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¿Neoliberalismo o neuroliberalismo? Emergencia de la ética gladiatoria

por Hugo E. BIAGINI y Diego A. FERNANDEZ PEYCHAUX
 

¿Neoliberalism or neuroliberalism? Emergence of gladiatorial ethics
Resumen: El presente artículo se aboca a establecer los vasos comunicantes entre el neoliberalismo y el trastorno psico-político característico de nuestro tiempo que podríamos calificar como el neuroliberalismo. Para fundamentar este salto conceptual se pone de manifiesto el nexo entre los siguientes tres aspectos. Primero, una revolución individualista que naturaliza las posiciones ideológicas del egoísmo virtuoso, instaurando el carácter posesivo de los derechos humanos y la justicia. Segundo, la escenificación política del discurso neuroliberal como un suicidio. Tercero, el disciplinamiento psico-social de los individuos que termina por producir una despolitización necesaria para mantener una mercantilización que inmuniza a la sociedad de cualquier proyecto auténticamente liberador.
Abstract: This paper establishes the communicating vessels between neoliberalism and the characteristic psycho-political disorder of our time: neuroliberalism. In support of this conceptual leap is shown the nexus between these three features. First, an individualist revolution that naturalizes the ideological positions of virtuous selfishness, establishing the possessive character of human rights and justice. Second, the staging of neuroliberal discourse as suicide. Third, mental discipline to individuals, which ends up with depoliticization needed to maintain the mercantilization of a society that immunizes any genuinely emancipatory project.



Para acceder a la versión publicada en Utopía y Praxis Latinoamericana Vol 18, No 62 haga click aquí


Con todo su dinero, ya no podrían añadir un manjar a sus festines, ni un eslabón a la muy larga cadena de sus fornicaciones, ni un lujo más a sus abigarrados palacetes, ni otro matiz al ya barroco tejido de sus concupiscencias. Y, sin embargo, amontonan todavía ese oro que no les puede comprar ya nada. Camaradas, ¿no estamos en presencia de una locura risible?

(Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, p. 294)


Lo neo del liberalismo

La variedad doctrinaria de las tendencias filosóficas que se denominan liberales hace necesario preguntarse si entre ellas existe algún tipo de singularidad aglutinante. Es decir, si existe la posibilidad de identificar una lógica profunda que capte la verdadera naturaleza liberal, a la par que concilie las antinomias de sus proposiciones. Los intentos clasificatorios de ésta índole buscan, pues, elucidar en el liberalismo el rol desempeñado por elementos diferentes, pero convergentes: el carácter de los derechos individuales, la posición favorable o condenatoria del igualitarismo, el perfil constitucionalista, la institución democrática, las posibilidades del mercado como regulador social.

La conjunción de esos elementos da lugar a identificar, de forma muy simplificada, dos concepciones primordiales sobre qué es el liberalismo. «Una de éstas lo considera como una teoría moral y una forma de gobierno paradigmáticas. La otra ve en él una justificación de cierto estado de cosas, especialmente en la exaltación de la propiedad privada, la economía de mercado y el individualismo»[1]. Tales concepciones no difieren de forma sustancial, ya que ambas incorporan la singularidad básica del liberalismo contemporáneo ‏–el individualismo egoísta y posesivo-. De modo que ciertos autores pueden leerse de modo que se ubiquen con un pie en cada una de ellas.

En la influyente obra La Teoría Política del Individualismo Posesivo, C. B. Macpherson diagnostica la indisoluble relación entre derechos políticos y propiedad privada. Para el autor, la característica principal del incipiente liberalismo del siglo XVII radica en que «el hombre, en sus relaciones políticas, es y deber ser tratado como un calculador de sus propios intereses», lo cual agota su naturaleza de zoon politikon. La esencia del liberalismo sería la pugna por alcanzar grados de autonomía en relación con las voluntades ajenas. La dimensión de este combate reviste tintes aritméticos ya que «la libertad es función de lo que se posee»[2]. Esta tesis ha sido largamente debatida y contestada. En especial por la dificultad de adscribir a autores del siglo XVII ideas políticas que sólo se conciben en el marco de la revolución industrial del próximo siglo[3]. No obstante, la categoría individualismo posesivo constituye una herramienta de análisis y estudio del liberalismo a lo largo de su historia. Ello se debe a que los sistemas políticos liberales han ido derribando o ampliando los límites que en circunstancias anteriores se establecían para acceder al poder. Así, sus ideas normativas se fueron volviendo sobre ellos mismos e hicieron insostenible el mantenimiento de criterios arbitrarios de inclusión política y social. En consecuencia, las mujeres, los negros, los indígenas, y otros colectivos se han sumado al hombre blanco racional e industrioso como miembros nominales de pleno derecho.

Empero, el carácter posesivo de los sistemas liberales mantiene su vigencia no sólo en el plano teórico, sino también en la implementación de políticas públicas. En especial, a partir de la irrupción del neoliberalismo y sus políticas en la agenda mundial política mundial. El auge continuado de la revolución conservadora iniciada hacia finales de la década de los 70, confiere a la exaltación de la apropiación privada, la economía de mercado y el individualismo una actualidad y predominancia marcadas. La vida es injusta ‏–admiten los liberales-, pero más injusto sería intentar alterar la naturaleza que establece, con anterioridad a la existencia del Estado, los mecanismos objetivos e imparciales para determinar la propiedad que se le debe reconocer a cada uno.

El liberalismo en su versión neo se constituye en una racionalización deformante «que busca legitimar determinados intereses como si fueran unánimemente compartidos»[4]. En el último cuarto del siglo XX y en lo que va del XXI el neoliberalismo «cuando no reviste un cariz manifiestamente anti-igualitario, se conforma con bregar contra la excesiva desigualdad»[5]. De ese modo, la cristalización de los privilegiados y la defensa de un modelo de civilización predatoria desactiva la lucha por la conquista de los derechos humanos. Los victoriosos de la lucha por la supervivencia se permitirán, cuanto mucho, ver en la pobreza una potencial y no deseable inestabilidad del sistema.

Si el carácter posesivo del liberalismo representa una constante, con sus más y sus menos, cuyos restos aparecen en cualquier estudio arqueológico de la historia occidental, ¿a qué nos referimos con el término neo? Los estudios históricos sobre el surgimiento del neoliberalismo abundan,[6] así que aquí nos remitiremos a realizar algunas puntualizaciones que sirvan de contexto para la descripción de lo que aquí introducimos como neuroliberalismo.

En la lucha por la liberalización de las fuerzas monolíticas del medioevo la tradición liberal termina por separarse, básicamente, en dos. Por un lado, aquellos liberales asentados sobre la necesidad de obtener derechos ven en el Estado un aliado eficaz para sus objetivos. Por el otro lado, los liberales que ponen el énfasis en la libertad de los mercados y los propietarios que en ellos participan, culminarán convergiendo con sus antiguos enemigos conservadores del viejo orden. Para los últimos, el objetivo consiste en resguardar la propiedad de cualquier ataque proveniente, incluso, de la misma democracia. La bisagra entre ambas posturas ‏–señala Michel Foucault- opera en la forma de asumir el costo económico del ejercicio de las libertades.

Si ese liberalismo no es tanto el imperativo de la libertad como la administración y la organización de las condiciones en que se puede ser libre, verán con claridad que, en el corazón mismo de esa práctica liberal, se instaura una relación problemática, siempre diferente, siempre móvil entre la producción de la libertad y aquello que, al producirla, amenaza limitarla y destruirla[7].

Las fuerzas que afectan a la democracia provienen desde su interior, haciendo más complejo identificar y contrarrestar dichas fuerzas enemigas. La dificultad estriba en que esas fuerzas internas «también ellas reivindican el espíritu democrático, y por lo tanto parecen legítimas»[8].

Esta separación interna del liberalismo explica, a su vez, el ataque emprendido contra la intervención política en la economía derivada del keynesianismo. Los fundadores de la sociedad Mont-Pèlerin (1947) ‏–Friedrich A. von Hayek y Ludwig H. von Mises- encontraban no sólo distorsionador, sino también injustificado la constitución de un Estado de bienestar aplicado a lo que estiman como una expoliación continuada de los más ricos de la sociedad. Así, el momento socialdemócrata del liberalismo de la post-guerra fue recibido por crecientes reparos que se agudizarán con la crisis económica de la década de los 70 ‏–en Latinoamérica dicha crisis se sentirá con más fuerza durante la década siguiente.

Según los autores neoliberales, la crisis económica de la década de los 70 tenía una explicación en un fallo del sistema de precios para asignar los recursos. Esta falencia se atribuye a la errada gestión de la demanda agregada que promovía el liberalismo keynesiano. La solución inmediata para subsanar dicha distorsión radicaba en la implementación de medidas de shock tendientes a frenar en el corto plazo el proceso inflacionario. La función del Estado debía limitarse a la gestión de la base monetaria[9].

Para poder sostener el retroceso del Estado en la economía los neoliberales debieron emplear varias transformaciones al liberalismo clásico. Sin pretensión de exhaustividad citamos aquí aquellas más importantes desde la perspectiva de este trabajo.

La primera fue el abandono del pleno empleo como un objetivo, para relegarlo al papel de un subproducto de una economía sana. El aumento del desempleo configura un daño colateral asumible. La teoría del derrame económico pretendía argumentar que las fuertes desigualdades resultantes se ajustarían a mediano y largo plazo. En todo caso, para el neoliberalismo no existe el desempleo involuntario. Este dogma fuertemente arraigado, se sustenta en la idea de que las altas tasas de desempleo se producen por el accionar de sindicatos codiciosos y políticos populistas que, corrompiendo al libre mercado, aumentan artificialmente los salarios. El corolario político de este falso diagnóstico -apunta Joseph Stiglitz- implica que la baja de los salarios redundaría en el descenso de las tasas de desempleo[10].

La segunda inversión de significados perpetrada por el neoliberalismo supuso el abandono de la idea de mercado como un proceso en el que convergen una gran cantidad de oferentes. Al centrar la atención sobre los resultados los neoliberales fagocitaron el surgimiento de las megacorporaciones como organizaciones capaces de alcanzar el bienestar de los consumidores. La capacidad de elección de los individuos se subsume en la decisión de una tecnocracia privatizada que pasa a definir la forma óptima de estructuración del mercado. El enfrentamiento de los abogados corpo-liberales con las leyes antimonopolio demuestra el signo de esta transformación. Las corporaciones desean absorber al mercado y, para ello, necesitan dominar al Estado atacando su vocación reguladora[11].

