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EL NEUROLIBERALISMO Y SU ETICA GLADIATORIA[1]

por Hugo E. Biagini y Diego A. Fernández Peychaux
 


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Primera parte


Junto al Dr. Fernández Peychaux, pretendemos introducir un neologismo de nuestra propia cosecha: el de neuroliberalismo, término que requiere una aclaración previa. Comencé a hablar de neuroliberalismo en mi libro Identidad argentina y compromiso latinoamericano, publicado hacia 2009 por esta universidad que nos alberga. En esa obra mencioné “los clamores colectivos” para que se le pusieran “cascabeles al gato feroz del neuroliberalismo”, haciendo referencia con ello a una “expresión que alude al carácter o a la mentalidad enfermizas de quienes entronizan la creencia del egoísmo sano como pasaporte al bienestar común” (p. 189).

Con un sentido análogo, retomé la misma noción en el trabajo “Democracia e indianismo” que apareció en la publicación periódica digital, Demos participativa, donde se recogieron las ponencias presentadas en las VIII Jornadas sobre Democracia participativa. (septiembre 2009): “Tras los efectos deshumanizadores de la llamada Revolución Conservadora, acaecida durante el último tercio del siglo XX, en el panorama mundial y muy especialmente en buena parte de nuestra América se ha ido poniendo en tela de juicio –fáctica o teóricamente– la posibilidad de asociar la democracia –con su ética de la equidad y la solidaridad– a una ideología lobbista del provecho y el interés como la del neoliberalismo, hasta alcanzar a generarse la palmaria certidumbre de la incompatibilidad constitutiva existente entre ambas modalidades: democracia y neoliberalismo, el cual ha sido recalificado como neuroliberalismo –por su elevación de del afán individualista al máximo valor comunitario.” (http://es.scribd.com/doc/32745504/Revista-Demos-Participativa-Ano-3-Vol-2-N%C2%BA-4-Mayo-2010 )

Me valí del mismo concepto cuando tuve ocasión de salirle al ruedo a la tan sonada inauguración por Vargas Llosa de la Feria Internacional del Libro, celebrada en Buenos Aires un par de años atrás. Allí, el frustrado candidato a la presidencia de su país, no sólo argumentó banalmente contra el populismo y el peronismo, como manifestaciones autoritarias, sino que también procuró eximir de ese cargo a la problemática tradición liberal en términos muy falaces: "el liberalismo ─sostuvo─ no tiene nada que ver con las dictaduras" y asociarlo con esas fórmulas absolutas de poder, sus antagonistas declaradas, constituye toda “una obscenidad”. Frente a esa forma descarada de referirse al liberalismo, evoqué un tópico de Perogrullo: el modo como esa ideología acompañó íntimamente a “gobiernos tutelares” y a “proyectos elitistas de expansión colonial” con una concepción posesiva y depredadora que ha sido retomada por el neoliberalismo (bien reapodado como ‘neuroliberalismo’ por creer convencernos de que el egoísmo privado conduce al mejor estilo de vida comunitaria)”. Tales apreciaciones fueron difundidas por la revista venezolana Americas XXI (26/04/11) y por otras versiones on line (www.americaxxi.com.ve/foros/ver/p-strong-la-obscenidad-varguista-br-strong-por-hugo-biagini-p#) .

Con el correr del tiempo y dialogando con este joven investigador del CONICET, resolvimos aunar esfuerzos para desarrollar un plan de mayor aliento sobre la ya mentada categoría de neuroliberalismo, la cual expusimos hasta ahora, con sumo empeño por parte de Diego, en dos espacios diferentes: el workshop internacional sobre Darwinismo Social y Eugenesia junto a la revista Utopía y praxis latinoamericana (para no desmentirlo participan en este coloquio los responsables de ambos espacios). Cumplido el protocolo de poner la nueva carta de filiación sobre el tapete académico, pasamos al tratamiento en sí.

