desvalorización del otro como animal, conlleva una fuerte carga de racismo y de estigmatización del otro como ser inferior, prescindible y encima mujer. Este debilitamiento sistemático de su identidad étnico-cultural, el resquebrajamiento psíquico, el deterioro mental y la humillación y vejaciones de los sobrevivientes, es una de los efectos de cómo operó el racismo y el genocidio como dos caras de una misma moneda.

hacían lo que querían con nosotros, parecíamos unos animales, unos perros, ya no teníamos respeto, no les importábamos en nada, es como mataran a un animal sin importancia, si querían lo enterraban o lo tiraban al monte, eso es lo que hicieron a las personas……. “

“Otro comentario de las víctimas “ eso no se hace ni siquiera con los perros…… No éramos gente pues!!!!”

La suspensión del juicio por genocidio contra Ríos Montt: Sobre la presunción de intencionalidad o propósito de destruir a un grupo étnico como tal.


El gobierno Guatemalteco ante el temor de que Ríos Montt y otros militares del Alto Mando, incluyendo el presidente de la república, fueran sentenciados por genocidio, suspendió el juico, a un día de que el Tribunal de Alto Riesgo emitieran una sentencia condenatoria contra los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de facto del General Efraín Rios Montt.

Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo y a pesar de la suspensión y posiblemente anulación del juicio, lo que no se puede negar, a raíz de los hechos y de los testimonios que hemos escuchado en el juicio, durante estos días, es que se cometió genocidio en contra de la población Ixil.

La intencionalidad ha sido uno de los escollos más graves a la hora de juzgar un genocidio porque no es suficiente tener motivos para ello, los motivos son poco relevantes en un juicio de esta naturaleza. Lo que es necesario probar, en el derecho internacional, es la intencionalidad de destruir a un grupo. Para medir la intencionalidad es necesario tener conocimiento pleno del hecho y plena conciencia de haber producido esos daños y lo que es más difícil aún constatar que hubo dolo específico por parte del perpetrador de cometer dicho acto, dejando al margen al Estado.

Sin embargo, para el código penal guatemalteco, observando las dificultades y ambigüedades de éste tecnicismo, han preferido utilizar la palabra “propósito”, en lugar de “intención”. La diferencia radica en que la intención supone una determinación de la voluntad de ejecutar un acto con un fin determinado, y, sin embargo, el propósito, supone un ánimo de hacer o no una acción e indica una forma de proceder, lo cual le confiere al término una mayor amplitud y flexibilidad que la intencionalidad, que exige una voluntad firme de ejecutar una acción.

No obstante, en el caso de Guatemala, no se puede negar la intencionalidad de eliminar a un grupo por el simple hecho de suponer que eran subversivos o por el papel que jugaron en el conflicto armado, por el simple hecho de ocupar un espacio geográfico en donde les tocó vivir y en este caso morir.

La intención o el propósito de destruir a un grupo puede ser inferida por cierto número de presunciones debidamente relacionadas e interconectadas con el delito de genocidio y que han sido estudiadas en otros casos de genocidio para determinar si fue un genocidio, un crimen de guerra u otras formas de violencia colectiva y sistemática.

¿Cuáles son estos elementos, a juicio de dos expertos en el tema, Ernesto Verdeja y Helen Fein[2] que sirven para distinguir el genocidio de otras formas de violencia? .Estas presunciones son:

1) La presunción de provocar asesinatos masivos o masacres genocidas en niños, ancianos y mujeres.

2) Destrucción de viviendas, símbolos culturales y religiosas

3) Cementerios clandestinos y o fosas comunes

4) Despersonalización y deshumanización de las víctimas

5) Declaración de enemigo público o grupo perseguido

6) Intentar borrar los signos de identidad

7) Destrucción total o parcial del grupo étnico

8) Planificación minuciosa y sistemática de planes de exterminio

En algunos genocidios se cumplen, por lo general, algunas presunciones y otras no, solo en el caso del Holocausto judío están presentes todas ellas. Vamos a analizar en el caso de Guatemala cuáles se cumplen y cuáles no.

1) La presunción de provocar asesinatos masivos o masacres en contra de niños, ancianos y mujeres.

