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Deodoro Roca, el movimiento reformista universitario y la integración latinoamericana

por Hugo Biagini y Horacio Sanguinetti
 

Pocas veces la filosofía universitaria argentina se vio conmovida tan redicalmente como en los sucesos de la reforma universitaria. Se recrea aquí el suelo larvario sobre el que emerge este acontecimiento. El arielismo y el americanismo antimperialista como sensibilidades que atraviesan las fronteras y contagian el naciente optimismo a nivel continental.
La hora americana era anunciada por un puñado de apellidos, entre los que sobresale Deodoro Roca, de los que es dificil sustraerse a la hora de rememorar este autoexamen que la universidad se hizo a sí misma desde sus propias capas internas, en este caso estudiantiles.
Lecturas anteriores de estos sucesos an descuidado una aspecto medular: la autonomía universitaria procalmada en la reforma resultaba inescindible de su vinculación con los movimientos populares del momento. Varias décadas mas tarde, la autonomía académica fue entendida como un repliegue de la universidad sobre sí misma, impermeabilizándose frente a las prácticas sociales.


 

El humus universitario

 

si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son ‑y dolorosas‑ de todo el continente. Manifiesto liminar de la Reforma Universitaria

 
 

                            

 Los movimientos estudiantiles han ejercido a menudo un papel relevante en el desarrollo de la conciencia continental y universal, por haberse adelantado a muchos grandes asuntos como el de la unidad y la solidaridad latinoamericanas –una cuestión ya presente en las reuniones internacionales de estudiantes que tuvieron cabida en nuestro hemisferio antes de la guerra del ’14, bajo el empinado credo arielista de la juventud como un factor decisivo para el cambio histórico. Durante el primer encuentro, realizado en Montevideo hacia 1908, se proclamó que había llegado la hora de la emancipación, del resurgimiento político y cultural, bajo el ideal común de la unión americana; luego, en la ciudad de Buenos Aires para el Centenario de la emancipación, se aseveró que la juventud debía provocar una significativa reacción moral en el Nuevo Mundo. El último de tales congresos internacionales celebrados en el Cono Sur se llevó a cabo hacia 1912 en Lima, donde se proclamó al continente como el vínculo natural y a las distintas nacionalidades como meros accidentes de la historia. Un giro muy marcado se verifica en otro precoz evento: el Congreso de Estudiantes de la Gran Colombia, celebrado en Bogotá hacia 1910, donde se emite un documento de grueso calibre antiimperialista: además de afirmarse allí que la alianza de las repúblicas convocantes –Colombia, Venezuela, Ecuador– se extenderá a los otros puntos de Sudamérica, se niega la afinidad con los americanos del norte, denunciándose el monroísmo acomodaticio y la agresión de las águilas septentrionales.

Hacia las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, todo ello se vería reforzado, por otros influjos y predicamentos como el que ejerció francamente el Premio Nobel de Literatura Romain Rolland –de mucho ascendiente epocal y con vínculos directos con nuestras organizaciones estudiantiles– mediante su promoción del diálogo intercultural y su postura sobre la conflictividad intergeneracional, su adhesión a la Revolución Rusa o su visión de los jóvenes como un revulsivo insurgente contra las injusticias y el malestar social.

Por otro lado, con la generación de 1900, se reanudan los planteamientos indoamericanistas y se buscan modelos culturales que surjan del propio medio circundante, tomándose a la concreto como punto de partida de lo universal. En ese aspecto, si bien hubo casos paradigmáticos como el Ateneo de la Juventud en México, los planteos no sólo exhibieron una faceta intelectual sino que también adoptaron ribetes institucionales específicos, por ejemplo, a través de gestiones presidenciales como la llevada a cabo en Argentina por Hipólito Yrigoyen, el cual, desde una mirada krausista, se inclina hacia una política exterior de neutralidad y autodeterminación, de confianza en nuestro común destino latinoamericano. Si a tales antecedentes les añadimos algunos factores de relevante magnitud interna y exterior –Revolución Mexicana, I Guerra Mundial, Revolución Rusa, democratización gubernativa en el Plata, corrientes vitalistas e idealistas–, puede inferirse que se había generado el clima para el célebre estallido con el cual irrumpe la Reforma Universitaria en Córdoba hacia 1918, cuya proyección dio lugar a que la misma reforma fuese visualizada como la segunda aventura común de los países latinoamericanos, tras los cien años de mutua soledad que siguieron al ciclo de su independencia política.