Como un punto de partida, más allá de las limitaciones epistémicas y metodológicas que pueden contener las aproximaciones organicistas o biopsíquicas para explicar fuera del nivel metafórico la sociedad humana en toda su complejidad, no faltan fundamentos para abordar al neoliberalismo como neuroliberalismo, de manera similar a quienes ─al margen de la validez de sus planteos de fondo─ no trepidan en calificar al populismo como una enfermedad de la política, como la antipolítica e incluso como patología de la democracia, al estilo de lo que llega a proponer un autor de la envergadura de Pierre Rossanvallon en su libro La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza.

Si bien abundaremos teóricamente en esa hipotética formulación, ahora queremos apelar a la caracterización que trazó un lúcido estudioso del tema, David Harvey, al señalar que el neoliberalismo, además de ser un proyecto clasista que consolida y refuerza la dominación, posee su primordial arma de combate en el campo del lenguaje; campo dentro del cual tomamos por nuestra cuenta un discurso subordinado pero altamente gravitante como es el de la autoayuda dentro del espectro liberal; discurso que nos permite acceder al trasfondo alienante en cuestión.

Para ello nos remontamos primero a uno de los más conocidos divulgadores del género Ayúdate a ti (vos en argentino básico) mismo, Samuel Smiles, quien trasunta una posición propia de la más cruda ascesis capitalista: según él, los gobiernos y las leyes resultan inoperantes para resolver los grandes males sociales, que sólo son subsanables mediante el autodominio y el recurso a los hombres superiores, excluyéndose a los pobres y a los obreros por considerarlos viciosos e imprevisores. Según Smiles, el avance de la sociedad está dado por el instinto competitivo y la lucha gladiatoria por la vida. Algo que muy pocos se han enterado, el propio Smiles fue el autor predilecto de nuestra generación ultraliberal de 1880 y sus inspiradores; una generación que exaltaba las obras de Smiles –La Ayuda propia (Self-Help), El Carácter y otras– como nutrientes para gestar una nueva raza, apta para el comercio y la industria, exenta de taras indígenas.

Recordemos que durante el predominio de dicha generación primaba en la Argentina, como en los Estados Unidos, el más rudo individualismo, elevado tanto en palanca del bienestar como en fuente del derecho y la ética. Se tenía por ideal el gobierno de los notables, muy por encima de la masa –nativa o extranjera– inculta y marginada del sufragio. Enjuiciábase a la democracia –como enfermedad moral de la humanidad– y a la actitud caprichosa de las mayorías, mientras se identificaba la soberanía numérica con la prepotencia.

Una idea-fuerza recorría entonces el orbe: la creencia sobre el progreso universal cósmico y antrópico, aunque esa irreversible evolución terminaba siendo restringida al norte y al sur del continente americano, donde a la República Argentina le tocaba jugar un papel protagónico decisivo: de máxima perfección y felicidad por más resistencias que se le opusieran a esa fuerza magnética del progreso, similar en su potencialidad a la de mano invisible de Adam Smith, por cuya acción cada uno “persiguiendo su propio interés fomenta frecuentemente el de la sociedad con mayor eficacia que cuando se lo propone realmente”. (Inquiry into the Wealth of Nations).

Tanto el presunto principio axiomático del laissez faire como el supuesto equilibrio armónico de un mercado regido por leyes científico-naturales y por la misma providencia divina ─y en el cual confluyen el beneficio colectivo y los propósitos egoístas─, serían sepultados por la Gran Depresión capitalista de los años 30 y rebatidos por las baterías keynesianas: una renovación mucho más auténtica del liberalismo que aquella que, con equívoco semántico, invoca para sí el neoliberalismo, más cercano en definitiva a la inveterada versión del liberalismo económico decimonónico.