En el caso del juicio que se está llevando a cabo en contra del General Efraín Ríos Montt, de Mauricio Rodríguez Salazar y de otros militares del alto mando que por su enfermedad no se encuentran en el juicio, resulta evidente, por los testimonios escuchados en la sala, que el intento de terminar con las mujeres, niños y ancianos fue evidente. A las mujeres se les asesinaba, quemaba o empalaba, se les sacaba a los fetos de su tripa y se los tiraba en contra de los árboles, a las ancianas solía cortársele la cabeza y ponerla en estacas o sobre las mesas de la comida, relata un testigo. Además de las permanentes violaciones a mujeres hasta dejarlas inconscientes. Por el relato de las víctimas, no hubo ningún pueblo en donde no se cumplieran unas pautas de conducta preestablecidas, llegada al pueblo, reunión de todos los miembros, selección de la población por franjas de edad, asesinato a bala o machete a los jóvenes, reclusión de las mujeres en iglesia o centros públicos, violaciones públicas enfrente de sus familiares y acto seguido quema de todas las pertenencias de la comunidad, animales y enseres y finalmente bombardeo desde los helicópteros. Este protocolo de la violencia, lo que Fein llama patrones de conducta sistemáticos de las masacres genocidas, se cumple en casi todos los casos y no permite pensar que fueron casos aislados.

A juicio del perito Marco Tulio Álvarez, el objetivo del ejército con los niños era eliminar “la semilla de futuros guerrilleros”, de modo que la guerra afectó a los niños en su identidad, núcleo familiar y costumbres y los desplazó a otros lugares ajenos a su medio, cuando no lo secuestró y los vendió a otras familias en el extranjero, como relata el testimonio de Jacinto.

2) Destrucción de viviendas, símbolos culturales y religiosas

Este segundo punto es otro de los aspectos que se repiten en casi todos los planes del ejército y en las operaciones de los grupos especiales de tarea, especialmente los relacionados con el plan Sofía. Los testimonios de las víctimas del grupo Ixil del juicio son reiterativos. Jacinta Rivera Brito relata cómo entraron en los pueblos de Sumal II Nebaj, el 22 de febrero de 1983, y como los soldados después de matar a varios miembros,” le cortaban la milpa, quemaban el maíz y robaban animales domésticos”. Cedillo Raymundo cuenta como después de matar a más de 17 personas procedieron a “quemar mi casa, las mazorcas y otras cosas”. Este afán de masacres colectivas y destrucción de las casas, aniquilamiento de animales y todos los enseres y bombardear las comunidades, obedece a la máxima del ejército de “quitarle el agua al pez” o “al árbol las raíces” o la frase de Ríos Montt de que hay que “quitar el mar humano donde nadan los peces de la guerrilla”. Este hecho de quemar la milpa ocurre en otras comunidades Q´eqchíes, lo cual prueba los patrones de conducta del ejército.

Según el perito, Ramón Cadena, el ejército de Guatemala creó una doctrina militar para atacar a la población civil considerada como el enemigo y esta doctrina violó todas las normas del derecho internacional.

3) La existencia de fosas comunes y cementerios clandestinos:

Ésta ha sido una de las practicas más comunes y que mejor documentadas se encuentran por los trabajos realizados por la Oficina de Antropología Forense en donde el equipo de Fredy Peccerelli ha detectado más de 1.776 osamentas en los 314 trabajos de exhumación en el área Ixil y 1.893 esqueletos en otras fosas en Quiché, a su juicio, todos los cadáveres se encontraban en estado de indefensión, es decir, era población no combatiente. El número de mujeres, niños y ancianos con claras huellas de tortura y violencia es superior al 50% y en una de las últimas fosas encontradas en el interior del destacamento militar de Cobán, han hallado más de 500 cadáveres en su mayoría niños mujeres y ancianos. Normalmente obligaban a la población sobreviviente a cavar fosas y a enterrarlos allí, pero otras veces, según un testigo protegido del ejército, Hugo Reyes, eran los oficiales ingenieros a los que les correspondía exhumar los cadáveres para después quemarlos.

4) Despersonalización y deshumanización de las víctimas

La sistemática despersonalización y deshumanización de las víctimas, a juicio de los expertos en genocidio, Fein, Verdeja, Gaeta, es uno de los elementos más significativos y relevantes para distinguir entre casos de violencia aislada, actos de genocidio y/ o genocidio. Una vez exterminada parte de la población y quemados los pueblos, aldeas y caseríos y sus enseres, se pasaba a concentrarlos en los campos de refugiados, destacamentos o fincas aledañas, en donde se les sometía a todo tipo de torturas, para “ladinizarlos”, “ normalizarlos” o “borrarles lo Ixil”.