La tercera modificación introducida por lo neo del liberalismo entrañó el abandono de cualquier criterio ético para la toma de decisiones económicas. El beneficio de los accionistas o el aumento general de la riqueza neta pasaron a convertirse en los únicos criterios aplicables. El sistema de precios reemplaza a la justicia como mecanismo de resolución de conflictos y compensaciones. Los acciones retienen la capacidad de obrar moralmente y decidir, por ejemplo, reducir su beneficio para tomar una postura más ecológica. El resto de los individuos quedan relegados a la función del autómata amoral que sólo puede decidir en función de la eficiencia económica de las opciones disponibles. En los próximos apartados pondremos algunos ejemplos al respecto. Mientras tanto hay que notar que esta negación del obrar moral de las personas, junto con la defensa de las corporaciones económicas, tiende a ocultar las implicaciones políticas del ideario neoliberal.

Ese ocultamiento de las consecuencias políticas del neoliberalismo ocasiona una suerte de paradoja del Gobierno. Cuando los ciudadanos pretenden cuestionar los efectos externos del accionar de las megacorporaciones ‏–contaminación, desigualdad creciente en la distribución de la riqueza, etc.- se les advierte que la solución debe provenir del Gobierno, exonerando al mercado. Al mismo tiempo, el ideario neoliberal disuade a los individuos de recurrir al Gobierno a fin de obtener las respuestas políticas necesarias para esos efectos externos al mercado.

Por consiguiente, nos dejan sin capacidad para criticar a las empresas, sea lo que sea que estas hagan ‏–salvo que conspiren juntos en grupos evidentes- sin importar el daño que puedan producir a cualquier interés o valor en la consecución de beneficios para los accionistas[12].

La paradoja surge, pues, de constatar cómo la prevención para el uso del Gobierno a fin de alcanzar los resultados políticos deseados aplica sólo al individuo aislado. Las megacorporaciones no sólo utilizan al Estado y a sus leyes para beneficiarse, sino también apoyan a dictaduras para implementar “sus” políticas.

En Latinoamérica la plasmación del ideario del neoliberalismo tomó la forma de un documento conocido como el Consenso de Washington. Ese documento escrito en 1989 por John Williamson (economista del Banco Mundial) se titulaba What Washington Means by Policy Reform. Es decir, qué significa para la burocracia internacional atiborrada en Washington la reforma de las políticas públicas. Este decálogo de la tecnocracia sobre las medidas básicas para la reforma de los Estados latinoamericanos se convirtió en la versión contemporánea que toma la otrora razón colonial.

Una vez presentadas estas transformaciones conceptuales y económicas implementadas por el ideario neoliberal, la atención ha de trasladarse al preconsciente de los individuos para constar que allí se ha dispuesto el escenario de la contienda. En otras palabras, sostener públicamente dichas ideas no sería posible sin una pléyade de intelectuales que se ufanaron por construir un pensamiento único en el que los explotados piensen, sientan y se expresen como los explotadores, para que defiendan los intereses que los aniquilan. Una vez que los principios neoliberales se instalan en dicha dimensión de la preconsciencia no sólo de los empresarios, sino también de los políticos y los ciudadanos, el neoliberalismo adquiere la capacidad de adaptarse a distintas demandas, pero sin cuestionar los fundamentos en los que se asienta. Ganado el preconsciente de los sujetos a los que se busca disciplinar, el modelo dominante asume ciertas demandas de la coyuntura política, pero sin alterar el statu quo que garantiza la continuidad de la expoliación.

En los próximos apartados intentaremos dar una explicación de estas supuestas verdades neoliberales que como mitos, zonceras, versos y perversos, tienden a perpetuar la vigencia de un modelo de sociedad pese a sus crisis recurrentes. Para ello, este artículo intenta establecer los vasos comunicantes entre esta mutación del liberalismo y un trastorno psico-político característico de nuestro tiempo: el neuroliberalismo.


Neuroliberalismo

La pregunta que sobreviene apunta a cuestionar ¿en qué términos resulta pertinente hablar de un neuroliberalismo? Para contestar esta pregunta hay que señalar un hecho que reviste una naturaleza doble. La búsqueda de la autonomía personal representa, aunque con matices, una cierta constante durante la modernidad occidental. Empero, en su afán emancipatorio el individuo transforma a su propia autonomía en el mismo escenario donde se perpetra la dominación. Así, donde se esperaba el florecimiento de espacios de libertad crecientes se ha instalado, en cambio, el encadenamiento del individuo regando su edípica relación con el poder. La inicial perplejidad rousseauniana se reitera como un eco desde el mundo despótico ilustrado del XVIII al capitalista del XXI. ¿Si el hombre ha nacido libre de dónde provienen sus cadenas? O, peor aún, ¿qué razón se habría de esgrimir para fundamentar su alborozado encadenamiento?

El contrato social moderno que se presenta a sí mismo como la des-individualización del espacio común culmina ‏–afirma Roberto Esposito- por inmunizar la vida social de toda posibilidad de compartir la existencia dentro de una comunidad[13]. El liberalismo describe un sujeto que descree de las veleidades de la vida comunitaria. Este sujeto se instituye a sí mismo como el único autor de su propio éxito o fracaso y, sin mayor reflexión, acepta las utopías legitimadoras de la sanción de la ley del más fuerte. La competencia generalizada dentro del mercado, además de un ideal, configura una norma coercitiva a la que ajustarse. Así, el individuo debe volver contra si mismo sus propias aspiraciones al internalizar los riesgos de esta aventura.

El liberalismo burgués «nos presenta al hombre abstracto, al hombre del “amor” que define en sus principios pero que no aparece nunca en los hechos»[14]. El individuo racional, industrioso y caritativo, que guiado por la mano invisible del mercado construirá el edén en la tierra, desaparece al escudriñar de forma crítica la realidad. Ésta muestra situaciones en la que interactúan sujetos altamente desiguales en derechos políticos, económicos y sociales. La alienación y la dominación, consecuencia de la libre empresa, reemplazan al edén del mercado puro o perfecto.

Hasta aquí el diagnóstico aceptado sobre el liberalismo. En este artículo quisiéramos arriesgar dando un paso más; es decir, quisiéramos explicitar la aceptación deseante de la dominación. El yo acepta dicha situación debido a que la erótica de la satisfacción oculta las cadenas artificiales impuestas a su libertad. El sujeto que produce el neuroliberalismo no construye un drama de la ruptura de los espacios interiores de libertad en el que se sobrepasa la dimensión introyectiva, como apunta Marcuse en El hombre unidimensional[15]. Al contrario, el sujeto se ve capturado por un goce preconsciente que hace eco a sus reivindicaciones narcisistas. Dicho en el estricto rioplatense de Jacobo Fijman en los hechos reina un «yoísmo al pedo».[16] Un yoísmo de una ciudad hipócrita en la que parece que fuera la hipocresía su estado natural.[17]

Trasvasado el límite finisecular del siglo XX cabría esperar que se pudiesen alcanzar ciertas conclusiones en referencia a las disfuncionalidades del neoliberalismo. En los ámbitos académicos se empezó a plantear la posibilidad de avanzar hacia una era post-neoliberal. Tras la crisis del neoliberalismo en Latinoamérica los síntomas de agotamiento del experimento y los obstáculos objetivos se presentaban como indiscutibles.[18] Luego de las crisis financieras cíclicas entre las que se arrastró aquel siglo, pareciera innecesario tener que advertir los riesgos dislocadores del incontrolado flujo financiero. La resignificación del consumo como un dispositivo de dominación debería ser igualmente innecesaria. Ni una ni otra conclusión son evidentes debido a que el sujeto de las sociedades opulentas sólo reacciona ante la incomodidad inmediata. Fervoroso creyente en la teología del laissez-faire sostiene que, al final, todo saldrá bien. Motivado de esta manera, adquiere la incapacidad de contemplar su propio bienestar a largo plazo y pierde toda sensibilidad en relación a ello[19]. La instalación de la temporalidad a corto plazo como lógica dominante impide apreciar otro tipo de consecuencias que las económicas.

A esta batalla perdida en la temporalidad de las decisiones personales, sociales y políticas hay que agregar el hecho de que el sistema financiero, tras usurpar ciertas funciones políticas del Estado, ha tenido la capacidad de privatizar el keynesianismo. Es decir, ha convertido a los trabajadores en tenedores de deuda. De ese modo, hasta el más humilde de los trabajadores se encuentra interesado tanto en el mantenimiento, como en la aceleración del sistema financiero. La creencia de que su renta presente y futura se halla indisolublemente atada a la suerte del sistema mantiene encerrado al individuo en la persecución de un goce monosémico y homogeneizante.

La incapacidad de proyección a largo plazo junto con la ruptura entre los significantes del progreso y los significados reales con los que el sujeto debe convivir a diario, lo mantienen no tanto adormecido, sino alucinado. De ahí que sea necesario diagnosticar al neoliberalismo no sólo como una ideología neodarwinista, sino también como un trastorno. Para fundamentar este salto conceptual hasta el trastorno del neuroliberalismo recurrimos a develar los nexos existentes entre varios aspectos. Primero, una revolución individualista que naturaliza las posiciones ideológicas del egoísmo virtuoso, instaurando el carácter posesivo de los derechos humanos y la justicia. Segundo, la escenificación política del discurso neuroliberal. Tercero, el disciplinamiento psico-social de los individuos que termina por producir una despolitización necesaria para mantener una mercantilización que inmuniza a la sociedad de cualquier proyecto auténticamente emancipatorio y transformador.


1. Egoísmo “sano” y virtuoso

Al ensalzar el arribismo, el fetichismo y el espíritu posesivo se quiebra la posibilidad misma de una matriz comunitaria de organización social. Para decirlo en términos muy nuestros, la muerte del Ariel de Rodó cimenta la condición de posibilidad del éxito del Narciso capitalista.