Sin embargo, con la insospechada restauración del liberalismo de mercado ─inicialmente impulsada por Pinochet, Thatcher y Reagan─, el recurso a la mano invisible ha seguido operando con el auxilio de uno de sus pivotes básicos: la autoayuda ─el persevera y triunfarás de Kipling presidiendo las casas respetables─ y su versión más sofisticada: el llamado pensamiento positivo junto a un pedestre sentido común, todo ello implementando los afanes neoconservadores para lograr grandes respaldos masivos. Según lo han rastreado investigadoras como la española Clara Valverde, ese consenso mayoritario se procura alcanzar mediante la internalización del lenguaje y valores de los más pudientes en la mentalidad de los sectores populares, o sea, mediante lo que nos hemos permitido rotular con Diego como neuroliberalismo.

Por ende, un objetivo clave del neuroliberalismo consiste en inculcarle a la población una identidad postiza: la idea o el sentimiento de que la desregulación y las privatizaciones sean vistas como lo mejor para todos (estamos hablando de la Doña Rosa de Neustadt exigiendo la entrega del petróleo o los ferrocarriles vs. lo que será el FSM y su campaña contra el desguace de la economía brasileña). Con tales planes de ajuste se incentiva la concentración del capital y se engendra un genino Estado de Malestar, con sus consabidos montos de desempleo y merma salarial. Termina por fin resquebrajándose la conciencia social, pues son así las propias clases subalternas quienes pasan a refrendar las mismas políticas de recortes del gasto público y de las conquistas sociales que no sólo aumentarán sus propias carencias sino que también contribuirán a pulverizar su condición de ciudadanos para reducirla a la de simples súbditos.

Aún en medio de la profunda crisis sistémica que existe en Europa por aplicación del recetario neuroliberal, aparecen libros, cátedras y organizaciones que, operando como nuevas usinas del Evangelio de la fortuna y los buenos emprendedores, predican la necesidad de abandonar los pensamientos negativos. A quienes sufren de una monstruosa desocupación se les asegura que quedarse sin empleo no constituye un mal en sí mismo sino que ello permite abrirse hacia otros “horizontes”, que los empresarios resultan dignos de respeto o que aquél que no trabaja es un vago empedernido, mientras se machaca continuamente que la salud y la enseñanza deben juzgarse como servicios lucrativos sin más.

Todo ello viene a sumarse a los ya empalidecidos reflejos de una óptica narcisista que “apuesta por el egoísmo virtuoso, que entroniza el yo como pasaporte al bienestar, mientras se estima que la palabra nosotros –equivalente a servidumbre, miseria y falsedad– designa la raíz de todos los males” –según apuntara yo mismo durante el auge del neocon y la posmodernidad.

Por ventura, el nosotros se está reconstituyendo en Nuestramérica con el advenimiento de estas primaveras populares que procuran alejarse de un liberalismo que, tanto en sus orígenes como en la actualidad, se ha mostrado reñido con la democracia; primaveras que pueden hacernos creer, a diferencia de lo que postuló Churchill, que la democracia no es la peor forma de gobierno y que ella puede llegar a converger con la autoafirmación, hasta abandonar de una vez por toda esta etapa siniestra en la historia del individualismo occidental.


Segunda Parte


Los devastadores resultados que se constataron durante la década de los '90 parecían haber neutralizado discursiva y políticamente al neoliberalismo. No obstante, el proyecto político emanado de esa ideología mantiene su posición hegemónica. Basta expropiar momentáneamente el mito del Rapto de Europa para hacernos la imagen actual del envejecido continente, donde un toro germánico rapta a la doncella europea de los países 'cerdos' ―o PIIGS[2]―, no ya para iniciar la historia, sino para impedir su avance. Incluso en nuestra América, donde se han iniciado vigorosas marchas hacia una etapa post-neoliberal, las opciones políticas que propugnan la vuelta hacia la acomodaticia calma del mercado siguen obteniendo resultados electorales contundentes. Esta aparente juventud de las posiciones mercadófilas nos llevó a preguntarnos cuáles son sus bases operacionales.

