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Proyecto: EL PENSAMIENTO ARGENTINO DEL SIGLO XX ANTE LA CONDICIÔN HUMANA

Eduardo Mallea: una antropología crepuscular

por Hugo E. Biagini
 

La reacción antiposilivista, que comienza a verificarse en América Latina con el nuevo siglo y en Argentina algo más tardíamente, trae aparejada, entre otras cuestiones, un reverdecer metafísico y un incremento de los sentimientos religiosos así como el menosprecio del utilitarismo y su reemplazo por un sentido trágico de la conciencia, por la ascética moral del héroe y la santidad. En Mallea, como en otros miembros de su generación —Vicente Fatone, Homero Guglielmini, Carlos Astrada, Miguel Ángel Virasoro—, se insinúan diferentes rasgos filosóficos que lo hacen tributario del nuevo espiritualismo. El universo físico surge como un trasfondo de vacío y ausencia. Junto al desprecio por los artificios mundanos se verifica en la ensayística de Mallea un desapego por la materialidad. Prima en él el carácter contradictorio del hombre, cuyos principales atributos resisten a toda simplificación. La índole conflictiva de lo humano aparece en distintos órdenes de la realidad: la misma vida, en sus distintas manifestaciones, desde lo biológico hasta lo social, proviene para Mallea de “un juego de tensiones y resistencias”.


Pre-supuestos

 

Procuraremos adentramos en la visión conceptual plasmada por Mallea sobre el mundo y la vida, en sus nociones acerca de la sociedad y el Estado así como en otras categorías mediadoras que le permiten transmitir un significativo planteo sobre la nación argentina en particular.

La reacción antipositivista, que comienza a verificarse en América Latina con el nuevo siglo y en Argentina algo más tardíamente, trae aparejada, entre otras cuestiones, un reverdecer metafísico y un incremento de los sentimientos religiosos así como el menosprecio del utilitarismo y su reemplazo por un sentido trágico de la conciencia, por la ascética moral del héroe y la santidad.

En Mallea, como en otros miembros de su generación —Vicente Fatone, Homero Guglielmini, Carlos Astrada, Miguel Angel Virasoro—, se insinúan diferentes rasgos filosóficos que lo hacen tributario del nuevo espiritualismo.

Un encuentro de intelectuales efectuado en Estados Unidos resultó ocasión propicia para que nuestro autor declarase que, siendo todavía un niño, ya experimentaba la intuición del inmenso sufrimiento por el que atraviesan los seres humanos, los cuales, después de un “día olvidable”, se ven envueltos en la más definitiva oscuridad[1].

Partiendo de lo crepuscular emana una noción de universalidad centrada en el dolor y la muerte. El hombre, ser débil y doblegable, se asemeja al junco pascaliano. El universo físico surge como un trasfondo de vacío y ausencia. Junto al desprecio por los artificios mundanos parece existir en la ensayística de Mallea un desapego por la materialidad, concentrándose el enfoque en el dominio antropológico.

Por un lado, no escapa Mallea a esa fuerte tradición decimonónica que enfatiza la creencia en la evolución gradual y permanente de la humanidad, creencia que entrará en crisis a la luz de acontecimientos de tanta significación como la Primera Guerra Mundial y los procesos revolucionarios euro- americanos.

Por otra parte, prima con más fuerza en él la convicción sobre el carácter conflictivo y contradictorio del hombre, cuyos principales atributos resisten a toda simplificación. La índole conflictiva de lo humano aparece. en distintos órdenes de la realidad: la misma vida, en sus distintas manifestaciones, desde lo biológico hasta lo social, proviene para Mallea de “un juego de tensiones y resistencias”[2]

No obstante la vertiente especulativa que hemos extraído, las inquietudes de Mallea no se detienen demasiado en abstracciones intemporales —pese también a su declarada y no menos indeterminada “vocación.., de humanidad y divinidad”[3]—. Su alejamiento de la vía sistemática —incompatible con esa búsqueda voraz de conocimientos que él mismo propone—, además de ser explícitamente atribuido a una cuestión idiosincrática —el psiquismo individual y comunitario—, obedece a una doble motivación.

Mientras rechaza la razón discursiva y exalta el valor translógico y aprehensivo de lo metafórico y la imaginación, Mallea se siente moralmente compelido a encarar y resolver problemas de tanta magnitud como los que representan el destino y la felicidad humanas.

Frente a ese postulado práctico existe un mandato teórico que, en consonancia con tendencias de la época —perspectivismo, relativismo, nacionalismo—, exige partir raigalmente de la propia circunstancia cultural para poder acceder con plena legitimidad a las distintas esferas del saber y el hacer —desde la filosofía y la ciencia hasta el arte y la política—.

Rondamos así la idea de un universal situado.

Si bien Mallea nos habla de una “aspiración instintiva de universalidad”[4], a ella sólo puede arribarse verdaderamente desde la unidad. El pensamiento desarraigado procura en vano apresar lo exótico y exclusivo, ignorando tanto la imposibilidad del aislamiento como que el mayor esfuerzo de comprensión reside en captar la interrelación funcional de lo real.

Dicha noción de totalidad y constructividad resulta otra connotación de la mentalidad antipositivista en pugna con las explicaciones que pretenden descomponer y disociar al mundo en compartimentos estancos[5].

Todo ello nos permite entender con más fundamento diversas afirmaciones de las que se hace eco Mallea reiteradamente:

 

Cuanto más atado estuviera mi destino más extensa habría de ser la universalidad de mi pensamiento...

un autor es general en la medida que profundiza lo particular...

Shakespeare, Gogol o Rabelais no han sido de la humanidad sino

a fuerza de ser uno tan inglés, el otro tan ruso y el último tan francés…[6]

 

No sólo estamos frente a las estribaciones de ese romanticismo que proclamaba la existencia de Ilfl espíritu o de una ley universal que adopta caracteres específicos en cada pueblo. Se trata también de las resonancias que tuvo la así llamada filosofía sobre lo nacional, impulsada en España por Ganivet y Unamuno —dos nombres muy caros a Mallea— y retomada en nuestro suelo con la obra de Rojas, Gálvez o Henríquez Ureñia. Recuérdese que este último en 1925 publica entre nosotros su Utopía de América, donde sostiene la alternativa de acceder a lo universal a través de lo nacional.