En estos espacios de aislamiento y concentración, las mujeres volvían a sufrir, torturas, vejaciones e insultos como” indias de mierda”, “coches”, “vacas” y eran violadas sistemáticamente por la tropa y los sargentos generando un sentimiento de impotencia y vulnerabilidad. El testimonio de Francisca relata como “ A mi hija le abrieron el pecho y le sacaron el corazón, ¿ qué culpa tenía mi niña?

Otra de las testigos por violación relata como los soldados,“Nos tuvieron por 15 días en un calabozo, en el charco de sangre de toda la gente que habían matado… a mi hija la cacharon, 4 soldados… la violaron y ella lloraba”

La segunda testigo narró sobre la violación sexual que vivió a sus 12 años a manos de soldados Guatemaltecos.

“Tenía 12 años me llevaron al destacamento con otras mujeres allí me amarraron los pies y las manos… me pusieron un trapo en la boca…y me empezaron a violar…yo ya ni sabía cuántos pasaron…perdí la conciencia…y ya la sangre solo corría…..luego ya no podía ni levantarme ni orinar…”[1]

Esa deshumanización y desvalorización del otro, al tratarlo como animal, conlleva una fuerte carga de racismo y de estigmatización del otro como ser inferior, prescindible y encima mujer. En algunas ocasiones, después de las violaciones y de esa deshumanización y desvalorización, las devolvían a sus comunidades para que contaran la historia, con el fin de amedrentar al resto de la población.

5) Declaración de enemigo público o grupo perseguido

Uno de los elementos claves en la construcción de la Otredad negativa, fue la construcción de una serie de tópicos y estereotipos del otro “El indio”, reales o imaginarios, pero siempre de carácter absoluto, que constituyen uno de los elementos claves para la estigmatización del conjunto de la población Ixil. El prejuicio racial y social contra el indio se inicia con la colonia, con el empleo de tópicos como haragán, maleante, borracho, ladrón, para pasar a añadirse otro epítetos en el siglo XIX, fruto de las ideas raciales como raza inferior, degenerado, irredimible, atávico incapaz de cambiar, hasta llegar al culmen de la estigmatización del indio al que, a todos estos tópicos se les añade el de, comunista, subversivo , guerrillero, o sujeto de subversión. El temor o el imaginario del fantasma del indio sublevado aparece de manera permanente a lo largo de la historia, en el siglo XIX, en el conflicto de Patzicía, en los conflictos de Totonicapán, Quetzaltenango y, durante el conflicto armado, se llega a su máxima expresión.

La idea del “indio” como amenaza pública, se convierte, para el ejército en la justificación del exterminio, en donde la estigmatización racial y constituye un elemento crucial. A nuestro juicio, como lo planteamos en nuestro peritaje, el racismo contribuyó notablemente a este proceso de estigmatización de todo un pueblo convirtiendo a todos los indios en guerrilleros o subversivos y potenciando su aniquilamiento. En el Plan Sofía se observa como el enemigo público, no es la guerrilla, dado que se identifican en la zona solamente 60 guerrilleros, sino las comunidades Ixiles y la población civil.

6) Intentar borrar los signos de identidad

Si algo parece evidente en las campañas de los planes del ejército es la idea de que hay que” borrarles lo Ixil”, “ladinizarlos o normalizarlos”, es decir que dejen de ser indios. En los destacamentos y después en los planes dirigidos a su proceso de aculturación, a través de la conversión al neopentecostalismo, resultan evidentes los esfuerzos por eliminar su identidad, cultura, su religión y sus costumbres, como formas de quitarles su identidad cultural. En éste caso nos atrevemos a afirmar que, al margen de genocidio, lo que se produce es un etnocidio cultural y resulta bastante evidente en el relato de muchos de los testigos.

En muchos casos, como opina Paredes, en los testimonios se muestra los daños a la identidad personal que afectaron a sus prácticas culturales, al obligarles a aboandonar su lengua, sus ritos y su cultura, de modo que la identidad cultural fue trastocada. Este testimonio resulta muy elocuente, “ lo que ellos querían era terminar definitivamente con nosotros, para que ya no existieran los indígenas”[3]

Todo ello nos lleva a sugerir de que junto con el genocidio se provocó a la vez un etnocidio con el intento de desidentificar culturalmente a la población Ixil y como dice en el plan Sofía “borrarlo lo Ixil” o “borrar lo maya”, a través de un proceso violento de aculturación.