Para responder a dicho interrogante recurrimos a la nomenclatura alternativa de 'neuroliberalismo' para explicitar el basamento de las políticas atomizadoras del neoliberalismo en la producción insidiosa de una subjetividad a la que se le oculta tanto el otro, como el propio deseo. Dicho de otro modo, el sistema de ideas de lo que llamamos 'neuroliberalismo' tiene por objeto impedir toda reacción a las demandas de una cultura represiva y antihumanitaria. Esta nueva nomenclatura no soluciona todos los problemas que conlleva el rearme de la actividad crítica que proponemos, pero se atreve a alterar las categorías heredadas para cuestionarlas. Neuroliberalismo es, de hecho, un término de combate que busca impulsar la impugnación de muchas de las ideas comúnmente aceptadas que sustentan la producción de subjetividad referida.

Es esta exposición me voy a detener de forma breve en este punto, aún a riesgo de ser exageradamente esquemático.

La realidad fantástica en la que se vitorea al gladiador victorioso presenta una ilusión encubridora del núcleo traumático que no puede ser incorporado al sistema. Ese residuo no integrado, ese remanente no alcanzable por la lógica del mandato, lejos de obstaculizar la sujeción, se constituye en insumo básico para su funcionamiento. Los sujetos del neuroliberalismo huimos hacia la realidad estructurada fantásticamente, porque no soportamos seguir soñando, es decir, presentarnos frente a nuestro real deseo no incorporado al sistema del mercado. Esa imposibilidad traumática nos requiere suspender el sueño y buscar refugio en una fantasía de resultado igualmente insoportable, pero significada a través de los vítores al exitoso.

Lo fantasmático se ubica, por tanto, en la 'relación con' y no en la realidad misma. Es decir, que los sujetos del neuroliberalismo brindamos realidad a la ficción que conocemos, evitando construir un drama de la represión en cual la vivimos. Al focalizar el análisis en dicha relación con la realidad, se aprecia el ambivalente proceso de sujeción en el que 'aceptamos' las premisas fundacionales del neoliberalismo: la virtud del egoísmo y la fetichización del exitoso. Esta yuxtaposición entre cultura de la dominación y ética gladiatoria confiere el sostén para que el sistema neoliberal se adapte a las crisis y rejuvenezca.

Con este diagnóstico no se desconoce que el neoliberalismo constituye un aparato que se despliega para pergeñar un abuso de la necesidad de vinculación social, explotando en nosotros el deseo por el reconocimiento ―incluso por el injurioso. Sin embargo, dicha ambivalencia conlleva asumir que somos vulnerables ante unas condiciones que no hemos establecido, pero a las que recurrimos para persistir en la existencia. Entrampados entre una necesidad primaria de reconocimiento y la prescripción de actos que nos garantizan la existencia individual e irreemplazable, culminamos por 'aceptar' como evidente un mundo construido para reproducir las condiciones de explotación (Althusser, 2011, pp. 131-144).

El término neuroliberalismo, por tanto, señala el modo en que la ética neoliberal restringe a los sujetos a buscar su propia existencia en categorías y nombres que circunscriben la sociabilidad vivible a la confrontación. A su vez, al sistema de normas empleado por los sujetos en ese mundo neuroliberal donde los derechos humanos son considerados una patraña inventada por aquellos fracasados con profundos complejos de inferioridad le damos el nombre de ética gladiatoria. Si el objetivismo ético que pregonan los gurúes neoliberales ―Hayek, Mises, Friedman, Rand, Nozick, Bork y muchos otros―, solo nos concede el derecho a una acción, pero no a un resultado, la ética gladiatoria es el modo de estructurar la vida en sociedad bajo la ley del primer ocupante o la ley del más fuerte. Para decirlo de la forma más clara posible, la ética gladiatoria resume las normas de juego objetivas de un escenario donde no existe un derecho a la vida, sino a pugnar por adquirir los medios para preservarla. En conclusión, descender en el escalafón de los exitosos del mercado supone, concomitantemente, decrecer por propia responsabilidad en la cadena trófica de la naturaleza.