De un modo análogo, nuestro, autor se propone emprender su objetivo esencial: estudiar primero al “hombre argentino”[7].

Y cabe entonces remarcar muy bien esto del hombre argentino como punto inicial, pues, guiado por inspiraciones próximas a un personalismo de cuño liberal, Mallea concebirá al Estado y a la misma sociedad como resultantes de fuerzas individuales. En definitiva, para él, los distintos tipos de gobierno o de comunidad se erigen conforme a las disposiciones anímicas, a la mayor o menor voluntad y lucidez de sus componentes.

 

 La Argentina

 

Al referirse Mallea a nuestro país —su mayor y casi única obsesión temática— considera que el mismo puede ser interpretado a partir de tres dimensiones básicas: la nación, en tanto unidad histórica; la patria, exponente de unidad espiritual; el Estado, como unidad política que ha funcionado en detrimento de las otras dos instancias.

Más allá de las analogías poéticas con que Mallea alude en bloque a la Argentina —por ejemplo, la de ser “un fuerte animal que alterna la impetuosidad y la mansedumbre”[8]—, las tres dimensiones señaladas permiten revisar el desenvolvimiento institucional de la Argentina, el perfil histórico que se halla en juego.

Perfil que no siempre resulta claramente discernible, ya que se apelo a una suerte de sentimiento territorial, más o menos congénito, para dar cuenta del desarrollo argentino.

Además, el monto pasional va a desempeñar un rol decisivo en la determinación de la auténtica grandeza de un pueblo, grandeza que entre nosotros se habría manifestado únicamente en períodos de dolor y de penuria. Estos períodos patéticos y esplendorosos abarcan desde el momento previo a nuestra emancipación hasta la organización nacional inclusive.

El análisis que efectúa Mallea sobre la “aventura” de su pueblo CN pie sentado por él como una empresa heroica, como una narración homérica que debe acometerse con un “espíritu permanente desvelado” y sin “beatería nacionalista” —aunque no deja de apelar por ello a su pluricentenaria tradición familiar—[9].

 
 El país positivo

 

Hay en Mallea una periodización implícita que le asigna un valor supremo a la

Argentina de/siglo XX —ese país “con orgullo”, que miraba “de pie” a su “más alta historia”[10], cual realización fiel de una idea en su sentido platónico—.

 

Si hay una historia en el mundo cuyo curso sea digno y discreto según las formas más puras del humano decoro (no de agresión por la agresión, sí de independencia por la independencia) esa es nuestra historia[11]

 

Aparecen como hitos relevantes la Reconquista de Buenos Aires y la Revolución de Mayo —-una gran “resolución” guiada por “una voluntad general de desinterés”—[12]. Resolución-revolución “que salpicó con su espuma a América toda” [13]y prosiguió a través de la actuación de generales como Paz y Lavalle, o con la defensa del honor nacional frente a la escuadra anglo-francesa en la Vuelta de Obligado.

A la etapa de la Organización también se le atribuyen relieves sobresalientes, En ella se experimentó un “soplo genial” y providencial que dio fugar a “hombres proféticos”.

 

una nación de grandes luchadores, de hombres tremendamente preocupados, de políticos tan culturamente argentinos como Alberdi o Sarmiento[14].

 

A Sarmiento le presta Mallea singular atención, por considerar que ha proporcionado “el primer lenguaje trascendente argentino” y “el suelo de nuestra espiritualidad”[15], También se encuentran palabras elogiosas para Miguel Cané —que exhibe el “gusto y la finura de Turgueniev”—, para el “canto noble” del Martín Fierro, para Joaquín y, González, “el último gran espíritu argentino”, y para el “genio inédito de Lugones” [16]

 En suma, nuestra historia pretérita representa una expresión de plenitud política y cultural, un “decoro hecho de espíritu y entraña del que parece ser Pellegrini uno de los últimos términos reales”[17]. Era época en la cual

 

nuestra vida nacional estaba resuelta en... ser lo que era, pensaba con pensamiento, por prematuro o bárbaro que éste fuere. ‘La meditación de un hombre de nuestros orígenes poseía raíz y florecimiento, era orgánica, pese a su prematuridad o inmadurez [18].

 

¿Tras esa edad tan áurea pueden descubrirse elementos rescatables en nuestra sociedad contemporánea?

La respuesta afirmativa cabe ser rastreada a través de esa categoría ideal que Mallea, con tanta repercusión, denominó la Argentina invisible o secreta, a la cual asocia indisolublemente con “El País” por antonomasia. Con ello alude no sólo a los habitantes del Hinterland sino también, anfibológicamente, al interior de cada uno, a la forma particular de ser.

Es en ese ámbito arquetípico, “poderoso poema viviente”[19], donde se encuentra una riqueza incalculable, el argentino sustancial, verdadero, el individuo del futuro: ese ser imbuido de sabiduría natural y profunda que vive conscientemente su libertad y su tierra.

Pese al aparente reinado de la espontaneidad, dicho proyecto existencial se plantea como una ardua misión para argentinos insomnes y taciturnos que sufren su país, cuyo destino sumergido procuran reconquistar racional y sentimentalmente por medio de una entrega casi religiosa[20]. Estos argentinos despiertos constituyen personas amigables, identificadas con el paisaje, que responden a la tradición frente a las mutaciones temporales, que “llevan en sus ojos la imagen universal de una nueva Argentina”[21]

En síntesis, son aquellos elementos sanos e íntegros, con un sentido sacramental y candoroso de la vida, que creen en vez de representar: son los naturalmente argentinos, -por peso, sangre y alma, que configuran la “mónada nacional”[22].

 

Los males nacionales

 

Un cuadro pesimista ensombrece la visión de Mallea sobre el devenir nacional.

Examinaremos el panorama socio-histórico de la cuestión así como su enfoque caracterológico.