Cuando hace eclosión el movimiento reformista en Córdoba, aparece allí el libro Reflexiones sobre el ideal político de América, publicado por uno de los principales referentes teóricos de ese movimiento: Saúl Taborda, en cuyo texto puede explicitarse el célebre postulado del manifiesto liminar de 1918 sobre el advenimiento de una hora americana. En dicha obra, Taborda avanza sobre las reiteradas expresiones metafóricas del Nuevo Continente como tierra promisoria, sol de primavera o Atlántida encantada. A la voz persistente de “América, ¡la hora!”, el pensador cordobés estimaba que había llegado el momento de romper el yugo factoril con Europa y acceder a una verdadera libertad ¾tras un siglo de pseudoindependencia: “El régimen social consagrado por Europa ha carecido de eficacia para hacer efectiva la paz y con la paz el bienestar del mundo [...] Una nueva estructura se levantará sobre el orden de cosas abatido. ¡América, hazte ojo! ¡América, hazte canto! [...] un momento histórico hay que decide el derrotero en el oscuro laberinto de las encrucijadas; una hora sin retorno pone sus vibraciones en el reloj del tiempo, señalando el camino de la acción”. Según Taborda, estaban dadas las condiciones para sobrepasar la mera democracia electoralista, al servicio de una clase parasitaria y de un sistema en el cual los partidos poseen un mínimo de soberanía y un máximo de autoridad. Una genuina democracia americana debía basarse en el imperio de la opinión pública y social, en un estado cooperativo donde se entone el himno de la solidaridad, desaparezca el analfabetismo, se cuestionen los medios de servidumbre y la tierra no resulte objeto de apropiación privada. Para viabilizar tales objetivos tenía que socializarse la industria, la banca y el transporte mediante un dictamen inapelable que expropia en beneficio de los pueblos. Toda una plataforma maximalista que dista de poseer la tónica pequeño-burguesa que se le asignó prejuiciosamente a los primeros reformistas argentinos.

La épica estudiantil llegaría a una de sus máximas expresiones cuando, en el México de 1921, con una alta representatividad, la juventud universitaria anuncia que luchará contra el nacionalismo y el militarismo, por una nueva humanidad, por asociaciones federativas regionales y por la integración en una comunidad universal –ideario que procuró plasmarse en una Federación Internacional y extenderse por el resto del mundo. Unos tres años después, el dirigente peruano Haya de la Torre, al hacerle entrega a los universitarios mexicanos la “Bandera de la nueva generación hispanoamericana”, se sentía en condiciones de aducir que el ensueño bolivariano, de fusionar a nuestros pueblos, se ha reencarnado en el credo y el accionar de las juventudes.

Concomitantemente, vendría esa formidable prédica sustentada por la Unión Latinoamericana, impulsada en sus inicios por José Ingenieros, el cual anunciaba que la revolución universitaria –en tanto reorientación científica de los estudios, cogobierno y demandas populares– se proyectaba más allá de los histriones del patriotismo por toda la América Latina y que la juventud que no se encuadraba con las izquierdas constituía una mera vejez sin canas. Dicha entidad –avalada por miles de estudiantes y automarginada de los diferentes gobiernos para preservar su libertad de opinión ante las impopulares potencias extranjeras– reivindica una Reforma Universitaria integral, pretende suprimir la Unión Panamericana y repudia la penetración capitalista, para propiciar una unificación jurídica, política, económica e intelectual que permitiera salvaguardar la soberanía de nuestro continente austral y obtener la nacionalización de las fuentes de riqueza, la repartición de la tierra y la socialización de la industria.