Hay una apuesta por el egoísmo virtuoso, que entroniza el yo como pasaporte al bienestar, mientras se estima que la palabra nosotros ‏–equivalente a servidumbre, miseria y falsedad- designa la raíz de todos los males. […] Se aplaude la implantación del liberalismo en nuestro continente y que se haya sobrepasado los años '60 y '70, la época dorada del perfecto idiota latinoamericano[20].

El linaje de este yoísmo ‏–según el decir de Fijman- tiene un largo recorrido. Aunque no sería infructuoso realizar aquí una genealogía del egoísmo, ello supera la posible extensión de este trabajo. Presentaremos, entonces, aquellos divulgadores que por su repercusión han tenido una mayor influencia en sostener la mentalidad opresiva y discriminatoria sobre la que se asienta el neuroliberalismo.

Presentamos al escocés Samuel Smiles como al primer referente al que hacer mención. Sus libros ‏–antepasados certeros de la autoayuda contemporánea- tienen por objeto convencer a la humanidad de que la fuente del progreso reside en el individuo y sólo en él. El autor señala que el aporte de las instituciones políticas al éxito de los individuos, a pesar de ser secundario, es objeto de una sobrevaloración. En su opinión, la funcionalidad de la legislación debiera alcanzar sólo un perfil negativo y restrictivo[21].

La intelligentzia conservadora de finales del siglo XIX celebró a este liberalismo ramplón smilesiano que exalta el temple adquisitivo individual. Por ejemplo, en Argentina se ha asegurado que

De sus libros, figuras como Mitre y Sarmiento aseguraron que equivalían a una “médula de león”, que si las personas letradas durmieran con ellos bajo sus almohadas surgiría “una nueva raza, sabia y valiente” capaz de impulsar la industria y el comercio ‏–a diferencia de lo que se pensaba tanto de “la raza indígena que no economiza, desciende y se oscurece día en día” como de los “patrios sólo aptos para soldados, sirvientes, policiales, etc.”[22].

Un segundo capítulo de esta suerte de evangelio de la fortuna se le puede adscribir a William G. Sumner. Según este emérito profesor de Yale, el individuo exitoso cumple el papel del gran ausente de la historia. Los pobres y débiles ‏–decía hacia finales del siglo XIX- son en realidad los auténticos poderosos ya que con la ayuda del gobierno se convierten en copropietarios de los bienes ajenos. Esta deuda o deber ilegítimo que se impone a los exitosos en la lucha por la supervivencia oculta, afirma Sumner, que

ciertas enfermedades pertenecen a las dificultades de la vida humana. Son naturales. Ellas son parte de la lucha por la existencia con la naturaleza. No podemos culpar a nuestros semejantes por la participación que tenemos en esa lucha. Mi vecino y yo estamos luchando para liberarnos de esos males. El hecho de que mi vecino haya tenido en esa lucha un éxito mayor al mío no constituye ningún agravio[23].

Esta sentencia concluye del único modo que puede hacerlo. Es decir, afirmando que la redención de la pobreza se sigue de duplicar el esfuerzo individual y la energía y no de cargar al exitoso vecino con los achaques de mi inutilidad para granjearme el sustento. De otro modo, la pobreza se terminará por convertir en una auténtica filosofía de Estado. Veremos más adelante cómo esta sentencia contra el pobrismo que implica la justicia distributiva goza de una naturaleza perenne.

En un primer estadio esta ideología liberal-conservadora estigmatiza a la clase obrera. Los vicios personales son los auténticos responsables de la condición miserable en la que se encuentran. La culminación de la idea de igualdad como liberticida supuso naturalizar la desigualdad: «en este movimiento se pasará de una justificación de la distinción de algunos a la de un sistema general de las desigualdades y de una jerarquía social»[24]. Lo inaceptable será, entonces, la socialización de desigualdades naturales.

En 1961 Kurt Vonnegut publica una distopía burlesca de los peores miedos que podría llegar a concebir un liberal conservador al uso como Sumner, Ayn Rand, Robert Nozick, o sus posibles compañeros de la Escuela de Chicago o, de la sociedad Mont-Pèlerin. En un relato de ciencia ficción ‏–Harrison Bergeron- se presenta la lucha por la libertad de individuos obligados legalmente a ser iguales. El más fuerte, el más brillante, el más alto, deben compartir la angustiosa experiencia de lo real al “nivel” del más débil, el más torpe, y el más bajo. Para garantizar la estricta igualdad, todos los individuos llevan handicaps mentales o físicos.

El discurso de rebeldía del protagonista deja poco lugar a dudas. Cargado de todos sus handicaps afirma: «Yo soy un gobernante más grande que cualquier hombre que haya vivido». Liberándose de sus cargas sentencia: «Ahora contemplad cómo me convierto en aquello que puedo llegar a ser»[25]. La sátira esclarece de forma rotunda el objeto de los miedos liberales. Según Vonnegut, mientras los liberales ven a la libertad de los ingenios individuales como la escalera que asciende al progreso, a la belleza y a la superación genética de la humanidad, la búsqueda de la igualdad no supera la imagen de una pendiente resbaladiza que culmina en el peor de los autoritarismos.

Este liberalismo conservador no se reduce a un mero objeto de estudios arqueológicos. Al contrario, el individualismo virtuoso del siglo XIX compone el sustrato que, aunque con diferencias, sigue dando forma al discurso político neoliberal. Si antes la pereza y la malicia moral causaban la pobreza, ahora la pretendida singularidad del individuo opaca el principio de justicia y solidaridad que subyacía en el Estado de bienestar. En el individualismo del siglo XXI las diferencias que más pesan no se originan en las distintas condiciones o categorías sociales. El criterio a partir del cual se manifiesta la discriminación radica en las desigualdades internas de las mismas categorías sociales. De ese modo, la disparidad de los resultados obtenidos por dos miembros de un mismo colectivo exacerba el sentimiento de responsabilidad personal por los logros y los fracasos. De ahí que la sensibilidad se traslade, sostienen Fitoussi y Rosanvallon, desde aquello poseído en una circunstancia particular, a lo que en el futuro se teme perder o espera ganar[26].

Esta ética gladiatoria, actualizada en el liberalismo conservador de los promotores del Consenso de Washington, tiene por objeto contraponer la eficacia del mercado a las anquilosadas regulaciones estatales del keynesianismo. Pongamos un ejemplo. En 2007, un año antes de iniciarse la actual crisis económica en Estados Unidos y Europa, José María Aznar, expresidente del gobierno español y presidente de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) presenta el libro América Latina: una agenda de libertad. En este panegírico de la libertad de mercado se sostiene la tesis de que «los países que mayor progreso han cosechado en su bienestar son aquellos que más han avanzado en su libertad económica»[27]. O, lo que es lo mismo, la liberalización de las potencias individuales ha tenido como resultado un aumento generalizado del bienestar.

El informe obvia recordar que la esencia más clara del capitalismo se manifiesta hacia el interior de situaciones oligopólicas antes que en la anarquía de la libre competencia. O, lo que es lo mismo, que el capitalismo prospera allí donde un pequeño grupo de oferentes compite por porciones de mercado crecientes. En 1987 Ronald Reagan -presidente neoliberal de Estado Unidos- nomina como miembro de la Corte Suprema a Robert Bork. No fue una simple casualidad que este reconocido abogado de Yale tuviera una dilatada experiencia militante en contra de las leyes para la defensa de la competencia.[28]

Estas acusaciones que bien podrían tomarse por una crítica trasnochada de un socialismo setentista, se reiteran y verifican a golpes de actualidad. Volvamos al ejemplo de FAES y analicemos, pues, qué países forman parte de la lista de países liberales, para poder comprobar que la realidad dista mucho de la imagen encantada que presentan en su propaganda. En la lista de los éxitos del neoliberalismo, entre muchos otros países, se destaca la presencia de Irlanda, Islandia y Chile. Lo cual amerita una mención especial.

Los dos primeros ‏–Irlanda e Islandia- en la actualidad se encuentran sometidos a la postración política y económica de sus ciudadanos para pagar los excelentes resultados de la bonanza financiera neoliberal. Mediante rescates multi-billonarios a la banca privada “demasiado grande para quebrar” se ha garantizado la renta financiera, hipotecando los derechos sociales de los ciudadanos.[29] El salvamento que las democracias europeas brindaron a sus sistemas financieros revela el problema de la opacidad de los intereses en juego. La crisis económica, señala Lutz Wingert, puso sobre el tapete que la magnitud de determinados actores económicos les permite saltear el escollo del debate democrático[30].

Al verso del modelo neoliberal en Chile, le podemos contestar tan sólo exponiendo el perverso efecto de esas políticas implementadas por Pinochet y los Chicago boys ‏–reverso económico de la Escuela de las Américas. Finalizada la primera década del gobierno del dictador chileno, para salvar la solvencia de los agentes económicos fuertemente endeudados, el Estado opta por recuperar el control de las principales empresas públicas y del sistema de crédito. El Estado, gobernado por un dictador neoliberal, asume la deuda privada por un equivalente al 35% del PIB de 1989[31]. La desmitificación del modelo chileno ha de acompasarse con ciertas precisiones en relación con la libertad política actual. Los neoliberales suelen minimizar su importancia, pero la realidad impone recordar que recién en 2005 se encaró en Chile una reforma constitucional para eliminar los últimos resabios de la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet. Las manifestaciones estudiantiles masivas de 2011 para solicitar una reforma educativa sobre la base del lema «no al lucro» hablan, a las claras, de un cambio de mentalidad creciente que ‏–según Alberto Mayol- avizora el derrumbe del modelo neoliberal.[32] La brutal protección represiva de la libertad generada por las empresas privadas de educación patentiza, a su vez, los resabios autoritarios de un neoliberalismo armado.[33]

Estas aclaraciones al empleo de Irlanda, Islandia y Chile como países que mayor progreso han cosechado en su bienestar sirven para exponer la dolosa omisión de la doble faz de la libertad económica pregonada por el neoliberalismo. Con esta laguna buscan encubrir el hecho, harto comprobado, de que «el progreso técnico, que como tal es ciertamente la condición previa de la libertad, no significa de ningún modo ya la realización de la mayor libertad»[34]. Se soslayan las preguntas fundamentales que podrían traducir el progreso técnico en progreso humanitario: ¿cómo se distribuye la riqueza social? ¿a quiénes sirven los crecientes conocimientos y aptitudes de los hombres?