Aunque Mallea no se detiene mucho a ilustrar el encuadre con acontecimientos y nombres significativos, tiende a atribuir nuestra declinación a factores internos y exógenos.

Por un lado celebra el ascenso radical de 1916 como “triunfo de la decencia” y la “pureza cívica” que culminó con el advenimiento de “un gobierno austero y popular” —tras haberse pensado el país corno si fuera una “vaca holandesa” o una “tierra prometida” donde todo se logra con el menor esfuerzo[23].

Por otro reivindica curiosamente la asonada de 1930, cuando “el pueblo real —no el político—” sale a la calle “en pos de la restauración de una salud en peligro”[24].

Pese a la ejemplaridad que poseen para Mallea dichos sucesos, los mismos no compensan el efecto calamitoso que para él representa la “inundación blanca”, el aluvión inmigratorio, a cuya influencia le adjudica “nuestra decadencia como patria” y el “extravío de nuestro pueblo”[25].

Ese fenómeno de penetración externa constituye un disvalor de tal importancia operativa que conviene puntualizarlo minuciosamente.

Según Mallea han existido entre nosotros dos tipos primordiales de inmigración. Uno de ellos arribó al país cuando aún vivían los que él califica como “nuestras inteligencias mayores”, cuyo predicamento pudieron recibir. Estos exponentes extranjeros concibieron a lo argentino como un “estado de religiosidad” y enmudecieron ante nuestra “auténtica grandeza potencial’’ [26]

Mallea se detiene en los hijos de colonos que él tuvo como compañeros en una escuela británica durante su infancia en Bahía Blanca: compañeros de origen danés, noruego, galés, alemán, celta y galo, a los cuales considera como muy tenaces, dotados de la “sabiduría natural de las intemperies” y de una “asombrosa seguridad en las profesiones, los gustos, los proyectos” [27], En ellos también “se revelaba el designio de hacer un país”, sabiendo cada uno la parte que le correspondía en él (como ganadero, industrial, etc.). Todo en medio del látigo de Mrs. Hilton, una australiana que oficiaba de regente, imponiendo “un orden lúcido”[28]. Más tarde, en un colegio público porteño, no encontraría la misma determinación en sus instructores y condiscípulos, como si se hubiera producido el tránsito del “serio carácter nórdico a la holganza criolla” —con excepción de Mister Wilkins, un profesor de física dinamarqués a quien se pinta como un “gran señor de raza... descendiente de vikings”[29].

La clase ulterior de inmigrantes resultaría en cambio hueca y proclive a la actitud argentina del “y Dios proveerá”[30]. Frente al sector extranjero que había echado raíces en nuestra tierra afluyen, desde sitios remotos sumidos en la crisis y la disolución, otros contingentes que, dominados por el ansia de dinero y poder, provocaron el debilitamiento y la degeneración de nuestro acervo cultural y de nuestra fisonomía espiritual. Se trata sólo de bárbaros carentes de genio original que invadieron caóticamente el país hasta desfigurar “la secuela española, colonial, jesuítica”[31]. Son los hombres detestables que terminarán representando a la Argentina visible.

Con su “moral intrusa” tales inmigrantes inficionan a la “moral sana”, inyectándole un sentido oportunista a los sectores dirigentes que lo adoptan fácilmente. Así esas “masas inconscientes y exteriores” desintegraron nuestros fundamentos cohesivos y deformaron nuestra nacionalidad, nuestro lenguaje y nuestra literatura[32].

¿Qué otros indicadores esboza Mallea como elementos críticos en la marcha del país posterior al 900?

La quiebra de los valores provocada por la irrupción de la “conciencia ensoberbecida” y “codiciosa”[33]acarrea una atomización integral —tanto en el plano individual y cultural como en el político y artístico. Y resulta más grave todavía la pérdida de identidad, el autodesconocimiento como pueblo que tornaría inerte el fondo constitutivo hispánico.

Aún más, tras la supuesta salida de 1916 se produce una “etapa de voraz enriquecimiento material” en la cual los resortes públicos se ven infiltrados por un torrente de palabrerío y ambiciones que ocasionan el “descorazonamiento” colectivo. Hasta el propio nacionalismo suena como una retórica vacía, mientras la politización se apodera vilmente de todo, hasta de las universidades y las cátedras. El burocratismo, el activismo, la figuración del “señorito y el señorón”, ocasionan una compacta indiferencia hacia la cultura, rechazándose cualquier intento de perfección y llegándose a la misma pérdida de libertad, al “antipaís”[34].

Frente a todo ese proceso subalterno de desgobierno, que también se experimenta en las relaciones externas, resultan infructuosos los clamores de las provincias y las pequeñas aristocracias del interior se repliegan estupefactas y doloridas. La Patagonia queda “dejada de la mano de Dios”, mientras se observa un 80% de mortalidad infantil. El alma puramente apetitiva aletarga la nación: se odia a lo sobresaliente y se festeja “la bravata, ci azar o la aventura”[35].

En medio de tanta arbitrariedad se pierde “la gracia solariega, la señorilidad, la tradición arquitectónica”, desapareciendo una actitud que daba color e intensidad a nuestra vida: “la corazonada” —ese modo de dirigirse a las cosas directamente sin cálculos utilitarios previos[36]. Impera el “quedarse hasta ahí nomás”, el estar “siempre de acuerdo consigo mismo”, un modelo “infravegetal” reacio al amor y a la opinión37[37]. Simultáneamente se configura una psicología del argentino como perseguidor de semejanzas y enemigo de la diferencia y la oposición.

Este proceso de crisis y descomposición se localiza en nuestras ciudades, inmersas en lo trivial, con sus modas y filosofías importadas. En la urbe se genera un tipo de hombre cuya región moral es el aire, donde se prospera económicamente pero a costa de una gran inercia espiritual. sí se fue actuando. en nuestras metrópolis conforme a un “complejo de cautelas vegetativas”, al miedo a perder pecunio y posición, ingeniándose cada uno sólo en proteger irreflexivamente todas sus ventajas3[38].