7) Destrucción total o parcial del grupo étnico:

Sobre este tema ya he elaborado algunas consideraciones en otros artículos. Sin embargo, quiero enfatizar que en los planes de campaña del ejército, especialmente, en Victoria 82, Firmeza 83, Sofía y en las tesis de ascenso del ejército, queda palpablemente demostrado el propósito del ejército de someter a la población Ixil, a una serie de castigos, torturas y vejaciones, mediante masacres colectivas a población no combatiente, así como la destrucción sistemática de sus cosechas, animales y viviendas y posteriormente aislando a la población.

En los diversos planes del ejército, el fundamento discursivo de los planes es, reducir, exterminar, aniquilar, acabar, destruir, son comunes y reiterativas, en el Plan Victoria 82 se comenta que hay que “reducir la molestia, la amenaza subversiva y eventualmente exterminarla y el objetivo de las operaciones psicológicas para la tropa, es convencerla de la necesidad del “exterminio del enemigo”. En éste mismo Plan, en el anexo H se dice textualmente “la misión es aniquilar y las tácticas a utilizar son engañarlos, encontrarlos, atacarlos y aniquilarlos”. En el Plan Sofía las órdenes de exterminio y aniquilación son aún más claras. Un documento de la CIA de febrero de 1982 comenta que “debido a que la mayoría de los indígenas del área (Ixil), apoyan a la guerrilla, probablemente será necesario destruir varias aldeas”. Los reportes que aparecen en el Plan Sofía están plagados discursivamente de este lenguaje de destrucción y exterminio. El propio plan usa el término de exterminio en su objetivo general de operaciones.

Las tesis del ascenso del Alto Mando, prueban cómo se planifican esas masacres en el “triángulo Ixil” y cuál es el perfil de las aldeas y caseríos que se seleccionan para llevar a cabo “una intervención roja” en contra de la población.

Según uno los peritos forenses, las pruebas resultantes de las exhumaciones prueban la cantidad de cadáveres de mujeres, ancianos y niños que se encontraban en un estado de total indefensión.

8) Planificación minuciosa y sistemática de planes de exterminio

En los objetivos de los Planes de Campaña del ejército, se selecciona entre la población a defender y la población a aniquilar, un determinado tipo de población a recuperar, una población proclive a ser captada o tentada por el adversario, analizada en el diagnóstico de la “situación psicológica general”:

Los planes de campaña “Victoria 82”, “Firmeza 83”, “Firmeza 83-1” y “Sofía” dividieron a la población activando diversos mecanismos de control sobre aquellos grupos que reunían determinadas características “innatas” que los hacían más proclives a la subversión, los “potencialmente” subversivos: FIL (fuerzas irregulares locales).

En el plan de campaña “Firmeza 83” se mencionaba, entre los objetivos generales de la “estrategia militar”: “Integrar a toda la población aislándola física y psicológicamente de las bandas de delincuentes subversivos”, aclarando en los objetivos particulares su “control físico y psicológico”.

Más claro aparece este objetivo en el plan Sofía y en las tesis de ascenso de los militares. El hecho de que en todos los documentos del Plan Sofía se considere a las víctimas no como personas, como indígenas o sujetos, evidentemente en ningún caso como víctimas, es una forma de cosificarlos o de objetivarlos y quitarles su humanidad.[4]

En el Plan Sofía se enumeran a los muertos o asesinados de la misma manera que se habla de las viviendas, los animales, las trampas u otros objetos, como mucho, se les considera como ENO, enemigos internos o como FIL, Fuerzas Irregulares Locales, a toda la población civil desarmada y lo que es peor aún, a los niños se les denomina como “chocolates”, haciendo clara relación a su color cobrizo. En los partes de guerra aparecen frecuentemente “se eliminaron a dos chocolates”, “FIL muertos cinco” o se les denomina como “elementos indocumentados de 17 años” o “se eliminó a un elemento vestido de civil”, “se eliminaron a 25 caballos, 70 ovejas, 35 vacas y 15 FIL”. Sólo cuando se les evacua, se les secuestra o se les hace prisioneros, vuelven a ser sujetos:

“se evacuaron a tres niños huérfanos”, “se evacuaron a niños mujeres, varones y ancianos”, “capturados, niños mujeres y ancianos”. Sólo entonces recuperan su humanidad, vuelven a ser “personas”, “seres humanos con identidades de género o etaria”.

En ningún momento se habla de población indígena o maya, el término está ausente de todo el plan son enemigos, ENO, fuerzas irregulares, FIL o, subversivos, pero el término indígena no aparece a lo largo de todo el plan, sólo para referirse a un área geográfica o a un grupo étnico el área Ixil.