En el congreso internacional de Costa Rica (1933), con la renovada presencia de la España republicana, el estudiantado se adelanta a propiciar la aspiración, aún incumplimentada, de la ciudadanía iberoamericana –unos 60 años antes de la creación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, cuyos logros reales todavía son objeto de dudosa expectativa. Entre tanto, México vuelve a ser sede de grandes asambleas supranacionales: el Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes (1931), donde se promueve la ciudadanía universitaria para todos los claustros, un acuerdo para que los alumnos expulsados de su país por razones políticas pudieran continuar sus estudios en otras naciones junto a la creación de la Casa del Estudiante Iberoamericano; el Primer Congreso de Estudiantes Antiimperialistas de la América (1936), que postula la formación de un Frente Popular, la Gran Central única de Trabajadores y una Agencia Interamericana de Información. Por otra parte, no cuesta advertir el antagonismo y la prolongada incompatibilidad axiológica entre militarismo y movimiento estudiantil que, desde sus inicios ha desarrollado una fuerte campaña contra el espíritu guerrero y chovinista. La nueva generación reformista se enfrentó aquí con toda una plataforma patriotera a la cual le opuso la consigna de vivir y no de morir gloriosamente. Además de la preservación del demos y el autonomismo universitarios, esa cruzada juvenil bregó por la Segunda Independencia, por la emancipación intelectual, social y nacional, responsabilizando primordialmente al imperialismo y a la cultura utilitaria de Occidente por el atraso de nuestros pueblos. En complicidad con los bárbaros del Norte, los sectores gobernantes aparecen en la mira como sus aliados incondicionales: las oligarquías criollas, los grandes terratenientes y comerciantes, el clero y las fuerzas armadas, los políticos engañosos que frenan la concientización de las masas.

Como respuesta a la xenofobia y al provincianismo se fue articulando una plataforma operativa cuyas principales banderas implicaron diversos elementos aglutinantes a partir del ideal americanista, con el cual se apuntaba a fusionar nuestros estados en un conglomerado de naciones ante los peligros comunes que amenazaban la integridad territorial. Junto con las diferentes aproximaciones a los indígenas, obreros y campesinos, se estrecharon los contactos con las juventudes del mundo y muy especialmente la unión entre el estudiantado latinoamericano, tanto para favorecer el intercambio académico e intelectual como para estimular la protección mutua. Los espurios conflictos fronterizos entre Argentina, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y los países que conforman otras regiones de nuestro continente no impidieron cultivar esa fraternidad sino que además fueron valientemente repelidos y desenmascarados por los mismos estudiantes en cuestión, quienes no sólo proponen soluciones para sortear dichos enfrentamientos sino que también llegan a establecer numerosos acuerdos y convenios en favor de dicho afán integrador.

En medio de esa empresa, el movimiento estudiantil, reconoció como grandes paladines a Rafael Altamira, Ingenieros, Vasconcelos, Unamuno Haya de la Torre, Varona, o Alfredo Palacios quien, reflejando una convicción generalizada, enfatizó que los cimientos para una confederación iberoamericana debían ser colocados por la juventud libre de compromisos con el pasado y de mezquinas rivalidades.

Junto a sus innovaciones intrauniversitarias y de extramuros –que van desde la autonomía académica a la unidad obrero-indígena-estudiantil y a la lucha contra el imperialismo–, el movimiento reformista ha forjado en millares de páginas sus acercamientos efectivos a la mancomunión latinoamericana y a la unificación integral de nuestros pueblos, erigiéndose en uno de los más importantes precedentes culturales con el que deben contar emprendimientos regionales como los del Mercosur. Es que la Reforma Universitaria en Latinoamérica constituye una de las tantas expresiones que revierten la trillada versión sobre los ascendientes hegemónicos desde el norte hacia el sur para entroncarse con otras vertientes originales como el modernismo literario o las teorías de la liberación.

 

El “numen” de la Reforma

 

A la resonancia americana que poseyeron dos fenómenos históricos como la Revolución de Mayo y la Reforma Universitaria, se suma el hecho de que ambas presentan una línea enunciativa concomitante. Si Moreno refutaba en su introducción al Contrato Social de Rousseau el pretendido soporte celestial de la realeza y acudía a la voluntad colectiva, Deodoro Roca –junto con otros miembros de la Federación estudiantil cordobesa– denunciaba en el Manifiesto Liminar de la Reforma un régimen académico anacrónico montado sobre el derecho divino del profesorado universitario. Allí se reclamaba el poder de decisión para los estudiantes, en tanto soberanos primordiales de una universidad democrática. Dicha pieza no sólo se dirigía proféticamente a los hombres libres de nuestro hemisferio sino que también anunciaba una inminencia rupturista similar a la de Mayo. Según llegó a parangonar Enrique González Tuñón, si Moreno fue el abogado de la revolución, Deodoro puede ser considerado como el abogado de la Reforma y su adalid por excelencia.