Buenos Aires aparece como paradigma de estos trastornos. Sus características no pueden ser más negativas: huera, glacial, muda, insular, despersonalizadora, siniestra, mortal. La centralización y la primacía monstruosas que aquélla ha alcanzado producen un sinfín de inconvenientes: desde el griterío diario hasta “el clamor de una estúpida y vanidosa burguesía”[39]. Es un cosmos de piedra en donde se enferma la conciencia y se cierra el camino de la interioridad.

En las más dispares ciudades del mundo hay una “infinita saturación de matices” a través de los cuales se puede observar cómo vive la gente, con auténticas expresiones populares y un sello propio en cada rincón que revelan el genio y el secreto nacional[40]. Buenos Aires, en cambio, está inundada por una vida blanca, tanto en los rostros y en los espíritus como en su enorme y fría perspectiva espacial. En ella se nos escapan todas las vetas de la alegría y el sufrimiento, ocultándose deliberadamente los rasgos de la intimidad. Una urbe pasiva, acallada e inmadura, donde están como “cortadas del alma todas las cabezas”[41].

Allí parecen expatriados sus habitantes y hasta la misma ciudad. Sólo existen ganas para “levantar vuelo y perderse en ilusorias tentativas de adaptación improvisada a los modos extranjeros más en boga”[42]. Sus hombres están movidos por una única meta:

 

Partir... no quedarse en nada, destino, situación ni sentimiento:

partir, partir... Irse a ser otra cosa sin haber llegado,a ser bien la primera. Ser extranjero sin haber sido todavía algo[43].

Pensamos a nuestra capital en términos de universalidad, lo que estaba muy bien: pero creímos que la universalidad era sinónimo de extranjerismo, lo que estaba muy mal. Porque para alcanzar la universalidad no es menester ser rico en disparidad, sino ser rico en la unidad... Nosotros pensamos a la inversa que bastaba con que nos pareciéramos a Europa para ser casi europeos. Con lo cual quedábamos siendo casi argentinos y muy pocos europeos[44].

 

En el área metropolitana se concentran pues las mayores lacras y en ella se desvirtúan las cualidades latentes en otras zonas. Al habitante de la ciudad se le imputa una defectuosidad acentuada y multifacética que se encarnaría en la Argenlina ostensible, donde impera una “marea humana” compuesta por seres irracionales, inmorales, incrédulos, egoístas, que emplean un lenguaje falseado y se inclinan al puro accionar de la procreación, el comercio y la prosperidad exterior.

No se vacila en conceptuar tal estado de cosas como reflejo de una población que yace en una monotonía animal y hasta inorgánica, cuyo extravío, como ya vimos, se remonta nítidamente a principios de siglo, cuando la transculturación inmigratoria aconteció sin demasiadas resistencias. El principal exponente de esa falta de selectividad lo constituye el hombre de Buenos Aires, quien se inclina a asignarle mucho más cultura al mero erudito que a un indio azteca o a un “labriego de sabia raza”[45].

La denuncia contra los responsables de no haber regulado la asimilación del inmigrante alcanza una mayor precisión cuando se acusa a los “pragmatistas peregrinos” ya los “falsos emersonianos”[46]. Entre estos últimos tal vez se aluda a un autor sumamente combatido por la reacción idealista que se desencadena en nuestro medio a partir del Centenario: José Ingenieros, quien llamativamente también había criticado otrora a la mesocracia —como lo hizo su maestro José María Ramos Mejía al hablar del hombre carbono y de los simuladores de talento. Aunque también cabe recordar que Ingenieros adhirió a la esperanzada creencia en el crisol rioplatense de razas[47].

 Más específicamente, Mallea censura la acción de capas dirigentes: la inlellígentzia, los sectores oficiales, los grupos empresarios y financieros, los “burgueses locuaces y progresistas”[48], siendo impugnados en un mismo pie de igualdad los universitarios, científicos, artistas, funcionarios, políticos, industriales, prestamistas. Al heterogéneo elenco cuestionado, que no incluye manifiestamente a los estamentos eclesiásticos o castrenses, se le imputan diversas falencias: incapacidad para revelar “un auténtico poder normativo”, carencia del valor cristiano de la vida, insensibilidad para percibir nuestra tierra “como drama” y no como placer insubstancial, poseer un “sentido vocal de la patria” que hace del himno una letra muerta y que se traduce en un nacionalismo de expresión “violenta y solemne con la gestión in situ de fuertes empresas capitalistas extranjeras”. Todo lo cual resume un individualismo plebeyo e intrínsecamente bárbaro que siempre oculta la “rudimentaria concepción positivista del «bienestar y del progreso»”[49].

Con todo, tampoco el campo, pese a ser visto como el “hemisferio del ser arraigado”[50], ofrece a la postre una opción demasiado idílica. Junto a la escasa hondura psicológica que se observa en ese medio, el hombre del interior se ha convertido en un paria dentro de su propio país. El gaucho ha sido fetichizado, pasando de ser un hombre valiente y emotivo a un sujeto que ha perdido sus dotes creadoras.

Por consiguiente, en todas partes los argentinos muestran que no han cumplido con su “vocación de ser, de servir”[51]. Si bien han hecho un país, el proyecto consistía en “hacerlo grande”[52]—fracaso que Mallea vive con permanente angustia—.

 

La reconstrucción

 

¿Cabe inferir del Mallea ensayista algún puente entre esos “dos países”[53]contrastantes, habitados por el hombre de la urbe y el hombre del campo —tan disímiles desde el punto de vista psicológico, ético y social—? ¿No habrá en verdad ninguna forma de corresponder “la esperanza del lento trabajador del Norte con la de su pariente metropolitano en Buenos Aires, Rosario o Córdoba”[54]? ¿Será posible superar la antinomia que reproduce invertidamente el clásico enfrentamiento entre civilización y barbarie, habida cuenta además del paralelismo que establece Mallea entre el ámbito regional y un tipo humano correlativo? ¿Subsisten ingredientes para (montar todo lo adverso que implica el diagnóstico sobre la “perversión del hombre argentino”[55]¿Cómo recuperar la identidad perdida, penetrar en la sustancia humana profunda y dar con los datos esenciales últimos que atañerían a esta parte del proteico mundo americano? ¿Cuál es en puridad el ser argentino —con su embrionaria multiplicidad— y qué tiene en común con el hombre nativo? ¿De qué modo sobreponerse al carácter adventicio —impotente para integrar un orden armónico-— y anular la desesperante aflicción impuesta por el espacio inmenso y condenatorio?