Esta negación de los derechos humanos y del pluralismo democrático básico evapora cualquier contenido del significante 'libertad'. Por ello, arriesgamos dando este paso adicional de crítica y señalamos cómo el neuroliberalismo elabora esa 'fantasía ideológica' que, apoyada en lo que denominamos ética gladiatoria, resignifica los conceptos clásicos del liberalismo. La fetichización del exitoso no solo oculta el antagonismo con un otro que bloquea el camino hacia la supervivencia, sino que también busca activar la relación ilusoria que desarrollamos con nuestra propia satisfacción y bienestar. Por lo tanto, ya no la libertad, sino las categorías sociales de éxito/fracaso son las que determinan el horizonte global de su campo ideológico.

Sin embargo, no ha de entenderse esta ilusión inconsciente como un repliegue hacia la inmaterialidad de una psiquis separada del cuerpo. En la era del neuroliberalismo la conciencia de las relaciones sociales no está oculta, sino mediada por una serie de saberes prácticos que articulan materialmente la coordinación de las ideas del individuo con los requerimientos del sistema. Así, sin la dirección de un director de orquesta, quedamos auto restringidos por las coerciones y las restricciones presupuestas al mercado en tanto que Coliseo perfecto.

Nótese que el neuroliberalismo no busca ocultar nada. Por el contrario, recurre a una razón cínica para explicar, por ejemplo, que el deterioro de los términos de intercambio entre los países pobres y ricos ha de leerse como el resultado necesario de la racional búsqueda incesante del aumento del bienestar humano. El cinismo de esa máscara ideológica quita sentido al zarandeo de pruebas empíricas sobre su incongruencia fáctica. En un mundo capturado por el neuroliberalismo la realidad objetiva que plantean los argumentos humanitarios se vuelve invisible porque los significantes de los que depende esa realidad se han vuelto ilusiones vacías. Por ello, la crítica ha de explicar cómo los excluidos no representan un fallo, sino que delatan la incapacidad originaria de la sociedad para incluir a todas las partes implicadas en la vida social. Al emplear esa crítica se debe evidenciar que incluso el sujeto exitoso culmina ocupando una posición apenas distinta en la misma cadena de sometimiento y dominio que los individuos fracasados.

Para concluir, recordemos un famoso pasaje de Rayuela de Julio Cortázar donde el protagonista rememora la teoría de Chestov sobre las peceras con tabiques móviles. En ella los peces, aun habiendoseles removido los límites sólidos de su pequeño universo, jamás se decidirían a pasar al otro lado. Sin arrogarnos una originalidad no pretendida, buscamos señalar cómo el neuroliberalismo redobla esfuerzos para controlar al sujeto y que este continúe nadando neuróticamente en círculos. En consecuencia, de poco serviría la eliminación de los obstáculos impuestos por el Consenso de Washington si los peces se mantuviesen voluntariamente adoctrinados a nadar en círculos intentando solo limpiar el agua de una pecera que ya no existe. En la proliferación de una ética alternativa a la 'rapacidad del mercado' estriba la clave para trascender la formal remoción de esos obstáculos que, de otro modo, el individuo del neuroliberalismo no rebasaría.



[1] Ponencia conjunta presentada en el V Coloquio Internacional de Filosofía Política , 6, 7 y 8 de Noviembre 2013, UNLa, durante el panel: “Democracia y Emancipación”.

[2] Acrónimo desdeñoso con el que medios financieros anglosajones se refieren a un grupo de países que por sus 'desarregladas' cuentas públicas estarían sufriendo una crisis aumentada en relación con el resto de la Unión Europea. Estos son: Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España.

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