Una meta básica consistía en predisponerse creativamente para el advenimiento del hombre genuino y de la americanidad, lo cual representaba, con palabras de Deodoro Roca, el más fuerte imperativo de su tiempo y circunstancia, mientras que la Reforma –“levadura de procesos más vastos”, según la calificara el propio Roca– puede asociarse íntimamente con el esfuerzo por materializar un acariciado anhelo: nuestra independencia económica y cultural, la afirmación nacional y la unidad continental. Las vanguardias juveniles universitarias se asignan un rol determinante en el logro de esos objetivos, a los cuales cabe añadir la implementación de la conciencia social y hasta de una nueva civilización. El movimiento reformista preconizó la confraternidad entre los pueblos, rechazando la política caciqueril junto a las crecientes manifestaciones chovinistas y jingoístas.

Se trata de una línea de pensamiento vigorizada por los reformistas cordobeses de 1918. Deodoro Roca cuestiona los extravíos evidenciados durante la Colonia y el siglo XIX –cuando se transitaba por la tierra de América sin vivir en ella, mientras destaca la actitud de las nuevas generaciones que, sin cerrarse a la cultura mundial, se preocupan por los propios problemas y sienten como el mayor imperativo la urdimbre del hombre americano. Aquellos líderes estudiantiles creyeron que se estaba asistiendo en América a un ciclo estructuralmente distinto, de amplia democracia y con un cambio total en los valores humanos, mientras aludieron a la decadencia de Europa –sumida en el exhausto belicismo de los Estados nacionales. Se propiciaba el nacionalismo continental para acabar con un estatuto factoril y para producir una revolución ecuménica. Con la unificación de Indoamérica el imperialismo debía sufrir un fuerte desequilibrio al no tener pueblos para sojuzgar, con lo cual se preparaba el fin del sistema capitalista.

En Deodoro Roca, la inquietud americanista e integradora se manifestó desde sus primeros escritos. Ya en su temprana tesis doctoral, Monroe-Drago-A, B, C. Reflexiones sobre política continental, dicha temática quedó bien nítidamente y en íntimo vínculo de oposición dialéctica con el expansionismo colonialista estadounidense.

Repasemos sus principales enunciaciones. En primer término, debe aclararse que cuando Deodoro se refiere a Latinoamérica o a Sudamérica tiende a recurrir, como resultó bastante frecuente en el siglo XIX, al nombre genérico de América o americanos.

Más allá de esa reapropiación conceptual y más allá de los descorazonadores vaivenes históricos –especialmente provocados por las reacciones y gobiernos antidemocráticos junto al conservadorismo y fascismo criollos–, Deodoro no dejó de apostar ni de pugnar por el porvenir de nuestra América, a la cual concebía como una unidad ideal y como un mundo auroral. Si bien no podía soslayar el hecho de que constituimos un archipiélago desmembrado e inconexo, alentaba la idea de una América Latina rediviva y de una nueva nacionalidad supraterritorial, alejándose de tantas actitudes chovinistas que apartaban a los argentinos del resto de los pueblos latinoamericanos. Mientras sostenía la posibilidad de un desarrollo endógeno y la instancia liberadora de una segunda independencia, planteaba como asunto impostergable la construcción de una alianza económica entre nuestros países, anticipándose con ello a la existencia de un mercado común sudamericano.

Junto a sus colaboraciones en diarios como Crítica de Buenos Aires y en periódicos de su provincia como La Voz del Interior, El País y Córdoba, diversas apoyaturas le sirvieron a Deodoro Roca para refrendar sus postulaciones americanistas. En un principio, el redentorismo juvenil, que lo llevó a atribuirle una función descollante a su propia generación dentro de la universidad y a la vez de esta casa para urdir el eslabonamiento de nuestros pueblos. Por lo demás, fue creciendo en él la fe en la articulación de una nueva izquierda, que reunía no sólo a personalidades intelectuales o políticas –Ingenieros, De la Torre, Ponce– sino a combatientes de la talla de un Sandino, quien, más allá de su coyuntural fracaso militar, representaba para Deodoro un símbolo de futuro. Finalmente, se encontraban también las distintas acciones y emprendimientos motorizados por el mismo Roca: desde su defensa profesional de los trabajadores y la gente común,  a su dirección de la sección cordobesa de la Unión Latinoamericana y a su creación de comités continentales por la paz y la libertad, a favor de los presos y exiliados político-sociales, contra una serie de objetivos de diverso alcance: las dictaduras y semidictaduras –tropicales o no–, la carrera armamentista, la guerra del Chaco y su trasfondo rapiñero, el racismo, el antisemitismo y el imperialismo, el cual, junto a las contradicciones del sistema capitalista, representaría una de sus mayores preocupaciones.