 La índole francamente negativa de la situación contemporánea, la necesidad de remediarla y el reconocimiento de que existen ciertas posibilidades en tal sentido, representan tres datos indubitables. La solución no supone una vía rupturista y radicalmente innovadora que encuentra su realización en el futuro. Más bien se trata del cambio pensado como un volver a comenzar arrancando de nuestra supuesta unidad originaria.

La marcha correctiva se perfila fundamentalmente en una doble dirección. Se da por un lado una variable empírica: partir de aspectos rescatables que existen entre nosotros y en nosotros mismos. La otra variante consiste en una programática exhortativa —tendiente tanto a evitar ciertos comportamientos como a adoptar nuevas alternativas.

Como muchas otras cuestiones presentadas en la obra de Mallea, las actitudes que permitirán revertir el decaimiento argentino aparecen allí muy fragmentariamente, dificultando su exégesis, develamiento y jerarquización. Entre esos rasgos deshilvanados cabe acotar algunos que configurarían las principales virtudes del hombre argentino y del propio país —un cuerpo dotado de animación que desea y reclama más que una abstracción colectiva.

Nuestras mejores reservas tanto morales como intelectuales se pueden resumir en las siguientes aptitudes: voluntad de amor y honradez, sensibilidad viril, vocación artística, capacidad de desinterés y dominio personal. Todas estas cualidades formarían parte de lo que Mallea también denomina “la Argentina gente”[56]o el país de pie —con su alma altiva que persigue ideales superiores— frente a la Argentina reprobable, al país acostado— con su alma apetitiva que sucumbe ante los placeres inmediatos.

Mallea rechaza todos aquellos signos que no se identifiquen con el primer modelo de país por considerarlos falsos y foráneos. Combate el estado de expiración, que anula la creatividad, para propiciar el estado de aspiración y resolución, abierto al crecimiento existencial y cultural. Insiste en la necesidad de evitar la parcialización, la enajenación y la dependencia—cualquiera sea su origen y por próspera que parezca—. Más concretamente denuncia a una burguesía engreída, compuesta por elementos rurales e industriales a la par. También estima indispensable que nuestro pueblo restrinja su incondicional generosidad.

 Por otra parte, habrá que fomentar la conciencia de unidad patria, buceándose decidida y empeñosamente en el máximo ser de los argentinos para dar con el bello tipo humano latente en nuestras raíces. Así propugna Mallea que se alcance y adopte nuestra genuina fisonomía, lo cual debe iniciarse a temprana edad, preparándose a nuestros jóvenes para expresarse y definirse en función de, sus peculiaridades personales —tanto positivas como negativas—. Se trata de que sobrepasemos el plano de las imitaciones mediante “un riguroso querer ser”[57].

Aun frente a tantas pesadumbres y dificultades, Mallea no deja de proclamarse argentino aun después de la muerte y hasta en eventuales reencarnaciones [58]

 

Si mil veces tuviera que elegir mil veces elegiría la suerte múltiple de ser mil veces argentino.

 

El mundo restante

 

¿Cómo juzga Mallea a América en toda su latitud y en sus dos dominios principales?

Dentro de las circunvoluciones que trasunta la obra de Mallea sobre el particular, a lo americano genérico e indistinto se le adjudica caracteres peculiares —aun en su raigambre colonizadora. En el Nuevo Mundo se produce una singular reencarnación del hombre.

Hay en Mallea una admiración por la gesta americana —esa historia del hombre ante la rebeldía del espacio—, que fatigosamente ha superado los síntomas primitivos de indolencia respondiendo a un postulado inexorable:

 

todo lo que existe sobre la tierra está en estado de regeneración... crecimiento y multiplicación sin tregua[59].

 

El problema americano por excelencia radica en obtener un conocimiento renovado de la totalidad junto a una comprensión armónica de las diferencias nacionales e individuales existentes. Sólo así es posible emerger dc un estado de promesa incumplimentada y realizar nuestro destino.

La mentada unidad contiene por lo demás distinciones de bulto. Por una parte se encuentra aquello que se califica como “focos antagónicos” y ‘cruciales antípodas”, representado por Estados Unidos y Latinoamérica: fenómeno puritano y el fenómeno hispano-católico, la condición idealista-racional y la condición emocional[60].

 El alma norteamericana refleja, como atadura original, una tónica ahorrativa y paciente, que puede conducir a un crudo automatismo. El genio hispánico supone un mayor desprendimiento de sí mismo que apunta febrilmente al heroísmo y a la religiosidad[61].

Mallea no se sustrae a algunas difundidas caracterizaciones sobre América Latina que, como las de Ortega y Keyserling[62], retoman en parte el planteo hegeliano sobre la informe inespiritualidad de lo americano.

Nuestra América aparecerá aquí también como carente de voz y de ideas. Sumida en la facticidad, dispersa en la esfera íntima y social, presa de un sentimentalismo difuso e instintivo, la existencia americana se muestra bajo un permanente estado de necesidad e inactividad, con su ser siempre por venir y por hacerse. De ahí el novedoso imperativo que se le plantea de acceder a la universalidad del espíritu, que por ser creativa posee algo de divino. Allí tendrá que estructurarse el conocimiento, la expresión y la misma experiencia para permitir que aflore el nuevo hombre. Deberá proseguirse de algún modo la labor de los grandes visionarios que han existido entre nosotros, quienes procuraron convertir sus sueños en realidades palpables.