Desde su publicación inicial en 2007 la realidad económica y política cambia sustancialmente y los autores de la agenda de libertad realizan en 2012 una actualización. La realidad represiva de los logros técnicos impone no sólo la omisión, sino también la falta de memoria y la pusilanimidad intelectual. En su nueva versión de la Agenda no se menciona jamás a Irlanda e Islandia. O, lo que es lo mismo, no se pretende dar ninguna explicación al respecto. Siguiendo el estilo amnésico, el nuevo informe describe a las otrora economías latinoamericanas sumergidas por la devastación de las cadenas del pobrismo[35] como sociedades fortalecidas por el pleno desarrollo de sus clases medias. Ahora bien, ese desarrollo sólo habla de una «indudable vocación para beneficiarse de los servicios que pueden ofrecer las empresas españolas»[36].

Desde los casos de Smiles, Sumner, hasta el ejemplo contemporáneo de FAES, todos confluyen en el endiosamiento de la iniciativa individual y privada. El acto celebratorio de los logros de la civilización occidental señala, pues, a la individualización del magma comunitario como su principal aporte. Esta disgregación de la comunidad en el exitoso y provechoso pulular de individuos industriosos y racionales acontece sólo a través de la propiedad privada. No se comprende el concepto occidental de persona ‏–afirma el texto de FAES- sino a través de la prolongación del individuo en la propiedad[37]. El espíritu posesivo que se sigue de dicha concepción del hombre provoca el desplazamiento de la justicia como principio fundamental de la convivencia humana. Una vez legitimado el espíritu posesivo, ya no es posible el lenguaje de una justicia que distribuye, sino sólo el de una justicia que retribuye. Es decir, el Estado debe resguardar las pertenencias antes que cualquier otro derecho. «Un derecho a la vida sería ‏–afirma Robert Nozick-, cuanto mucho, un derecho a tener o a luchar por todo lo que se necesita para vivir, siempre que tenerlo no viole los derechos de los demás»[38].

El reconocimiento de esta traslación del sentido de la justicia dista de pretenderse novedoso. Las obras críticas al establishment se suceden a la par de las apologéticas. Por ejemplo, al mismo tiempo que Sumner promovía los principios del laissez-faire de Spencer, Lester Ward le profería su más rotunda crítica en su Dynamic Sociology: Or Applied Social Science (1897). En 1899 aparecería la obra Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen. La desigual distribución de los ingresos -sostiene el autor- genera una lucha entre los hombres para poder hacer frente a las necesidades cotidianas básicas. El comportamiento egoísta, signo de esa lucha, enmascara la falta de escrúpulos para desposeer a la clase subalimentada haciendo uso de la habilidad para la actividad pecuniaria de la clase ociosa.[39]

Mostrar el carácter propietario de los derechos y el desplazamiento que éste opera en la noción de justicia no conlleva condenar el comportamiento moral de aquellos que buscan satisfacer sus propios intereses. No obstante, ello no impide señalar la evidente transmutación que el neoliberalismo opera en el significado semántico del interés entendido como la legítima conveniencia. Una vez producida la mudanza promovida por el egoísmo posesivo el interés sólo ha de comprenderse como propiedad privada. Esta transformación tiene por efecto político, apunta Ayn Rand, que «sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible»[40]. ¿Esto qué significa? Que la propiedad del individuo ‏–para predicadores del capitalismo como Rand, Nozick, Friedman, etc.- al ser el único medio para garantizar la vida, adquiere una intangibilidad superior a la propia vida. Es decir, que sin un derecho exclusivo de propiedad sobre la manzana que puede salvar de la muerte por inanición a un individuo, éste no puedo garantizar su vida.

La clave de esta conexión vida-propiedad reside en que el derecho a la propiedad no supone más que una acción. Ese derecho «no es una garantía de que un hombre obtendrá una propiedad, sino únicamente una garantía de que será suya si la gana»[41]. ¿Qué ocurre si no la gana? Simplemente no tiene la capacidad moralmente legítima de preservar su vida. La consecuencia obvia que se colige conlleva aceptar a la ley del primer ocupante o la ley del más fuerte. Sólo en escenario en el que se amalgama una lógica propiedad-derecho acción-lucha puede llegarse a comprender al egoísmo virtuoso. Al egoísta se lo adjetiva como virtuoso porque supera a los demás en la conflagración ‏–gana y dispone de los medios para preservarse.

De este modo, se oculta referirse a la pobreza como exclusión o carencia de futuro, confiriéndole sólo la connotación de un mero fracaso personal. Al pobre no se lo reconoce como el expulsado de la sociedad de la opulencia y la irracionalidad consumista, sino como al fracasado que no ha dado de sí lo suficiente para triunfar.[42] Por ejemplo, el enjuiciamiento de una mujer indigente a raíz de la muerte de su hija por desnutrición manifiesta la criminalización de la pobreza que se sigue del modelo posesivo neoliberal.[43]

El sujeto neuroliberal lejos de advertir los peligros de organizar la sociedad en torno a las «fortunas agigantadas en pocos individuos», aplaude la posibilidad misma de la acumulación. «[...] Las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad [...]» ‏–sostenía Mariano Moreno en 1810- se ofuscan en el trastornado sueño de una sociedad política idéntica a una compañía de responsabilidad limitada formada por hombres de negocios[44].

Llegados a esta instancia de la argumentación aparece diáfano el embozado sentido que persigue la prédica de la ética gladiatoria. Si la buena fortuna recompensa al mérito personal nada se debe a los demás. Es decir, se fetichiza al rico y famoso como expresión del éxito en la lucha por la emancipación. La pretensión distributiva de los ingresos afrenta al disfrute de la satisfacción individual. El esfuerzo individual constituye el único medio para llegar a ser, algún día, el tiburón de un estanque repleto de pequeños peces. Este sueño narcisista, inducido por la propaganda, hace que el individuo legitime el apetito voraz de los más aptos mientras en realidad sigue habitando la base de la cadena trófica de la globalización. Esta lógica activa, por ejemplo, el mecanismo en el que los estratos menos satisfechos o acaudalados defienden la libertad de los más acomodados. De otro modo, quedaría abierta la puerta para intentar distribuir también sus ingresos bajos[45]. En definitiva, el pueblo se disciplina por ese sueño triunfalista que lo lleva a reconocerse «a sí mismo en sus mercancías, encuentra su alma en su auto, en su tocadiscos, en su equipo de cocina [...]»[46].

El narcisismo abanderado por el discurso neoliberal conjura determinados requerimientos pulsionales preconscientes para inducir un embelesamiento que opaque las contradicciones inherentes a la transformación de la justicia descrita. El neoliberalismo construye una serie de mitos legitimadores de prácticas políticas y económicas perversas. A la carencia total de empatía se le suma un carácter interpersonalmente explotador. De ese modo la pérdida de libertad individual lejos de espantar evoca un mecanismo sadomasoquista en el que se legitima aquello que se desea ser.


2. Escenificación política del suicidio

En un sistema troglodita que todo lo ingiere, no sólo la comunidad se hace imposible, sino que la mera existencia del individuo se encuentra amenazada. El egoísmo virtuoso conlleva la implantación de un neodarwinismo en el que «la justificación de las propias virtudes se basa sobre mentadas debilidades ajenas, creciendo y afirmándose uno mismo mediante la disminución de los demás. Con ello, la barbarie sólo alcanza a ser develada como fenómeno puramente externo y nunca como una resultante del propio comportamiento»[47]. La ideología neoliberal hipostáticamente fundamenta el statu quo de una sociedad carnívora. Para ello los neoliberales rompen la correspondencia entre los significantes y los significados. Esta ruptura intenta esconder tras el artificio de la imagen, la publicidad y la censura el verdadero aspecto de las elecciones cotidianas a las que estamos sometidos o invitados a participar. Al igual que el niño que cree que nadie lo ve porque se ha tapado los ojos, la ilusión de la propaganda neoliberal se aboca a ocultar la realidad.

La ausencia de logros proporcionados a la idealización teórica de sus premisas prefigura ese trastorno narcisista del neuroliberalismo. Así, muy a pesar de la capacidad de la sociedad tecnológica para combinar lo racional y lo irracional, la emancipación y la servidumbre, las perogrulladas siempre encuentran el modo de perpetuar su verdad. La cronología de los atropellos a la democracia y los derechos individuales ocultos tras el dogma del egoísmo virtuoso, se prolonga de forma conspicua. Citaremos, una vez más, sólo algunos ejemplos destacados.

Allí donde se denotan las olas de democratización creciente se obvia realizar mención alguna a la vinculación de la dinámica capitalista con la acumulación de poderes de facto de las compañías transnacionales y sus condottieri. En definitiva «la democracia liberal es un lujo político que no todos los países están en condiciones de asumir»[48]. Además del mencionado caso de Pinochet, podríamos agregar una larga lista de ejemplos de connivencia entre poderes políticos y poderes económicos. Por ejemplo, el delineamiento del modelo económico neoliberal del gobierno de Carlos S. Menem fue dictada por miembros del directorio del grupo corporativo multinacional Bunge & Born[49]. En el actual Concejo de Ministros conformado por Mariano Rajoy en España el Ministro de Economía y Competitividad lo ocupa Luis de Guindos, expresidente ejecutivo de Lehman Brothers.

Estos hechos comunes en los albores de la siempre joven revolución conservadora no son meras casualidades biográficas de los implicados. Hay que comprender ‏–afirmaba André Gorz al final de la década de los noventa- que el éxodo del capital del control de las sociedades-Estado sólo se produce allí donde los gobiernos adquieren el hábito de la genuflexión. El poder irresistible de los mercados no sería más que una coartada para emprender la guerra que el capitalismo declara a la clase obrera al ritmo del bombo de la «desregulación»[50]. El dinamismo de estas prácticas políticas ‏–agrega Eric Toussant en 2012- se origina en «la debilidad de la lucha de los trabajadores por una redistribución a su favor del ingreso»[51]. Hace más de 200 años Adam Smith ‏–limpio de culpa y cargo de cualquier acusación protomacarthista- reseñaba el mismo escenario: «comerciantes y fabricantes se quejan generalmente de los malos efectos de los salarios altos [...] Pero nada dicen sobre las malas consecuencias de los beneficios altos»[52]. Es decir, las grandes fortunas presionan a los gobiernos para que rebajen los salarios de los trabajadores y puedan, así, mantener la competitividad sin renunciar a sus altos beneficios.