Ya desde sus comienzos académicos, con su apelación a la doctrina Drago, Deodoro estaba pretendiendo rescatar el derecho de los estados a mantener su soberanía, la seguridad y la paz, a asumir una posición que revigorizara el espíritu continental de las repúblicas hispanoamericanas. El planteo de Drago cuestionaba las premisas y supuestos darwinianos a que apelaban los tributarios del intervencionismo para justificar la conquista de los inestables países sudamericanos y para introducir entre ellos un supuesto orden civilizatorio, lo cual llevaría, según la acotación deodórica, a justificar políticas tutelares centradas en el mito de nuestra irremediable incapacidad constitutiva.

Deodoro no vacila en calificar a la doctrina Monroe como racionalización perversa que, al estilo del panamericanismo –esa oficina del Departamento de Estado norteamericano–, ha operado en el continente al servicio de Wall Street y de los intereses petroleros de las grandes corporaciones monopólicas. Simultáneamente, nuestro autor ha ido examinando el nuevo imperialismo encarnado en el capitalismo anglosajón y el yanqui en particular, los cuales, imbuidos de una misión mesiánica, han hecho estragos institucionales entre nosotros y se han apoderado de nuestros recursos sin necesidad de anexionarnos. Contrario sensu, Deodoro no deja de celebrar al “admirable país mexicano” que, frente a la indiferencia mundial, se manifestó por una ayuda franca y abierta al pueblo español cuando se produjo el sofocante levantamiento nacionalista.

Un espacio alternativo, de contestación y propuesta, ha sido encarnado por el célebre sótano en la casa de Deodoro, donde se dio cita la intelligentsia combativa de nuestro continente: desde Waldo Frank hasta Haya de la Torre, Henríquez Ureña, Máximo Soto Hall, o Manuel Seoane, siendo también visitado por un adolescente que daría mucho que hablar varias décadas más tarde a propósito de la revolución mundial: Ernesto Guevara, cuando aún residía en Córdoba. La atmósfera que se respiraba en ese rincón privilegiado fue puesta bien de manifiesto por Luis Emilio Soto en un artículo sobre el primer libro póstumo de Deodoro: “Durante más de veinte años, aquella catacumba ha sido por excelencia la sede de una generación de escritores y universitarios […] un rompeolas ideológico [que] no era propicio para devaneos narcisistas sino para contemplar nuestros conflictos con una mentalidad americana. Diríase que el ‘sótano de Deodoro’ comunicaba con el resto del Nuevo Mundo a través de selectas galerías. Los vestigios del último centro colonial y los reactivos revolucionarios de la Reforma, convirtieron a la docta ciudad en un sismógrafo que registra, mejor que ningún otro de los nuestros, las inquietudes continentales” (Sur, 128, 1945, p. 87).

En buena medida, el arielismo juvenilista –prácticamente indisoluble como otros nutrientes de la Reforma Universitaria– vuelve a hacerse presente cuando en un día de junio de 1942 desaparece ese máximo animador de la Reforma que fue Deodoro Roca. En tal circunstancia, Arturo Capdevila asoció su partida de este mundo con un llamado para seguir luchando por la misma causa en el más allá:

 

¿Por qué se fue? ¿Por qué partió?

Aquí diré lo que avizoro.

Vinieron ángeles, dijéronle:

—Vamos, Deodoro.

Una revolución Ariel intenta,

y es su bandera un meteoro

de libertad y de esperanza.

 

Tampoco faltó quien no ha vacilado en comparar a Deodoro Roca con un prototipo del Renacimiento, por la fe que aquél llegó a tener en el hombre como arquitecto de su propio destino. Por su parte, un verdadero maestro en historia de las ideas, Arturo Roig, concluyó un estudio sobre Deodoro, al cual privilegia entre “las voces más valientes y pujantes en la denuncia de la presión social y del imperialismo”.

Sea como fuere, resultan significativas las aportaciones de Deodoro Roca a un sentido de la integración regional en América Latina distinta a la del llamado realismo periférico, con sus estrategias para incorporarse indiscriminadamente al sistema internacional, mantener la dominación y aumentar las desigualdades. Por lo contrario, frente a la modernización excluyente, se insinúa en nuestro autor una perspectiva donde las políticas de integración deben suponer no sólo la unificación de los mercados sino también el ensamblaje cultural y socio-político, con democracia participativa, derechos humanos y justicia social.