Tal misión resulta perentoria toda vez que Mallea vaticina la hora de la cultura hispanoamericana, el momento de “la transformación de un poderío emocionalmente caudaloso en una inteligencia y en un espíritu”[63]. Nuestra América, a diferencia de los otros continentes, representa lo que sobreviene universalmente. Para esta empresa de superación no sólo se invocan figuras ejemplares, desde San Martín, Bolívar, Sarmiento y Esquiú hasta José Carlos Mariátegui —“con su sentido profético y heroico del Perú”. Por coincidir “en su gesto esencial” de lucha con estas figuras también se apela a “nuestros silenciosos y más modestos pobladores”[64].

Dentro del conjunto de las naciones hispanoamericanas, que aún aguardan su integración, no todas poseen idéntico “potencial de misión”, pues hay algunas cuyo papel es mayor que el de otras. La Argentina, que reúne caracteres bien distintivos, constituye para Mallea un país de “misión máxima”, pues, por sus antecedentes específicos y por sus “increíbles posibilidades”, es la que “más deberes tiene”[65].

Olvidándose de análogos afanes existentes en otras latitudes, Mallea destaca sin nombrarlos la tarea de nuevos grupos intelectuales argentinos —pensemos en Erro, Martínez Estrada, Gugliemini o Scalabrini Ortiz— empeñados en identificar “lo que el mundo americano reclama”, señalando que sólo a través de la palabra de esa elite “llegará, de un modo inminente, en una forma arquitecturada, el sentido, la calidad, la temperatura de nuestra presencia en el mundo”[66].

            Tampoco resulta unívoca la imagen de Europa que nos brinda Mallea. En sus impresiones iniciales sobre el Viejo Continente, se sentirá extasiado ante los vestigios de espiritualidad y universalidad que cree encontrar allí, donde hasta las mismas rocas representan para él un eterno testimonio del genio humano.

La magnificencia de Europa también se experimenta a nivel Local. Así mientras Francia aparece como una “isla moral”, como centro de equilibrio y regulación[67], a España se le reconocen realizaciones de gran trascendencia como la conquista de América, el Siglo de Oro, un misticismo y un sentido trágico muy elevados.

Sin embargo, también dentro del grandioso orden europeo Mallea observa síntomas de evidente agotamiento y decrepitud —en muy distintos órdenes de cosas. Así objeta las guerras y los “proyectos cesáreos de expansión”, la “deformación civil” que subsume el individuo al Estado y reduce la cultura a fases puramente críticas e instrumentales[68].

Frente a la situación de crisis y disolución, que afecta al ámbito europeo y también al mundo oriental, América vuelve a presentarse como vigorosa alternativa de libertad —aunque La misma demore “en revelar sus soluciones’’[69].

Sin embargo, pese al distanciamiento y a los reparos de Mallea hacia la Europa de su tiempo y pese a la exaltación que él efectúa de intelectuales de su país —como Sarmiento o Lugones—, sus preferencias se vuelcan muy marcadamente hacia autores europeos modernos. Así, si bien declaró que sus obras buscan desentrañar el sentido de lo argentino y establecer un proyecto en torno del mismo, confiesa haberse formado a través de una extensa serie de escritores extranjeros, algunos e los cuales cita o comenta a menudo: Chesterton, Gide, Kafka, Valery, D. H. Lawrence, Flaubert, Dostoiewsky, León Bloy, Balzac, Tolstoi, Malraux, poniendo también de manitiesto su interés por un determinado tipo de pensadores como San Agustín, Kierkegaard o Nietzsche.

En una entrevista efectuada por Victoria Ocampo, el propio Mallea procuró explicar ese marginamiento de la producción nacional:

 

Los argentinos no nos leemos —no nos creemos— los unos a los otros. Este es un terrible mal nacional. Quizá el más aciago... el que de modo más tremendo nos puede traicionar... no habernos tenido sacramental confianza recíproca. Los recelos y la reticencia en el juicio sobre lo que los otros piensan o hacen son aquí cada vez más profundos... van haciéndose peores, en vez de disiparse gradualmente a medida que vamos teniendo una cultura, una ciencia y una técnica, pero sobre todo una cultura de nivel universal[70].

 

Mallea también se valdrá de algunas interpretaciones extranjeras sobre el carácter americano y argentino. Esas interpretaciones, más allá del grado de atracción o rechazo suscitado, circulaban en nuestro medio como moneda corriente.

Ridiculiza sin embargo las versiones acerca de la vida argentina que tejían los viajeros del exterior, considerándolas prejuiciosas y superficiales. Particularmente combate las apreciaciones del conde de Keyserling —quien puso en duda la capacidad expresiva e imaginativa de nuestro pueblo— para el cual no ahorra epítetos descalificantes. Empero, también alude a la “pureza genial” de Keyserling por “Las verdades generales” que aportó, mientras destaca “sus reflexiones sobre el orden emocional” y “sobre la esencia del alma sudamericana” como “las más serenas, ricas y profundas” que hubo[71]. Mallea, como Keyserling, admite un conocimiento de tipo emocional, así como la concepción de Latinoamérica en tanto cultura original venidera y el carácter primordial de la misma, dotado de un gran caudal emotivo.

Pero con quien Mallea mantuvo más puntos de encuentro fue probablemente con Waldo Frank, cuya influencia aguarda todavía un estudio minucioso. Si Mallea denuesta a Keyserling, tanto mayores son los elogios para con Frank[72]. Más allá de las cualidades personales y de las valiosas facetas metodológicas que encuentra Mallea en el ensayista norteamericano, éste le proveerá fundamentalmente de su visión de América como una nueva peculiaridad de belleza viviente y que nuestro autor convertiría en leit motiv de su obra en los términos que ya hemos intentado dilucidar.

 

Valoraciones

 

Debe destacarse el esfuerzo realizado por Mallea en cuanto á la aplicación de diversas categorías teóricas para desentrañar La acuciante problemática del ser nacional —más allá de lo que esta cuestión puede implicar como legítima preocupación cognoscitiva.

Entre las variables utilizadas por nuestro autor aparecen, como constantes axiomáticas, la idea de una evolución vital sujeta a tensiones y resistencias junto a una concepción del hombre que, pese a su irreductibilidad, está preñada por el dolor y la debilidad.