Este repetido engaño que señala al salario obrero como el origen de las disfunciones de las economías ha llevado a que en la actualidad se privilegien las políticas macroeconómicas monetarias, por sobre las fiscales. Esto supone gravar, a través del precio del dinero, a aquellos que menos tienen y premiar a las altas rentas con sistemas impositivos regresivos, o nulos en el caso de la renta financiera. Milton Friedman, conocido monetarista, afirma en Capitalism and Freedom que la función económica del gobierno debe limitarse a la manipulación monetaria. La política fiscal ‏–tildada de intervencionista- debe ser descartada por reducir la eficacia marginal del capitalismo. En otras palabras, afecta el cortejo que debe primar en las relaciones Estado-capital[53].

Es una implicación lógica la que existe entre el éxodo del capital y la desregulación. Hay que recordar que las grandes fortunas de los CEO de las empresas multinacionales no se construye en base al talento, ni se ven afectadas por sus estrepitosos fracasos.[54] Así, haciendo alarde de una proyección morbosa de los defectos propios en el comportamiento ajeno, se condena con el mayor énfasis la indisciplina fiscal originada en un estado de bienestar pobrista, mientras se excluye de la crítica a los gastos en subsidios a la educación y sanidad privada, las garantías a los depósitos bancarios, la fabricación de armas y las rentas artificialmente altas de sectores de la economía que sistemáticamente externalizan sus gastos en el Estado.

La escenificación de la connivencia en el ámbito suramericano utiliza ropajes de estilo colonial. En 1942, José María Rosa señaló en Defensa y pérdida de nuestra independencia económica cómo el mecanismo de la deuda soberana había tenido y tendría por resultado no sólo la pérdida de la independencia, sino también la pauperización de un pueblo a costa del enriquecimiento de otro. Los intereses de la deuda no son sólo el precio del dinero prestado, sino el tributo forzoso que se ha de pagar por subirse al barco del progreso. «Tentativa ‏–afirma Rosa- de imponer el coloniaje económico disfrazado de mejor conveniencia institucional»[55].

En un socarrón gesto de altanería intelectual los lumpenburgueses ‏–según el término empleado por André Gunder Frank-[56], señalan esta continuidad lógico-explicativa entre deuda y dependencia, entre riqueza y pobreza, como el dogma prístino del idiota latinoamericano. En lo que Plinio Apuleyo Mendoza, Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner han dado en llamar el Manual del perfecto idiota latinoamericano se eruta la burla a esa superstición de un continente asediado por la idiotez[57]. Apostados en su promontorio eurocéntrico recurren al marqués sin marquesado, Marío Vargas Llosa, para presentar la argumentación más banal contra el populismo como supuestas manifestaciones autoritarias.

Para justificar sus desequilibrados propósitos expansionistas, los intereses corporativos transnacionales, al referirse al tercer mundo, han apelado a mecanismos proyectivos del tipo la paja en el ojo ajeno mediante argumentos como los de continente y pueblo enfermos. Actualmente, para echar por tierra las realizaciones satisfactorias latinoamericanas, se acomete un abordaje mediático reduccionista sobre mentados caracteres inherentes a la personalidad de gobernantes presuntamente populistas, quienes aparecen como poseídos por la arbitrariedad (caprichosos, vanidosos, iracundos, intratables –desde Hugo Chavez y Evo Morales hasta Nestor Kirchner y Cristina Fernández). La semblanza de los excesos se apareja con el lastre visceral tradicionalmente atribuido a una actitud mental propia de los dirigentes criollos: la imprevisión, madre de todos los vicios, renuente al progreso y a la modernización. Sendas condenas son irremisibles de antemano por más emprendimientos innovadores que puedan contraponérsele a ese mismo diktat, según lo han venido testimoniando dichos gobernantes mediante sus intentos de recuperación del patrimonio y las riquezas nacionales[58]. Políticas y resistencias, todas ellas, que están haciendo que, a diferencia de lo que ocurre en las políticas primermundistas, pueda accederse a una paradigmática etapa posneoliberal.

Habituales practicantes del sincericidio los defensores de la libertad de mercado “olvidan”, a su vez, el carácter complementario entre el credo neoliberal y la represión militar en Latinoamérica, lo cual desenmascara la finalidad de estos ataques a los proyectos emancipatorios. Las dictaduras cívico-militares han utilizado la defensa de la libertad para legitimar usurpaciones armadas al poder democrático del pueblo. Para aquellos, la democracia significa, en todo caso, un sistema liberal democrático, o sea, un régimen en el que democrático posee un carácter accesorio. De tal modo, se yerguen restricciones que limitan las opciones de la ciudadanía y refrenan el avance de un democracia participativa.

Por ejemplo, Jorge Julio Palma, contralmirante partícipe del golpe militar al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón en 1955, afirmaba que «cuando una minoría egregia ha podido convencer y educar a las mayorías en la aplicación del sistema social de la libertad […] se han obtenido los más altos grados de felicidad y bienestar para la mayoría»[59]. En esa conferencia, irónicamente titulada La libertad y el mar, plantea la alternativa entre garantizar la libertad de las capacidades individuales o esclavizarlas. Valga la aclaración que para este marino los medios técnicos para la defensa de la «soberanía individual» de la democracia incluyen el derrocamiento armado a los gobiernos constitucionales. Redobla la ironía el hecho de que esta conferencia haya sido pronunciada el 30 de septiembre de 1966 tan sólo unos meses después del golpe militar del 28 de junio en el que se puso ‏–de facto- punto final al gobierno constitucional de Arturo Umberto Illia.

La actitud tutelar de las minorías liberales preclaras se mantuvo durante todo el siglo XX. El objetivo consistía en estructura la moral y las relaciones sociales para que resulte impracticable una emancipación más allá del régimen liberal democrático. «Al aceptar una política económica sustentada en el credo del liberalismo, las Fuerzas Armadas reconocieron en el mercado […] un instrumento eficaz de disciplinamiento de las relaciones sociales»[60]. De este modo, creían que en el futuro ya no sería necesario apelar a la violencia de esa minoría egregia para ordenar el comportamiento de la clase obrera.

La historia reciente (2007-2012) de varios países europeos viene a confirmar que para el neoliberalismo las transacciones financieras son el límite de la legitimidad de los resultados electorales y del pluralismo. Por tanto, sin necesidad de abrir las venas de América Latina –‏‏parafraseando el libro de Eduardo Galeano-, en el Primer Mundo encontramos de la continuidad de esa lógica perversa en la que los cuerpos son el campo de operaciones del neoliberalismo conservador, socialmente clasista, políticamente autoritario y económicamente privatizador. Tras darse a conocer una nueva serie de “ajustes” en el Estado español, el periodista y escritor Juan José Millás describía la situación con un tono ajustadamente irreverente.

La economía financiera ‏no se conforma con la plusvalía del capitalismo clásico, necesita también de nuestra sangre y en ello está, por eso juega con nuestra sanidad pública y con nuestra enseñanza y con nuestra justicia al modo en que un terrorista enfermo, valga la redundancia, juega metiendo el cañón de su pistola por el culo de su secuestrado[61].

El discurso descalificador difundido por intelectuales cortesanos neoliberales hacia todo aquello opuesto a sus cánones, tiene como meta eliminar la necesidad de brindar razones sobre la justicia de las opciones políticas que propugnan. Refugiados en esta filosofía suprahistórica y suprahumana realizan un simulacro. Presentan, con una mano, al hombre del amor y las oportunidades, mientras con la otra terminan por fundamentar la dominación en condiciones objetivas ‏–naturales-. Se aprueba la tesis ‏–dirán ante las políticas implementadas en la década de 1990- que «ha sonado una nueva hora liberal, nacida no de la dialéctica de las ideas sino de los imperativos de la necesidad»[62]. Este pretendido unicato de la razón neoliberal lleva, a las claras, tres siglos de desfase al permanecer anclado en una lógica newtoniana. En su afán por establecer la necesidad mecánica de las políticas neoliberales olvidan ‏–como señalara René Passet- que «la historia no guarda relación con el tren cuya salida, cuyo destino y cuyas estaciones de paso están rigurosamente predeterminadas». El principio de incertidumbre de Werner Heisenberg demuestra que en todo momento varios proyectos siguen siendo posibles. «Si el pensamiento cristaliza en su valor eterno ¿cómo va a ser capaz de aprehender un mundo que, a su vez, se halla en evolución continua»[63].

De todas estas perogrulladas que venimos repitiendo con la intención de mostrar el dogma oculto del egoísmo virtuoso, la de la primacía natural del mercado se reitera en su necedad. Franz Hinkelammert, echando mano del Leviathan de Hobbes, contesta a este liberalismo de los trastornos míticos del mercado. «Lo que la estrategia de globalización con su totalización de los mercados hace, es reducir la libertad humana a la libertad de cada uno de hacerse el lobo del otro»[64]. El liberalismo de mercado, lenguaje arrogante y soberbio, se escenifica en una suerte de suicidio del hombre convertido en objeto de la historia. La racionalidad indirecta que debería llevarnos a ese “yo vivo, si tú vives también”, se disloca. El liberalismo mercadofílico estipula: yo vivo, si logro condenarte a ser excluido o a morir.

La combinación de la individualización del mundo y la búsqueda del progreso justifican la explotación como el camino necesario hacia el mito del mercado perfecto. De este modo, se traslada dentro de la sociedad política el conflicto entre individualidades que los modernos creían haber superado con sus contractualismos. En lugar de hacer posible la deidad del hombre para el hombre, se garantiza la ferocidad. Y, en su máxima irracionalidad, se la presenta como una libertad. Es más que simbólico que Milton Friedman ‏–celebérrimo asesor del dictador Pinochet- elija a Hong Kong como modelo de ese paraíso terrenal del liberalismo. Es más que esclarecedor que sostenga que la pobreza de los trabajadores del puerto de Hong Kong antecede al logro de su emancipación[65].