Los dos elementos claves para analizar estos planes del ejército son la existencia de una protocolización de la violencia colectiva y de las violaciones de las mujeres, tanto en el caso de las operaciones de “ tierra arrasada”, como en el caso de la violación de las mujeres como lo explicaremos posteriormente.

Dos factores que, a juicio de Verdeja y Fein, contribuyen al genocidio, los componentes ideológicos que refuerzan el genocidio y los discursos racistas o teorías del exterminio. El discurso oficial o público elaborado a favor de un grupo y en contra del otro, con el fin de justificar una opresión humillación, explotación o un sistema de dominación en Guatemala fue, a mi juicio el caldo de cultivo que permitió el genocidio.

En ambos casos, en Guatemala ya existían unas condiciones preexistentes muy favorables para que este proceso se llevara a cabo. De modo que mi conclusión en el peritaje en contra de Ríos Montt y de Mauricio Rodríguez sobre éste tema fue que, el discurso racista de las elites de poder, militares, políticas y económicas, es el que va a justificar ideológicamente, la eliminación de un grupo frente a otro, al catalogar a las comunidades Ixiles como enemigos públicos y equiparar a todos los “indios “ o a los Ixiles como subversivos.

La consolidación del racismo de Estado que llega a su máxima expresión con el genocidio alcanzó su culminación y manifestó su máxima intensidad con la crisis de dominación militar oligárquica, con la irrupción del movimiento popular y revolucionario y la aplicación, sin límites ni medidas, de la contrainsurgencia. Esto fue debido al sustrato racista de la sociedad guatemalteca, al contexto histórico-estructural del racismo y a la profundización e intensificación del estereotipo y estigmatización de los indígenas al equipararlos a enemigos públicos del Estado y a guerrilleros. Fue entonces cuando el racismo, operó como una ideología de Estado como un mecanismo de eliminación, como una maquinaria de exterminio en contra de un grupo étnico provocando un genocidio.

De modo que, según Helen Fein, las condiciones para dictaminar si se produjo un genocidio u otros tipo de violencia colectiva, están fijadas en función de la presunción de intencionalidad y, en el caso, por el código penal guatemalteco, con ”el propósito de infringir daño físico y mental total o parcial a un grupo étnico”.

Si tomamos en cuenta estos elementos como base y referencia al caso del Holocausto judío, por ser el modelo del que parten todos los demás casos de genocidio en el mundo, podemos comprobar para nuestra vergüenza y para nuestra desgracia, que Guatemala cumple con todas las condiciones propuestas como presunciones de intencionalidad para declarar este juicio como un genocidio en contra de la población Ixil y como un crimen de lesa humanidad.

Sólo si hacemos justicia y se dicta una sentencia justa, podremos contribuir a cerrar las heridas de una guerra atroz y sin cuartel en contra de la población desarmada y en contra de un grupo étnico y, ayudar a que la población sane sus mentes y sus corazones y puedan, por fin, descansar y mirar el futuro con esperanza.

Una sociedad será tanto más madura cuanto más respete la ley y la justicia por convicción y consenso de todos sus ciudadanos.



[1] Ejército de Guatemala, Plan de Campaña Firmeza 83, pp. 9-10

[2] Para Helen Fein son cinco condiciones para que se pueda juzgar una violencia colectiva como genocidio: Que haya ataques continuados y sistemáticos por los perpetradores para destruir físicamente a los miembros de un grupo étnico, racial o religioso, que los perpetradores sean un colectivo organizado, que las víctimas sean seleccionadas por los miembros del grupo y que no sean combatientes, que las víctimas no puedan defenderse y que se les asesine sin ninguna consideración, que la destrucción de un grupo se de en función de los perpetradores. Fein considera que hay dos condiciones que refuerzan el genocidio:

a) Los patrones de conducta y los patrones sistemáticos de las masacres

b) La ausencia de sanciones a los perpetradores o la falta de castigos por parte del Estado

c) La ideología racista que refuerza el genocidio

[3] Carlos A paredes, Te Llevaste mis palabras, Tomo I, p. 71

[4] Sobre este tema de la animalización del otro y de sus efectos en los casos de genocidio véase Peter Uvin, Aiding Violence…; Roger Paul Droit, Genealogía de los Bárbaros, Historia de la inhumanidad, Barcelona: Paidos, 2009.

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