Fuera de las limitaciones demostrativas que revelan hipótesis de esa índole, dichos caracteres universales se corporizan específicamente en la obra de Mallea a través de la argentinidad y de sus actores individuales. Cada habitante representaría aquí una suerte de micro-nación en potencia. La conflictividad básica de la existencia se traduce fundamentalmente en nuestro país a través de oposiciones regionales y penetraciones foráneas.

Revisemos algunos conceptos claves del modelo articulado por Mallea como respuesta a inquietudes que trasuntan al mismo tiempo una honda crisis coyuntural y una preocupación permanente dentro del pensamiento latinoamericano.

Mallea, reforzando la prédica antipositivista, combate los vicios del “logicismo”, del “frío concepto sistemático” y de la “intelectualización mecanizada”[73], por considerar que se les escapa la vida misma en toda su complejidad —a diferencia de lo que ocurriría con la razón poética y con la razón profética[74]o con el no menos insondable sentimiento territorial.

Así como objeta Mallea la racionalidad científica y tecnológica, también censura algunos correlatos de la misma: el mundo moderno y la sociedad de masas; mientras subestima o repudia el afán de noticias, la electricidad y la radio, el consumismo y la “omnitenencia”[75].

De ahí sus reparos hacia la vida cotidiana, plagada de elementos evasivos que producen confortablemente la pérdida de intimidad y personalidad. De ahí sus ataques a la clase media y a la burguesía como exponentes conformistas de esa alienación existencial. De ahí su rechazo al aluvión inmigratorio y a la megalópolis. De ahí también su menosprecio hacia la politización que lo lleva a marginarse de cualquier ismo partidario.

Todo ello sólo constituyen formas enmascaradoras y distorsionantes. Lo universalmente válido y real está dado por la lucha tenaz de pueblos e individuos. En el caso de nuestro país, esa atmósfera de insatisfacción y riesgo creador la ubica Mallea en el siglo pasado y, subsistentemente, en la Argentina rural, que tiene para él un valor monadológico.

Más allá de la fuerza expresiva y de la procedencia del reclamo se desprenden diversas dificultades de esta perspectiva conceptual.

Por una parte se multiplican las apreciaciones moralistas, psicologistas y esteticistas en la explicación de los fenómenos históricos, soslayándose el enfoque socio-económico en la interpretación de los mismos. Con ello se pierde de vista importantes factores causales o concomitantes que permitirían dimensionar mejor los procesos y las crisis en juego, reduciéndose su comprensión a una órbita subjetiva no siempre consecuente. Así se llega a idealizar una época o un ámbito geográfico en detrimento de otros, para desembocar en actitudes iluministas que fueron precisamente denostadas por no tener en cuenta el devenir concatenado de los acontecimientos ni sus posibilidades efectivas.

En cuanto al mismo paradigma de la nacionalidad existe en el autor una propensión a pensarlo en términos estáticos y supratemporales, en un país como el nuestro que ha experimentado tantos ascendientes configurativos. Así se sobrevalora el componente hispánico tradicional —tan cuestionado por lo demás por nuestra intelectualidad decimonónica, la cual es a su vez exaltada sin ninguna reserva por el propio Mallea. Si bien en nuestra centuria se ha revalorizado dicha vertiente fundacional no por ello cabe desestimar otras influencias que han ido plasmando dinámicamente nuestra identidad en forma pluralista —desde el tronco aborigen y mestizo hasta las últimas corrientes inmigratorias.

 

Por otro lado, ¿qué soluciones visibles se encuentran a tantos males juntos fuera de un planteo eminentemente voluntarista como el que en definitiva parece postularse? ¿Las diferencias entre Estados Unidos y Latinoamérica pueden entenderse sólo en función de distingos filosóficos, mentales o religiosos? ¿América del Sur no representa algo más que una promesa irrealizada o un gran caudal emotivo sin mayor contenido intelectual ni espirituafl ¿El carácter argentino auténtico o “máximo”, de poder recibir una única y fidedigna atribución, cabe restringírselo al rasgo de la “seriedad”, (al como se asegura en La vida blanca?[76]¿Son reivindicables corno virtudes en sí mismas los sentimientos de autograndeza étnica y de aristocracia señorial según se insinúa en otras obras de Mallea?[77].

El mismo escritor ha debido salir al cruce de interpretaciones algo simplificadas corno éstas, aclarando por ejemplo que no há pretendido escindir al país en esferas irreconciliables sino que su concepto de patria responde a un canon ético y que ha buscado propiciar un estilo más alto de vida —centrando su axiología en un tipo de hombre concreto pero universal- mente ideal—[78]

Digamos en definitiva que Mallea luchó contra el racionalismo a ultranza y el espíritu burgués, que visualizó por momentos la cultura en términos menos academicistas de lo que era habitual, que explicó lo mejor que pudo la postración del país y que constantemente impulsó un sostenido afán de superación, que su Historia de una pasión argentina por su temática, por su calidad literaria y su despliegue hermenéutico puede llegar a considerar- se, salvando enormes distancias, como el Facundo del siglo XX.

Además también a veces se detuvo Mallea en denunciar la injusticia social, como cuando aludió a la situación del peón en los ingenios —esa “raza maldita y bestializada… hasta la ignominia y la vergüenza”[79]. Sus últimas reflexiones constituyen una especie de clamor dirigido precisamente a esclarecer la misión del intelectual ante la problemática del subdesarrollo:

 

El pensamiento humano más grande es el que se propone... una defensa más grande del más indefenso de los hombres...

Un conocimiento profundo de la esencia superior del hombre conduce —o debe conducir— naturalmente, por ejemplo, a la idea de que sólo en un mundo sin hambre puede darse un mundo espiritualmente digno, espiritualmente elevado por habérsele suprimido antes la miseria, sin cuya supresión la idea del ser humano es una idea viciada en su comienzo...[80]

 

Concluimos brindando un testimonio sobre dos actitudes contrastantes en la estimativa de la Argentina, donde se patentiza l celo de Mallea por la cuestión nacional:

 

Victoria Ocampo: ¿Por qué cree usted que queremos tanto a un país que, en suma, carece de todo aquello que encontramos en otras partes, digamos en Europa o en Estados Unidos, con abundancia abrumadora?