Así el sueño del niño vagabundo que puede ser un gerente mañana requiere que este chico asuma hoy como una verdad la aserción ilógica, injusta e irracional de que «la desigualdad representa el principio y el fin de las cosas y que en lugar de ser un obstáculo para el desarrollo constituye el germen de la prosperidad»[66]. La moral capitalista al ser, en definitiva, un problema objetivo se ahorra el problema de explicar desde el yo el fracaso y la suerte ajena. Ya no hay suerte, sino fallo epistemológico en el discernimiento de las mejores estrategias en la lucha por la preservación.

Este mito del progreso que Friedman escenifica en la por entonces colonia británica, oculta desde arriba que el empresario ‏–por ejemplo, Amancio Ortega (tercera fortuna mundial y dueño del grupo multinacional de fabricación y distribución textil Inditex)- oprime a sus empleados ‏–Naima Naim (costurera de una fábrica de Inditex en Marruecos).[67] «La vida no es justa. Es tentador pensar que el gobierno puede rectificar lo que la naturaleza ha producido. Pero es también importante reconocer cuánto nos beneficiamos precisamente por esa injusticia que deploramos»[68]. En el discurso de la explotación el empresario «es ahora servidor, da trabajo, empuja el progreso, sirve al interés general»[69].

La escenificación política del suicidio radica, pues, en la construcción de los dispositivos que dificultan al hombre contemporáneo experimentar, aún en su propio cuerpo, este juego terrorista. El neodarwinismo ‏–etiqueta que Biagini aplicó al neoliberalismo de finales del siglo XX- no completa la estampa de la realidad y nos lleva a postular el neuroliberalismo a comienzos del XXI. Esta identificación del liberalismo con un trastorno pretende apuntar, tal como se ha mencionado, al permanente estado alucinógeno en el que ya no se olvida sólo al otro, sino a sí mismo.


3. Disciplinamiento psico-social

En en relato “El que inventó la pólvora” (1988), el mexicano Carlos Fuentes presenta una historia teñida de realismo mágico que describe nítidamente las circunstancias que estamos aquí intentando delinear. El autor narra los avatares de una sociedad en la cual los objetos materiales se desvanecen. Las cucharas de plata se disuelven en el te, las letras de los libros salen volando como mariposas, los autos se desintegran por los aires entre gases rojos. La evanescencia de todos los objetos de consumo ocasiona, de forma inicial, una consternación general. Las fábricas disipan las dudas en el sistema, proclamando que tienen la capacidad de reponer todos los objetos desaparecidos cada veinticuatro horas. El Modelo del Futuro reemplaza a las viejas carcachas. Al día siguiente el Novísimo Modelo del Futuro sustituye al ya caducado modelo del día anterior. El sueño dorado del capitalismo se hace realidad. La necesidad objetiva de un consumo acelerado lleva a las fábricas a trabajar a toda máquina, resolviendo, por fin, el problema del desempleo.

Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre[70].

Estas circunstancias, recibidas con gran alborozo y delirio, se van acelerando a lo largo de la narración. Mientras en un principio la obsolescencia de los objetos se producía cada veinticuatro horas, hacia el final de la historia apenas unas cuantas horas alcanzan para acabar con la vida útil de las mercancías. La precipitación del ciclo de vida de los productos concentra la vida en las fábricas, donde el acto de producir y consumir se convierten en uno solo. Los patrones y los obreros terminan por perder la memoria de una vida allende el puesto de trabajo-consumo y con ella toda capacidad previsora. En ese mundo consumista histérico, descrito por Fuentes, los sujetos viven al día y se emparentan sólo con los segundos, terminando por olvidarse hasta de sí mismos. Sólo el protagonista siente la urgencia de volver a su casa e intentar reiniciar la historia sembrando algunas semillas y encendiendo un fuego.

En la angustia del narrador por recordar algo del pasado emerge el aspecto omnívoro de esa sociedad. La supuesta opulencia de sus fábricas y la capacidad infinita del consumo ocultan las auténticas necesidades vitales. La liberalización, por consiguiente, busca abolir la servidumbre de esos trabajadores-consumidores. Para ello, la vida humana libre ‏–afirma Marcuse- debería definirse en valores cualitativamente distintos, ya sea de forma consciente, subconsciente o inconsciente[71].

Los magnavoces del cuento de Fuentes emulan a los teóricos del neoliberalismo que hemos venido citando. Para aquellos la creencia en la capacidad redentora de la libre empresa justifica de forma suficiente la servidumbre voluntaria como para lograr que se la acepte con alborozo. El neuroliberalismo no oculta nada, al igual que en el cuento, porque se sabe aceptable para una mentalidad en la que ha sido eliminada la sensación de alienación.[72] No en vano Hayek afirma en Camino de servidumbre que:

fue la sumisión de los hombres a las fuerzas impersonales del mercado lo que en el pasado hizo posible el desarrollo de una civilización que de otra forma no se habría alcanzado. Sometiéndonos así, hemos contribuido día tras día a construir algo que es más grande de lo que cualquiera de nosotros puede comprender plenamente[73].

En este llamamiento a renunciar a la apetencia de lo inteligible Hayek no hace más que actualizar, pero invirtiendo su signo denunciatorio, el viejo paradigma moderno de la servidumbre voluntaria elaborado por Etiénne de La Boétie hacia 1555[74]. La figura del goce, del hechizo y de la libertad como candado de la servidumbre siguen estando presentes. Han cambiado los señores feudales y los objetos de goce, pero los individuos, antes como ahora, aceptan voluntariamente un sometimiento intensivo emanado de esa mezcla ridícula, innecesaria e irracional entre el trabajo socialmente constructivo y destructivo. De ahí que este trastorno les haga aparecer a la resistencia como irracional. ¿Cómo resistirme al automóvil nuevo, a los viajes en avión, a la última tecnología?

Esta situación evidencia que no se está sólo ante un eterno retorno del miedo al poderoso. Para el humanismo simplista del escenario neuroliberal, descrito mágicamente por Fuentes, la resistencia no supone un peligro, ya que, como hemos mencionado, la preconciencia de los individuos se encuentra atiborrada de slogans que los transforman en cancerberos de su propia cautividad. Ludovico Silva sostiene que en «el taller de la producción espiritual dentro del capitalismo se produce una plusvalía ideológica, cuya finalidad es la de fortalecer y enriquecer el capital ideológico del capitalismo»[75]. La tesis ubica dicho taller en la preconsciencia ‏–aquellas representaciones que se enlazan tras la conciencia con la realidad. El contacto permanente y diario con slogans producidos por la industria cultural para justificar el capitalismo acumula en la preconsciencia el material que servirá como fangal en el que se atrapa al individuo. Los mensajes doctrinarios explícitos quedan soslayados por la abrumadora mayoría de mensajes ocultos, ante los que no se puede reaccionar[76].

La Fundación Junior Achievement –con presencia en 112 países desde hace casi un siglo- ejemplifica cabalmente la dinámica productiva de material preconsciente. En sus diversos programas educativos la fundación fomenta la imagen de una «sociedad integrada por individuos libres y responsables que comprendan la importancia de ser emprendedores para el logro de las metas que, en su particular búsqueda de la felicidad, se hayan propuesto». Destinados a niños de 5 a 21 años esta institución adoctrina, desde la más temprana edad, en el rol del individuo como consumidor y trabajador. Entre los objetivos particulares de sus módulos formativos se proponen, por ejemplo, que niños de 5 años adquieran la capacidad de «organizar un plan de trabajo para obtener el dinero necesario para comprar lo que desean».[77]

Ejemplos como el precedente explican la reproductividad y flexibilidad del neuroliberalismo como aparato doctrinario disciplinar. Numerosas han sido las crisis e igualmente numerosas las actas de defunción firmadas al neoliberalismo. Incluso Michel Camdessus (Director gerente del Fondo Monetario Internacional entre 1987-2000) llegó a reconocer sus errores durante la gestión de la crisis en la Argentina que desembocaron en el famoso argentinazo del año 2001. Empero, en la preconsciencia de las personas siempre sigue primando la promesa de un goce sin dialéctica que reabsorba toda imposibilidad. La libertad y al bien común –entendido como una sumatoria de intereses individuales- sirven como máscaras encubridoras de la represión. Poco importa cuáles sean las necesidades ficticias impuestas, mientras éstas sean capaces de proteger y preservar al capital material.

El interés que persigue una sociedad guiada por los dictámenes neuroliberales nunca tiene por objeto la felicidad o la libertad general, sino la represión general por medio de una cultura orientada hacia el poder. Esta dirección se verifica en la medida en que las necesidades se significan simétricamente con los intereses de los grupos de poder. La felicidad –la satisfacción o el disfrute universionales o unidimensionales– constituye el nuevo vínculo de poder que ejercen las clases dominantes. El resultado directo se manifiesta en la depreciación de la felicidad y del placer como fines en sí mismos. De esto se sigue, sin mayor dificultad, que el progreso oculte la herida traumática que ocasiona en los hombres y mujeres al reprimir su instinto natural de buscar la felicidad.

En la conferencia de Marcuse, Teoría de los instintos y libertad, se procura utilizar la teoría psicoanalítica de Freud para explicar cómo en las sociedades industriales «la libertad sólo es posible sobre la base de la falta de libertad, es decir, de la represión de los instintos»[78]. La satisfacción permanente de las auténticas necesidades de la humanidad reviste un cariz de tipo anarquista intolerable e incompatible con la lógica del progreso disciplinario permanente. La realidad impone restricciones y, por tanto, requiere que todas las energías puestas al servicio de la búsqueda del placer sean encausadas −sublimadas- hacia las necesidades sociales.

Únicamente el impulso dirigido y controlado eleva la pura satisfacción de las necesidades naturales a placer experimentado y comprometido ‏–a la felicidad. Pero de aquí resulta también que toda felicidad es sólo felicidad socialmente apta, y la libertad del hombre crece en el terreno de la falta de libertad[79].

No obstante, hay que remarcar que Marcuse sugiere una corrección a la teoría de Freud basada en que el principio de realidad represivo no se origina en un proceso biológico-natural, sino en uno histórico-social convertido en naturaleza[80]. Al naturalizarse la creencia de que la libertad se alcanza allí donde ha sido reprimida la búsqueda incesante e inconsciente del goce, la libertad se convierte en el yugo de la libertad. La irracional inversión del sentido de la libertad se traduce en la actitud suicida del neoliberalismo que damos en llamar neuroliberalismo.