Con todo, no podemos magnificar ni la prédica ni el corpus de Deodoro porque no han llegado a producir un eco acorde con su mensaje. ¿Cuáles serán las causas del desconocimiento general que gravita, lapidario, en torno de él? Entre múltiples motivaciones descuellan dos razones primordiales: su condición de hombre del interior y su condición transgresora. Sin embargo, fue quizá el escritor político nacional más alto del siglo XX, según creía Martínez Estrada. Formalmente, un infalible instinto estético lo habilitaba para sortear las tentaciones de la moda literaria y apartar la hojarasca que invalida obras más notorias. El vuelo de su pluma, la elegancia formal, la profundidad de los trazos, hacían el resto. Y por otra parte su nervio, ingenio y temperatura, dan a cuanto escribió un sorprendente interés actual.

De la década de 1930 datan sus escritos políticos más formidables. Nadie, por ejemplo, castigó tan reciamente a Lugones por sus complicidades con el fascismo como Roca en la atroz polémica que sostuvieron. Terror de los comisarios, defendió sistemáticamente a los obreros y estudiantes perseguidos; pero era capaz de refugiar en su sótano a un grupo nacionalista acosado por la policía; lo cual le valió una cencerrada que organizó el PC. No ocupó bancas ni cargo, no recibió honores ni sueldos, pero habló por muchos. Hizo y dijo cosas muy serias, alegremente, y se jugó hasta la vida por fidelidad a sus ideas; él que en profundidad era un epicúreo, con vocación de pintor y de artista, de humanista integral.

Cuando enfermó gravemente, la sociedad cordobesa –algo habituada a la presencia revulsiva de “Deodoro El Magnífico”–, reaccionó con un sacudimiento de alarma, Y si algunos anónimos lo mantuvieron informado de los avances de su mal, demostrando la subsistencia –decía– de “odios que me ha costado ganar”, los más, amigos y adversarios, lo rodearon solidariamente. Cuando murió, junto al llanto de los artistas y poetas –destacamos la admirable “Elegía a una vida clara y hermosa”, de Rafael Alberti–, una multitud heterogénea, por cantidad y calidad jamás vista en Córdoba, lo acompañó hasta el Cementerio de San Jerónimo. Han pasado muchos años desde la muerte de este argentino singular. El devenir de las generaciones, la “alienación” contemporánea y ciertas quiebras con el pasado, desdibujaron sensiblemente su recuerdo. Pero, decantando pasiones circunstanciales, debemos a Deodoro Roca un espacio en nuestra memoria colectiva, por razón de justicia y, sobre todo, por propio decoro.[1]

 



[1]Entre las fuentes consultadas, véanse: D. Roca: El difícil tiempo nuevo, Buenos Aires, Lautaro, 1956, selección, prólogo y notas de Gregorio Bermann; Ciencias, maestros y universidades, Buenos Aires, Perrot, 1959, selección y notas de Horacio Sanguinetti; El drama social de la universidad, Córdoba, Editorial Universitaria, 1968, selección y prólogo de Gregorio Bermann; Prohibido prohibir, Buenos Aires, La Bastilla, 1972, prólogo, selección y notas de H. Sanguinetti; Deodoro Roca, el hereje, Buenos Aires, Biblos, 1999, selección y estudio preliminar de Néstor Kohan; La trayectoria de una flecha, Buenos Aires, Librería Histórica, 2003, edición e introducción general de H. Sanguinetti. S. Taborda, Reflexiones sobre el ideal político de América, Córdoba, La Elzeveriana, 1918; A. A. Roig, “Deodoro Roca y el ‘Manifiesto’ de la Reforma de 1918”, en su libro La universidad hacia la democracia, Mendoza, EDIUNC, 1998, pp. 147-176; H. Sanguinetti “Deodoro Roca, o la temprana lucidez”, en A. Ciria y H. Sanguinetti, Los Reformistas, Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1968, pp. 243-269. H. Biagini, La Reforma Universitaria: antecedentes y consecuentes, Buenos Aires, Leviatán, 2000; Gabriel del Mazo, La Reforma Universitaria, tomo 3, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1968.

 

 
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