Eduardo Maltea: Porque es el nuestro. Porque es, como nuestros seres familiares, el punto de fijación sensible de nuestra eternidad... [81]

 

 

 

 



[1]La intervención de Mallea se incluyó en el volumen colectivo Symposium on Latin America. (Massachusets, Wellesley College, 1963) p. 175.

[2]Eduardo Mallea, La vida blanca, Sur,1960

[3]Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina, Obras Completas, tomo I, Emecé, 1961, p. 416

[4]“La inteligencia en la expresión de nuestro tiempo” Sur, Nro 364, 1984, pag 132.

[5]Diversos autores latinoamericanos como Vasconcelos y Rougès, se enrolan en esa postura totalizante.

[6]Historia…, ed. cit., p. 366

[7]Ibid., p. 342.

[8]Conocimiento y expresión de la Argentina, Obras completas, tomo 1, ed. cit., p. 70.

[9]La vida blanca, ed. cit., pp. 10, 11, 13, 22.

[10]ibid.. p. 27.

[11] ibid.. p. 49.

[12] ibid., pp. 30, 32.

[13] ibid., p. 69.

[14]Ibid., pp. 51, 63.

[15]“Aseveración sobre Sarmiento”, en Sur, N° cii., pp. 141-2.

[16]La vida blanca, ed. cit., p. 54. A Lugones también le dedica Mallea un estudio particular (O. Completas, tomo 1, pp. 1169-80).

[17] La vida blanca, p. 74.

[18] ibid.. p. 137.

[19]Historia..., p. 341. -

[20] 20 En una de sus intervenciones durante el XIV Congreso Internacional de los PEN Clubs, Mallea también plantea la necesidad de “no cerrar los ojos del espíritu”; ver: Discursos y Debates, 1937, p. 52.

El tema de la actitud vigilante ha sido tratado con cierta asiduidad en la literatura filosófica de la época; ver nota 12 al trabajo sobre “Macedonio Fernández como caso extremo”, infra.

[21]Historia..., p. 362. 22

[22] Ibid.. p. 349.

[23] El sayal y la púrpura, en Obras Completas, tomo 1, ed. cit., pp. 1217, 1107;

Historia..., p. 316.

[24]El sayal..., p. 1210.

[25]La vida blanca, p. 138; Historia..., p. 311.

[26]Historia..., pp. 311-2.

[27] Ibid, p. 319-20.

[28]ibid. p. 320.

[29] Ibid., pp. 321-4.

[30] ibid., p. 312.

[31] Ibid., p. 356.

[32]l.a vida blanca, pp. 72, 79, 80, 82: Conocimiento..., p. 77.

[33]Conocimiento..., p. 68.

[34] Ibid., p. 76; La vida blanca, pp. 46, 67.

[35]La vida blanca, pp. 71-88.

[36]ibid. pp. 99, 112.

[37]ibid. pp. 110, 114, 116.

[38]ibid., p. 138.

[39]historia..., p. 381.

[40]1a vida blanca, p. 119.

[41]Ibid,. p. 121.

[42]ibid., p. 123.

[43]Meditación en la costa, en Obras Completas, tomo 1, ed, cit., p. 557.

[44] La vida blanca, p. 47-8.

[45]Historia..., p. 344.

[46]ibid.. p. 346.

[47] En un pasaje de La Bahía de silencio parece también hacerse presente la sombra de la gcnicros, cuando se crítica “la mentalidad detestable” del positivista “que se cree un idcalisla absoluto” en Obras completas, tomo 1, ed. cit., p. 707.

[48]Historia..., p. 364

[49] Ibid.. pp. 347, 397, 346, 364.

[50]Conocimiento..., p. 71.

[51]La vida blanca, p. 158.

[52] ibid.. p. 144.

[53] Historia p. 366.

[54] Ibid., p. 354

[55]Meditación en la costa, p. 570

[56]El sayal..., pp. 1208-9.

[57] Notas de un novelista, (Emecé, 1954).

[58] La vida blanca, p. 150.

[59] Historia..., p. 391.

[60]ibid., pp. 399, 130.

[61]Historia..., pp. 400, 416; Conocimiento..., p. 98.

[62]Cfr. supra capítulos sobre Ortega y sobre caracterologías alemanas.

[63]Meditación en la costa, p. 575 (el énfasis es de Mallea).

[64]ibid., pp. 582, 580.

[65]El sayal..., pp. 1206-7; La vida blanca, p. 89.

[66]Conocimiento..., p. 80.

[67]Sur. N° cit., p. 157.

[68]Medilación..., pp. 551, 554; El sayal..., p. 1202.

[69]El sayal..., p. 1122.

[70]Diálogo con Mallea, (Sur, 1969), pp. 49-50.

[71]Historia..., p. 392.

[72] Todo el capítulo 7 de Historia de una pasión argentina está dedicado a describir con

gran calidez la figura de Frank, sobre el cual puede verse infra, pp. 245-7

[73]Historia de una pasión argentina, en Obras Completas, tomo 1, (Emecé, 1961). p. 325.

[74]Las travesías, tomo 11 (Sudamericana, 1962) pp. 145-6; “La inteligencia y la vida”, en Discursos y Debates XIV  Congreso internacional de los PEN Clubs (1937) p. 138.

[75]Las travesías, tomo 11. p. 139

[76](Sur, 1960), pp. 125-6.

[77]Conocimiento y expresión de la Argentina, en Obras Completas, tomo Ip. 71; El sayal y la púrpura, p. 1209.

[78]La guerra interior (Sur. 1963), pp. 45, 47, 55-8, 79.

[79] La vida blanca, p. 95.

[80]“Notas sobre el hombre contemporáneo y algunos de sus deberes de conciencia”, La Nación (nov. 28 de 1982).

[81]Victoria Ocampo: Diálogo con Mallea (Sur, 1969) p. 64.

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