Los hijos al reponer voluntariamente las mismas renuncias y abstinencias que les imponía el padre primitivo interiorizan el poder paterno y se convierten en señores de su propia casa. Cancerbero de la propia cautividad, el hombre del neuroliberalismo emerge como un «lunático que únicamente obedece los slogans impersonales y trabaja con ahínco en su propia destrucción»[81]. Entonces, ante el ejemplo de Amancio Ortega de que el mito del progreso oculta desde arriba la explotación, se puede diagnosticar, a su vez, un ocultamiento desde abajo. El ofuscamiento de la irracionalidad opresiva encuentra su condición de posibilidad en el hecho de que los sujetos neuroliberales, atiborrados y reprimidos por una erótica de la satisfacción de necesidades irreales, plebiscitariamente celebran su minoridad política y humana.

El logro de la prédica neuroliberal estriba, pues, en configurar un escenario en el que la lucha de clases se vuelve unilateral ‏cuando sus víctimas abandonan tal lucha. «Las masas ya no son simplemente los dominados, sino los dominados que ya no se oponen»[82]. La subordinación de la libertad a las exigencias del aparato técnico-administrativo de dominación determina la aparición del idiota social, que con su indiferencia –absentismo histórico, dice Gramsci- construye la bola de plomo que ahoga la historia[83]. El sujeto del neuroliberalismo es indiferente en relación con su propia vida en tanto que la abdicación de la voluntad trasciende la mera indiferencia hacia el contexto.

En cuanto tal [la productividad social], mejora los medios materiales y espirituales para la satisfacción de las necesidades humanas. Pero al mismo tiempo, niega a los mismos hombres el disfrute pleno de esos bienes, porque es energía represiva y ha prefigurado ya a los hombres de tal manera, que no son capaces de valorar la vida misma de otro modo que según la ordenación de valores que rechazan el goce, la paz, la satisfacción como fines, o bien los subordinan a la productividad. […] El individuo se niega el goce de la productividad e invierte así el potencial de nueva productividad, lo cual impulsa el proceso hacia un nivel cada vez mayor tanto de la producción como de la renuncia a lo producido[84].

Hemos dicho que el carácter productivo del disciplinamiento psico-social supone una dinámica según la cual los individuos sostienen la represión que originariamente ha sido impuesta. En otras palabras, la persecución incesante del aumento de la producción social para renunciar finalmente al disfrute de lo producido delata el carácter oligofrénico del neuroliberalismo. Que las personas sigan fagocitando la continuidad de la alienación, cuando las condiciones sociales de bienestar permitirían una devolución del tiempo alienado para la búsqueda de la auténtica satisfacción, adopta la configuración de un profundo trastorno. La recuperación del tiempo alienado implica descubrir un principio de realidad cualitativamente nuevo, pero la negación traumática de éste y la subsiguiente continuidad del principio de realidad represivo, mantiene a la vida dentro del escenario de la lucha por la existencia. Justifica, de ese modo, la continuación de la “ley” del más fuerte, brindando un consentimiento deseante del neodarwinismo. Es decir, a la hecatombe morbosa del neuroliberalismo.

En este escenario, el principal acto de resistencia parte de la toma de conciencia. Se impone la necesidad de nuevas utopías que, como apuntará Arturo A. Roig, no se agoten en su posibilidad narrativa, sino que se instalen en la forma del enunciado discursivo[85]. De esa manera, el juego entre topía/utopía abrirá el espacio de lo posible, visibilizando la contingencia del disciplinamiento psico-social que hemos denunciado. Este vislumbrar nuevos horizontes no puede suponer, en especial en Latinoamérica, una posición vanguardista que menosprecie a las «masas brutas». En los mismos albores de nuestra independencia Francisco Bilbao les recordaba a los que caían en ese error que «mientras los sabios desesperaban o traicionaban, esas masas habían amasado con sus lágrimas y sangre el pan de la República»[86]. En la historia latinoamericana, el imaginario subversivo demuestra que la esperanza, siempre superior al miedo disciplinario, funge la liberación de todo determinismo.



[1] BIAGINI, Hugo. (1992). Historia ideológica y poder social/2. Buenos aires: Centro Editor de America Latina, p. 100.

[2] MACPHERSON, C. B. (1962). La Teoría Política Del Individualismo Posesivo: De Hobbes a Locke. Estructuras y procesos. Madrid: Trotta, pp. 13-19.

[3] FERNÁNDEZ PEYCHAUX, Diego A. (2009). «John Locke: las posesiones o los derechos políticos como garantía de la libertad». Colección 20: 37-74.

[4] BIAGINI, H. (1992). Op. cit., p. 99.

[5] Ibid., p. 98.

[6] AUDRY, C.A. (1998) “Los orígenes del Neoliberalismo”. En: Desde los cuatro puntos, Nº1, p. 22. México. BARONE, Victor. (1998). Globalización y neoliberalismo. Elementos de una crítica. Documento de Trabajo nro. 95. Asunción: BASE Investigaciones Sociales. LETTIERI, Alberto. (2004). La civilización en debate: historia contemporánea, de las revoluciones burguesas al neoliberalismo. Nueva ed. correg. y actual. Buenos Aires: Prometeo. HARVEY, David. (2011). Breve historia del neoliberalismo. Cuestiones de antagonismo 49. Tres Cantos (Madrid): Akal. TOUSSANT, Eric. (2012) Neoliberalismo. Breve historia del infierno. Buenos Aires: Capital Intelectual.

[7] FOUCAULT, Michel. (2009). Nacimiento de la biopolítica: curso del Collège de France, (1978-1979). Akal universitaria 283. Madrid: Akal, p. 72.

[8] TODOROV, Tzvetan. (2012). Los enemigos íntimos de la democracia, trad. de Noemí Sobregués, Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, Barcelona, p. 10.

[9] FRIEDMAN, Milton. (1977). Friedman on Galbraith and on Curing the British Desease. Londres: The Fraser Institute, pp. 45-49.

[10] STIGLITZ, Joseph E. (2007). El malestar en la globalización. Punto de lectura 140/1. Madrid: Punto de Lectura, p. 67.

[11] CROUCH, Colin. (2012). La extraña no-muerte del neoliberalismo. Buenos Aires: Capital Intelectual, pp. 93-126.

[12] Ibid., p. 114 y ss.

[13] ESPOSITO, Roberto. (2009). Comunidad, inmunidad y biopolítica. Pensamiento Herder. Barcelona: Herder.

[14] ROZITCHNER, Leon. Moral burguesa y revolución. 3era. Edición. Colección Mundo Actual. Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo, p. 12.

[15] MARCUSE, Herbert. (1993). El hombre unidimensional: Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Trad. Antonio Elorza. Barcelona: Planeta-De Agostini.

[16] Esta expresión la rescata Leopoldo Marechal en la semblanza que realiza de Fijman, el poeta metafísico, en la novela Adan Buenosayres.

[17] ZITO LEMA, Vicente. (1970). “Reportaje a Jacobo Fijman”, Revista Crisis, Buenos Aires.

[18] BORON, Atilio A. (2003). “El pos-neoliberalismo: un proyecto en construcción”, en La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social, Emir Sader (comp.) y Pablo Gentili (comp.). 2ª. ed.. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

[19] GALBRAITH, John Kenneth. (1992). La cultura de la satisfacción. Trad. José Manuel Álvarez Flores. Buenos Aires: Emecé, pp. 17, 63.

[20] BIAGINI, Hugo. (2000). Entre la identidad y la globalización. Colección El Hilo de Ariadna. Buenos Aires: Leviatan, p. 45.

[21] SMILES, Samuel. (1859), Self-help – National and Individual. London, pp. 3-5

[22] BIAGINI, Hugo. (1995). La generación del ochenta. Buenos Aires: Losada, pp. 167-8.

[23] SUMNER, William G. (1883). What social classes owe to each other. Londres: Harper & Brothers, pp. 13-14. Traducción propia.

[24] ROSANVALLON, Pierre. (2012). La sociedad de iguales. Trad. Victor Goldstein. Buenos Aires: Manantiales, pp. 116-126.

[25] VONNEGUT, Kurt. (1998). “Harrison Bergeron”. En Welcome to the monkey house. New York: Dell Publishing, p. 7. Traducción propia.

[26] FITOUSSI, Jean Paul. Rosanvallon, Pierre. (2010). La nueva era de las desigualdades. Trad. Horacion Pons. Buenos Aires: Manantial, pp. 73-80.

[27] FAES Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales. (2007). América Latina: una agenda de libertad. Presentación José María Aznar. Madrid: FAES, p. 39.

[28] CUCINOTTA, Antonio, Roberto Pardolesi, y Roger Van den Bergh, ed. (2002). Post-Chicago developments in antitrust law. Chettenham: Edward Elgar.

[29] O’TOOLE, Fintan. (2011). «Irlanda: la locura de un país tras la quiebra». Press Europa, septiembre 1, Digital edición. http://www.presseurop.eu/es/content/article/904661-la-locura-de-un-pais-tras-la-quiebra. «Islandia nacionaliza los tres principales bancos del país en tres días». (2008). RTVE.es. http://www.rtve.es/noticias/20081009/islandia-nacionaliza-tres-principales-bancos-del-pais-tres-dias/174997.shtml.

[30] WINGERT, Lutz. (2012) "La ciudadanía y la economía de Mercado. O ¿qué es en realidad sistémicamente importante en democracia?", en Las Torres de Lucca, Trad. Olga Ramírez Calle y Juan Antonio Fernández Manzano, Número 1 (julio-diciembre 2012), pp. 7-55.

[31] CALCAGNO, Alfredo E.; Calcagno, Alfredo F. (1995). El Universo neoliberal. Recuento de sus lugares comunes. Buenos Aires: Alianza. pp. 459-474.

[32] MAYOL, Alberto. (2012). El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo. Santiago de Chile: Lom.

[33] Ver TADDEI, Emilio. (2002). “Crisis económica, protesta social y ´neoliberalismo armado´ en América Latina”, en OSAL, Observatorio Social de América Latina (no. 7). Para una breve crónica del conflicto chileno ver «527 estudiantes detenidos durante represión a protesta en Chile». El Universal. Caracas, agosto 4, 2011, sec. Internacional. http://www.eluniversal.com/2011/08/04/527-estudiantes-detenidos-durante-represion-a-protesta-en-chile.shtml.

[34] MARCUSE, Herbert. (1969) Psicoanálisis y política. Trad. Ulises Moulines. Barcelona: Península, pp. 88-89.

[35] «El “pobrismo”, una de las caras que asume la corrección política, es un problema de origen cultural que empeora las cosas. En algunos países de la región se reivindica la pobreza como un valor en sí mismo. […] La creación de riqueza se acaba transformando así en un disvalor.» FAES. (2007). Op. cit., p 41.

[36] FAES Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales. (2012). América Latina: una agenda de libertad 2012. Presentación de José María Aznar. Madrid: FAES, p. 91.

[37] Ibid., p. 15.

[38] NOZICK, Robert. (1974). Anarquía, estado y utopía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1991. p. 179, n. 2.

[39] VEBLEN, Thorstein. (2005). Teoría de la clase ociosa. Trad. Vicente Herrero. México: Fondo de Cultura Económica. p. 191.

[40] RAND, Ayn. (1961) La virtud del egoísmo. Un nuevo y desafiante concepto del egoísmo. Trad. Luis Kofman. Buenos Aires: Grito Sagrado, p. 47, En la actualidad Ayn Rand ha sido descubierta como fundadora filosófica y moral del movimiento del Tea party en Estado Unidos. En el contexto argentino ha sido difundida por Mauricio Macri (Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires): ver DI MARCO, Laura. (2007). «¿Quién le teme a Ayn Rand?» La Nación, septiembre 23, edición impresa, sec. Ideas. http://www.lanacion.com.ar/946337-quien-le-teme-a-ayn-rand.

[41] RAND, A. (1961). Op. cit., p. 136.

[42] «Habría que reconstruir, eslabón por eslabón, la larga cadena de las instituciones, agentes y soportes discursivos (notas de consejeros, informes de comisiones, misiones oficiales, debates parlamentarios, coloquios de expertos, libros académicos o para el gran público, conferencias de prensa, artículos de diarios y notas televisivas) por la cual el nuevo sentido común penal que apunta a criminalizar la miseria». WACQUANT, Loïc. (2004). Las cárceles de la miseria. Trad. Horacio Pons. Buenos Aires: Manantial, pp. 22-23. Para un análisis pormenorizado del concepto “criminalización de la pobreza” ver ALARCÓN, Cristian. (2002). Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vida de pibes chorros. Buenos Aires: Norma; DUSCHATZKY, Silvia; Corea, Cristina. (2004). Chicos en banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones. Buenos Aires: Paidós. KESSLER, Gabriel. (2004). Sociología del delito amateur. Buenos Aires: Paidós, Cap. 2.

[43] CECCHI, Horacio. (2012). «La llaga de la Justicia penal». Página|12, noviembre 19. http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-208107-2012-11-19.html.

[44] MORENO, Mariano. (1975). Plan revolucionario de operaciones. Buenos Aires: Plus Ultra, p. 62. Ver LASKI, Harold J. (1936). The Rise of Liberalism. New York: Harper & Brothers. p. 127. En esta obra el autor británico realiza una ponderación del exclusivo carácter propietario del contrato social liberal.

[45] GALBRAITH, J. K. (1992). Op. cit., pp. 35, 53-58.

[46] MARCUSE, Herbert. (1993). Op. cit., p. 39.

[47] BIAGINI, H. (1996). Fines de Siglo, Fin de Milenio. Buenos Aires: Unesco, Alianza, p. 139.

[48] BIAGINI, H. (1992). Op. cit., p. 123.

[49] El grupo económico multinacional originado en Argentina fue considerado durante el siglo XX como la corporación más poderosa e influyente del país. Los dos primeros ministros de economía del gobierno de Carlos S. Menem fueron Miguel Roig y Néstor Mario Rapanelli. Tanto en el ministerio como en la corporación Rapanelli sucedió a Roig, ya que ambos ostentaron sucesivamente el cargo de vicepresidente ejecutivo general de Bunge & Born y luego el de Ministro de Economía de la Nación.

[50] GORZ, André. (1998). Miserias del presente, riqueza de lo posible. Estado y Sociedad. Buenos Aires: Paidós, pp. 21-31.

[51] TOUSSAINT, Eric. (2012). Op cit., p. 14.

[52] SMITH, Adam. (1983). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Barcelona: Orbis. Libro IV, Cap. VII, Parte II, Sección I.

[53] FRIEDMAN, Milton. (1982). Capitalism and freedom. Chicago ; London: University of Chicago Press. pp. 37-54.

[54] MUÑOZ, Ramón. 2008. «Culpables, millonarios e impunes». El País, octubre 12, Edición impresa. http://elpais.com/diario/2008/10/12/negocio/1223817268_850215.html.

[55] ROSA, José María. (1972). Defensa y Pérdida de Nuestra Independencia Económica. Buenos Aires: Huemul, p. 76.

[56] FRANK, André Gunder. (1979). Lumpenburguesía: lumpendesarrollo. 2a. ed. Ediciones de Bolsillo 212. Barcelona: Laia.

[57] MENDOZA, Plinio Apuleyo, Alvaro Vargas Llosa, y Carlos Alberto Montaner. (1996). Manual del perfecto idiota latinoamericano y español. 2a ed. Barcelona: Plaza & Janés.

[58] Cfr. BIAGINI, H. (2009). Identidad argentina y compromiso latinoamericano. Universidad de Lanús, capítulo IV y epílogo.

[59] PALMA, Jorge Julio. (1966). “La libertad y el mar”. En Tres enfoques de la libertad. Buenos Aires: Centro de Estudio sobre la Libertad, p. 34.

[60] CANITROT, Adolfo. (1983). Orden social y monetarismo. Estudios CEDES, vol. 4, nº7. Buenos Aires: Centro de Estudios de Estado y Sociedad, p. 6.

[61] MILLÁS GARCÍA, Juan José. (2012). «Un cañón en el culo. Relaciones imposibles: economía real-economía financiera». El País, agosto 14, sec. Cultura. http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/13/actualidad/ 1344875187_015708.html.

[62] DURAN COUSIN, Eduardo. (1993). La hora neoliberal de América Latina. Un estudio Objetivo. Fundación Hanns-Seidel. pp. 78-79.

[63] PASSET, René (2001). La ilusión neoliberal. Trad. María Victoria López Paños. Madrid: Debate, pp. 28-70.

[64] HINKELAMMERT, Franz. (2008). Hacia una crítica de la razón mítica. El laberinto de la modernidad. Palabra Comprometida Ediciones, p. 130.

[65] FRIEDMAN, Milton. (1980). Free to choose: a personal statement. Pelican books. Harmondsworth: Penguin. p. 34.

[66] BIAGINI, H. (1992). Op. cit., p. 123.

[67] CHIC, David. 2011. «Naima Naim y Mercè Espuñes : “Los accionistas deberían verse responsables de sus prácticas”». El Periódico de Aragón, julio 23, Digital edición. http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/espacio3/naima-naim-y-merce-espunes-los-accionistas-deberian-verse-responsables-de-sus-practicas-_689127.html.

[68] FRIEDMAN, M. (1980). Op. cit., p. 137.

[69] HINKELAMMERT, F. (2008). Op. cit. p. 110.

[70] FUENTES, Carlos (1988). “El que inventó la pólvora”. En Los días enmascarados. México D.F.: Ediciones Era. pp. 73 y ss.

[71] MARCUSE, Herbert. (2011). La sociedad carnívora. Exhumaciones. Buenos Aires: Ediciones Godot.. pp. 7-52.

[72] SUÁREZ, Laura. (2009). “Apuntes para una desublimación del deseo en el Discurso Capitalista: de lo semiótico a lo socio-político”, en Observaciones Filosóficas. Nro. 9. 2º semestre.

[73] HAYEK, Friedrich A. von. (1989). Camino de servidumbre. Serie Democracia hoy. Madrid: Libro Libre. p. 218.

[74] «Cosa ciertamente asombrosa ‏–y sin embargo tan común que hay que dolerse más que pasmarse de ello- es ver a un millón de hombres servir miserablemente, teniendo el cuello bajo el yugo, no porque estén forzados por una fuerza superior, sino porque –eso parece- están encantados y hechizados por el solo nombre de uno, del que ni deberían temer el poder ya que está solo, ni amar sus cualidades ya que es en su tierra inhumano y salvaje». LA BOÉTIE, Étienne de. (2008). Discurso de la servidumbre voluntaria. Trad. Pedro Lomba. Libertad de los antiguos/Libertad de los modernos. Madrid : Liberty Fund: Trotta ; Indianapolis. p. 2.

[75] SILVA, Ludovico. (1984) La plusvalía ideológica. Prologo de Juan Nuño. 4ta. edición. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, p. 190.

[76] Ibid., p. 214.

[77] «Fundación Junior Achievement Argentina». 2012. Accedido diciembre 21. http://www.junior.org.ar/pg_programas_pri_k0.asp. «JA Worldwide - Educating youth on business, economics, and succeeding in a global economy». 2012. Accedido diciembre 26. http://www.jaworldwide.org/.

[78] MARCUSE, Herbert (1969). Psicoanálisis y política. Colección Ediciones de bolsillo. Barcelona: Península. p. 43

[79] Ibid., p. 50.

[80] Ibid., p. 106-107

[81] ESCOHOTADO, Antonio. (1969). Marcuse. Utopía y razón. Madrid: Alianza, p. 100.

[82] MARCUSE, Herbert (1969). Op.cit., p. 67.

[83] GRAMSCI, Antonio. (2011). Odio a la indiferencia. Barcelona: Ariel, pp. 19 y ss.

[84] MARCUSE, Herbert (1969). Op.cit., pp. 101-2.

[85] ROIG, Arturo Andrés. (1982). «La experiencia iberoamericana de lo utópico y las primeras formulaciones de una “utopía para sí”». En Revista de Historia de las Ideas. Casa de la Cultura Ecuatoriana y Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Pontificia Católica del Ecuador, Quito, 3, segunda época, pp. 53-63.

[86] BILBAO, Francisco. (1862) La América en peligro. Buenos Aires: Imprensa de Bernheim y Boneo, pp. 100-1.

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